– No he vuelto a hacerlo desde que salí del colegio. Y, a juzgar por lo que acabo de ver, no tengo su categoría.
No se molestó en explicar que todavía se hallaba demasiado convaleciente para escalar. En otra época quizá le hubiera parecido necesario justificar su negativa, pero hacía ya años que no le importaba lo que los demás pensaran de su valentía física.
– Antes Wilfred escalaba conmigo, pero hace unos tres meses descubrimos que alguien había deshilachado deliberadamente una de sus cuerdas. Estábamos a punto de empezar precisamente esta pared. Se negó a intentar descubrir quién era el responsable. Alguien de la casa que querría expresar su resentimiento personal, supongo. Wilfred ha de estar preparado para estos contratiempos ocasionales. Es uno de los gajes del oficio de hacer de Dios. En realidad, no corrió el más mínimo peligro. Yo siempre insisto en comprobar el estado del material antes de empezar. Pero quizá le proporcionó la excusa que buscaba para dejar la escalada. No era muy bueno. Ahora dependo de Dennis, cuando tiene el día libre…
Lerner se volvió y sonrió directamente a Dalgliesh. La sonrisa transformó su rostro, lo liberó de la tensión. De repente adquirió un aire infantil, confiado:
– Yo tengo casi siempre tanto miedo como Wilfred, pero voy aprendiendo. Es fascinante, cada vez me gusta más. Unos ochocientos metros antes de llegar aquí hay una pared suave, el saliente de las algas. Julius empezó a enseñarme allí. Es muy asequible. Podríamos intentarlo allí si quiere.
Sus ingenuas ansias de comunicar y compartir su placer eran cautivadoras.
– Creo que no voy a estar aquí el tiempo suficiente para que valga la pena -dijo Dalgliesh, e interceptó la rápida mirada que se dirigieron mutuamente, una mirada casi imperceptible, ¿de qué? ¿De alivio? ¿De advertencia? ¿De satisfacción?
Los tres hombres permanecieron en silencio mientras Dennis terminaba de enrollar la cuerda. Entonces Julius señaló la torre negra con la cabeza.
– Es fea, ¿no? La erigió el bisabuelo de Wilfred poco después de reconstruir la casona. La casona sustituía a una pequeña casa solariega de estilo isabelino que originalmente se levantaba en el mismo lugar y fue destruida por un incendio en 1943. Una pena. Debió de ser más agradable que la de ahora. El bisabuelo no tenía sensibilidad para las formas. Ni la casa ni ese capricho arquitectónico están muy logrados.
– ¿Cómo murió aquí? ¿Por deseo propio?
– Podría decirse que sí. Era uno de esos excéntricos huraños y obstinados que proliferaban en la era victoriana. Se inventó su propia religión, basada según tengo entendido en el libro de la Revelación. A principios del otoño de 1887 se encerró en la torre y ayunó hasta morir. Según el confuso testamento que dejó, esperaba la segunda venida. Confío que le llegara.
– ¿Y nadie se lo impidió?
– No sabían que estaba ahí. El viejo estaba loco pero era listo. Hizo los preparativos en secreto, piedra, argamasa, etcétera, y luego fingió que iba a pasar el invierno en Nápoles. Tardaron más de tres meses en encontrarlo. Y mucho antes ya se había destrozado los dedos tratando de salir; pero se había encerrado demasiado bien, pobre diablo.
– ¡Qué espantoso!
– Sí. Antiguamente, antes de que Wilfred cercara el terreno, los lugareños evitaban pasar por allí; y para ser sincero, yo también lo evito. El padre Baddeley venía por aquí de vez en cuando. Según Grace Willison, rezaba por el alma del bisabuelo, rociaba la torre de agua bendita y así la descontaminaba. Wilfred la usa para meditar, o eso dice. Personalmente, opino que es para huir de casa. La siniestra asociación familiar no parece preocuparle. Pero tampoco le atañe directamente. Es adoptado. Supongo que Millicent Hammitt ya se lo habrá contado todo.
– Todavía no. Apenas he hablado con ella.
– Ya se lo contará, ya se lo contará.
