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– Es fascinante, ¿no? Me encanta la variedad de esta costa. Hacia el oeste, en Kimmeridge, encontramos la misma pizarra; allí se conoce como carbón de Kimmeridge. Es bituminosa, ¿sabe?, no se puede quemar. En Toynton Grange lo intentamos; a Wilfred le gustó la idea de ser autosuficiente incluso en lo relativo a calefacción. Pero olía tan mal que tuvimos que dejarlo. Casi nos mata aquella peste. Tengo entendido que desde mediados del siglo XVIII se vienen haciendo intentos de explotarla, pero nadie ha conseguido quitarle el olor. La piedra negra parece un poco apagada y sosa ahora, pero si se pulimenta con cera de abejas brilla como el azabache. Ya ha visto usted el efecto en la torre negra. En tiempo de los romanos se hacían ornamentos con ella. Tengo un libro sobre la geología de esta costa si le interesa, y podría enseñarle mi colección de fósiles. Wilfred opina que no debería cogerlos ahora que el terreno está tan erosionado, de modo que lo he dejado. Pero he reunido una colección bastante interesante. Y tengo lo que me parece que es parte de un brazalete de la Edad de Hierro,

Julius Court avanzaba haciendo rechinar los guijarros unos pasos por delante de ellos. Se volvió y les gritó:

– No lo aburras con tu entusiasmo por las piedras viejas, Dennis. Acuérdate de lo que ha dicho. No estará aquí el tiempo suficiente para que merezca la pena. -Y el dirigió una sonrisa a Dalgliesh. Parecía un desafío.

Capítulo 14

Antes de salir hacia Wareham, Dalgliesh le escribió a Bill Moriarty, de Scotland Yard. Le dio la escueta información que tenía sobre los pacientes y el personal de Toynton Grange y le preguntó si oficialmente se sabía algo. Se imaginaba cómo reaccionaría Bill a la carta, del mismo modo que adivinaba el estilo de su respuesta. Moriarty era un detective de primera categoría, pero excepto, por suerte, en los informes oficiales, adoptaba un estilo jocoso, falsamente jovial cuando hablaba o escribía sobre sus casos, como si estuviera ansioso por descontaminar la violencia con humor, o por demostrar su profesional sangre fría frente a la muerte. Pero si el estilo de Moriarty era sospechoso, su información era invariablemente detallada y exacta. Y, lo que era más, llegaría con rapidez.

Cuando se detuvo en el pueblo de Toynton a echar la carta, Dalgliesh tomó la precaución de telefonear antes de presentarse en la comisaría del distrito. Por lo tanto su llegada estaba prevista. El comisario, que había tenido que ausentarse inesperadamente para asistir a una reunión con el guardia en jefe, había dejado instrucciones para que le comunicaran sus disculpas al visitante y lo distrajeran en su ausencia. Las últimas palabras que le dijo al inspector Daniel fueron:

– Lamento no estar aquí cuando llegue el comandante. Lo conocí el año pasado en una conferencia que dio en Bramshill. Al menos mitiga la arrogancia de los metropolitanos con buena educación y una plausible exhibición de humildad. Resulta refrescante conocer a alguien procedente del humo que no trate a las fuerzas de provincias como si reclutáramos al personal poniendo cebos de carne cruda atada a un palo en las entradas de las cuevas. Es posible que sea la niña de los ojos del gobernador, pero es un buen poli.

– ¿No es poeta, señor?

– Yo no trataría de congraciarme con él mencionándolo. Yo invento crucigramas por afición, cosa que probablemente requiere el mismo nivel intelectual, pero no espero que la gente me alabe por ello. He sacado su último libro de la biblioteca. Cicatrices invisibles. ¿Le parece a usted un título irónico tratándose de un poli?

– No lo sé, señor, sin haber leído el libro…

– Yo sólo entendí un poema de cada tres, y es posible que ni siquiera eso. Supongo que no ha dicho a qué debíamos el honor.

– No, señor, pero como se aloja en Toynton Grange, es posible que le interese el caso Holroyd.

– No sé por qué va a interesarle, pero más vale que avise al sargento Varney.

– Le he pedido a Varney que almuerce con nosotros, señor. La taberna de siempre me ha parecido apropiada.

– ¿Por qué no? Que vea el comandante cómo vivimos los pobres.

Así pues, tras los preliminares usuales establecidos por los cánones de la cortesía, Dalgliesh fue invitado a almorzar en The Duke's Arms. Era una taberna poco atractiva que no se veía desde la calle High. Se accedía a ella por un oscuro callejón que se abría entre un almacén de maíz y una de esas tiendas en las que se vende de todo, habituales en las poblaciones rurales, de cuyo techo cuelgan todos los aperos posibles de jardinería, un variado muestrario de cubos de latón, tinas, escobas, cuerdas, teteras de aluminio y correas de perro, envuelto todo en un potente olor a parafina y trementina. El inspector Daniel y el sargento Varney fueron saludados sin efusión pero con evidente satisfacción por el fornido patrón, que iba en mangas de camisa. Evidentemente, se trataba de un tabernero que podía permitirse recibir la noticia en su bar sin miedo a adquirir mala fama. El establecimiento estaba abarrotado, lleno de humo y del zumbido de voces de Dorset. Daniel abrió la marcha por un estrecho corredor que olía penetrantemente a cerveza y ligeramente a orina hasta un inesperado patio soleado con el suelo cubierto de grava. En el centro había un cerezo cuyo tronco estaba rodeado por un banco de madera, y media docena de robustas mesas y sillas complementaban el conjunto en la zona enlosada circundante. El patio estaba desierto. La clientela seguramente se pasaba demasiado tiempo de su vida al aire libre para considerarlo una alternativa deseable a la camaradería del bar, abrigado y lleno de humo, mientras que los turistas que lo hubieran agradecido no era probable que entraran en The Duke's Arms.

Sin que lo llamaran, el tabernero les sirvió dos pintas de cerveza, un plato de panecillos con queso, un bote de salsa chutney casera y un gran cuenco de tomates. Dalgliesh dijo que tomaría lo mismo. La cerveza resultó excelente, el queso era cheddar inglés y el pan estaba recién hecho y no era la papilla sin consistencia de algunos hornos de producción en gran escala. La mantequilla no llevaba sal y los tomates sabían a sol. Comieron juntos en silenciosa camaradería.

El inspector Daniel era un hombretón impasible de metro ochenta y cinco, con una mata de cabello canoso, fuerte y rebelde y un rostro saludable tostado por el sol. Parecía que se acercaba a la edad de la jubilación. Tenía unos inquietos ojos negros que se movían perpetuamente de un rostro a otro con una expresión divertida, indulgente y en cierta medida de satisfacción consigo mismo, como si se sintiera responsable de la conducta del mundo y, en conjunto, considerara que no lo hacía demasiado mal. El contraste entre aquellos ojos brillantes e inquietos, sus movimientos pausados y su voz todavía más flemática de hombre del campo resultaba desconcertante.

El sargento Varney era cinco centímetros más bajo y tenía un rostro redondo, dulce e infantil en el cual la experiencia no había dejado rastro alguno hasta el momento. Parecía muy joven, el prototipo del agente cuyo aspecto juvenil y atractivo provoca la perenne queja por parte de la ciudadanía de mediana edad en el sentido de que los policías cada día son más jóvenes. Trataba a sus superiores con afabilidad y respeto, pero sin servilismo ni excesiva deferencia. Dalgliesh sospechó que disfrutaba de una inmensa confianza en sí mismo que le costaba cierto trabajo ocultar. Cuando habló de la investigación de la muerte de Holroyd, Dalgliesh comprendió por qué. Era un agente joven, inteligente y muy competente, que sabía exactamente adónde iba y cómo pensaba llegar.

Dalgliesh expuso sumaria y cuidadosamente lo que lo había llevado allí.

– Cuando recibí la carta del padre Baddeley, yo estaba enfermo, y cuando llegué aquí ya había muerto. Supongo que lo que me quería consultar no era importante, pero tengo cierta mala conciencia por haberle fallado. Me ha parecido conveniente comentárselo a ustedes para ver si ocurría algo en Toynton Grange que pudiera preocuparlo. He de decir que me parece muy importante. Me han hablado de la muerte de Victor Holroyd, naturalmente, pero eso ocurrió al día siguiente de que me escribiera el padre Baddeley. Sin embargo, sí he pensado que lo que preocupaba podía ser algo que condujera a la muerte de Holroyd.