– A mí me gusta la torre negra -dijo Dennis Lerner, soprendentemente-, sobre todo en verano, cuando reina la calma, todo está dorado y el sol relumbra en la piedra negra. Es un símbolo, ¿no? Parece mágica, irreal, un capricho construido para divertir a un niño. Y debajo hay horror, dolor, locura y muerte. Una vez se lo dije al padre Baddeley.
– ¿Y qué contestó él? -Preguntó Julius.
– Dijo: «No, no, hijo mío, debajo hay amor a Dios».
– A mí no me hace falta un símbolo fálico levantado por un excéntrico Victoriano para recordarme que debajo de la piel hay un cráneo. Como cualquier hombre razonable, preparo mis propias defensas -declaró Julius ásperamente.
– ¿Qué son? -inquirió Dalgliesh.
La breve pregunta sonó brusca como una orden incluso a sus propios oídos. Julius sonrió.
– El dinero y el solaz que se puede comprar con él. Diversiones, amigos, belleza, viajes. Y cuando esto falle, como hubiera recordado su amigo el padre Baddeley, y fallará inevitablemente, y aparezcan los cuatro caballos del Apocalipsis de Dennis, tres balas en una Luger. -Alzó la vista una vez más hacia la torre-. Entretanto, no me hacen falta recordatorios. La sangre irlandesa que llevo en las venas me hace supersticioso. Bajemos a la playa.
Descendieron con precaución por el sendero del acantilado. En el fondo del precipicio, el hábito marrón de Dennis Lerner descansaba pulcramente doblado con una piedra encima. Se lo sujetó con el cordón, se cambió las botas de escalar por unas sandalias que sacó del bolsillo de la capa y, así metamorfoseado y con el casco bajo el brazo, se unió a sus compañeros, que caminaban trabajosamente por el guijarral.
Los tres parecían fatigados y ninguno habló hasta que el acantilado cambió y pasaron bajo la sombra de la negra pizarra. La orilla era todavía más impresionante vista de cerca, una amplia plataforma reluciente de arcilla salpicada de peñascos, fracturada y agrietada como por efecto de un terremoto, una orilla desolada e inexorable. Los charcos eran pozos de un azul negruzco festoneados de gelatinosas algas; ciertamente ningún mar septentrional criaba un verde tan exótico. Hasta los habituales desechos de la orilla -astillas de madera manchadas de alquitrán, cartones en los que la espuma burbujeaba como un hervor de impurezas marrones, botellas, cabos de sogas alquitranadas, los frágiles huesos blancos de un ave marina- parecían los siniestros restos de una catástrofe, el triste cieno de un mundo muerto.
Como por mutuo acuerdo se acercaron más unos a otros y se abrieron paso con precaución sobre las viscosas rocas en dirección al mar hasta el punto donde el oleaje bañaba las losas, y Dennis Lerner hubo de remangarse los faldones de la túnica. De repente, Julius se detuvo y se volvió hacia el acantilado. Dalgliesh se volvió con él, pero Dennis siguió mirando fijamente hacia el mar abierto.
– La marea avanzaba rápidamente. Debía de haber llegado hasta aquí aproximadamente. Yo bajé a la playa por el mismo camino de hoy. Me llevó unos minutos de mucho correr, pero era el más próximo la única manera de llegar. Cuando salté y empecé a correr por las piedras no lo vi a él ni la silla. Pero al llegar a la roca negra hube de hacer un esfuerzo para mirarlo. Al principio no vi nada inusual, el mar bullía como siempre entre las rocas. Luego distinguí una de las ruedas de la silla. Estaba en mitad de una losa plana; el sol centelleaba en el cromo y las varillas metálicas. Estaba tan bien colocada, de una manera casi decorativa, que parecía imposible que hubiera ido a parar allí por casualidad. Supongo que rebotó contra el fondo y fue rodando hasta allí. Recuerdo que la cogí y la empujé hasta la orilla, riendo en voz alta. El susto, supongo. Y la risa resonó en la pared del acantilado.
Lerner, sin volverse, dijo con voz ahogada: