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– No encontramos pruebas de que la muerte de Holroyd estuviera relacionada con alguien más que consigo mismo -dijo el sargento Varney-. Como supongo que sabrá, la conclusión de la investigación fue que se trató de una muerte accidental. El doctor Maskell consultó con un jurado y, en mi opinión, se alegró del veredicto. El señor Anstey es muy respetado en la comarca, aunque en Toynton Grange se comuniquen poco con el exterior, y nadie quería incrementar su angustia. Pero a mi modo de ver, señor, era un caso claro de suicidio. Parece que Holroyd se dejó llevar por un impulso. No era el día que solía salir de paseo y parece ser que lo decidió de repente. Disponemos de las declaraciones de la señorita Grace Willison y de la señora Ursula Hollis, que estaban con Holroyd en el patio, en el sentido de que llamó a Dennis Lerner y casi lo obligó a sacarlo. Lerner testificó que durante el trayecto estaba de especial mal humor y que cuando llegaron al lugar habitual se puso tan impertinente que Lerner cogió su libro y se acomodó a cierta distancia de la silla. Allí es donde lo vio el señor Julius Court, quien al parecer se encontraba en la cima de la loma justo a tiempo para ver cómo la silla se precipitaba hacia adelante, bajaba por la pendiente y caía por el precipicio. Cuando examiné el terreno a la mañana siguiente, todavía se distinguía, por las flores rotas y la hierba aplastada, dónde se había tendido Lerner, y su libro Geología de la costa de Dorset, estaba aún donde lo había dejado. A mí me parece, señor, que Holroyd lo provocó deliberadamente para que se alejara de la silla y así no pudiera alcanzarlo a tiempo una vez hubiera soltado los frenos.

– ¿Explicó Lerner en el tribunal lo que le dijo Holroyd exactamente?

– No lo especificó, señor, pero me dio a entender que lo provocó diciendo que era homosexual, que no cumplía con su cometido en Toynton Grange, que buscaba una vida fácil y que era grosero e incompetente.

– Pues parece que especificó bastante. ¿Qué parte de verdad hay en ello?

– Es difícil de decir, señor. Es posible que todo sea cierto, incluido lo primero, lo cual no quiere decir que le gustara que Holroyd se lo dijera.

– No es grosero -interrumpió el inspector Daniel-, eso está comprobado. Mi hermana Ella trabaja de enfermera en el asilo de Meadowlands, cerca de Swanage. La señora Lerner, que tiene más de ochenta años, vive allí. Su hijo la va a ver con frecuencia, y no duda en echar una mano cuando hay qué hacer. Es extraño que no quiera trabajar allí, pero quizá no sea mala idea no mezclar la vida privada con la profesional. Y es posible que no haya un puesto de practicante vacante. Sin duda, siente también cierta lealtad hacia Wilfred Anstey. Pero Ella tiene a Dennis Lerner en muy buen concepto. Un buen hijo, así es como lo describe. Y debe de dedicar la mayor parte del sueldo a tener a su madre en Meadowlands. Como todos los sitios buenos, no es barato. No, yo diría que Holroyd era un individuo imposible. En Toynton Grange estarán mucho más contentos sin él.

– Es una manera un poco arriesgada de suicidarse -dijo Dalgliesh-. Lo que me sorprende es que consiguiera hacer avanzar la silla.

– A mí también me sorprendió -declaró el sargento Varney después de tomar un prolongado sorbo de cerveza-. No pudimos recuperar la silla entera, de modo que nos fue imposible experimentar con ella. Pero Holroyd era robusto, calculo que pesaba unos tres kilos más que yo, y yo probé una de las sillas más viejas de Toynton Grange, el modelo más parecido al de él. Si el terreno era lo bastante firme y la pendiente de más de treinta grados la podía hacer avanzar con un impulso fuerte. Julius Court declaró que vio que el cuerpo de Holroyd daba una sacudida, pero que desde donde estaba no distinguía si era para impulsar la silla o como reacción espontánea al susto de encontrarse en movimiento. Y hay que recordar que era el único método para matarse que tenía a su alcance. Estaba casi totalmente imposibilitado. Lo más fácil hubiera sido drogarse, pero todos los medicamentos están bajo llave en el consultorio del primer piso; no tenía posibilidades de hacerse con algo peligroso sin ayuda. Podía haber intentado ahorcarse con una toalla del cuarto de baño, pero las puertas no tienen cerradura. Naturalmente es una precaución ante la eventualidad de que los pacientes sufran algún percance y les sea imposible pedir ayuda, pero implica falta de intimidad.

– ¿Y un posible defecto de la silla?

– Ya se me había ocurrido, y fue debidamente planteado en la investigación. Pero sólo recuperamos el asiento y una de las ruedas de la silla. Las dos piezas laterales que llevaban los frenos de mano y la barra transversal con los trinquetes no se encontraron.

– Justamente las partes de la silla en las que se hubieran podido ver los defectos de los frenos, ya fueran de origen natural o deliberado.

– Si las hubiéramos encontrado a tiempo y el mar no las hubiera estropeado demasiado. Pero no las encontramos. El cuerpo se había desprendido de la silla en el aire o al recibir el impacto, y Court, como es natural, se concentró en recuperar el cadáver. El oleaje lo zarandeaba, los pantalones estaban llenos de agua y pesaba demasiado para transportarlo a mucha distancia. Pero le metió la toalla por el cinturón y consiguió sujetarlo hasta que llegó la ayuda en las personas del señor Anstey, el doctor Hewson, la hermana Moxon y Albert Philby, el mozo, con una camilla. Entre todos pusieron el cadáver encima y regresaron trabajosamente a Toynton Grange por la playa. Entonces nos llamaron. En cuanto llegaron a casa al señor Court se le ocurrió que la silla también debería recuperarse para examinarla y mandó a Philby a buscarla. La hermana Moxon se ofreció a acompañarlo. La marea se había retirado unos veinte metros y encontraron la parte central, es decir el asiento y el respaldo, y una de las ruedas.

– Me sorprende que Dorothy Moxon fuera a buscar la silla, lo más lógico es que se hubiera quedado con los pacientes.

– Eso me parece a mí, pero Anstey se negó a salir de Toynton Grange y el doctor Hewson pensó que su lugar estaba junto al cadáver. La enfermera Rainer tenía la tarde libre y allí no había nadie más, si excluimos a la señora Millicent Hammitt, y no creo que a alguien se le ocurriera contar con ella. Parecía importante que fueran dos los pares de ojos que buscaran la silla antes de que oscureciera.

– ¿Y Julius Court?

– El señor Court y el señor Lerner pensaron que debían estar en Toynton Grange cuando llegáramos nosotros.

– Muy bien pensado. Y cuando llegaron sin duda estaba demasiado oscuro para rastrear el terreno debidamente.

– Sí. Eran las siete y catorce. Aparte tomar declaraciones y disponer que el cadáver se trasladara a la funeraria, poco podíamos hacer hasta la mañana siguiente. No sé si ha visto esa playa con la marea baja. Parece una enorme lámina de caramelo de melaza negra que un gigante prodigioso se haya divertido en aplastar con un martillo gigantesco. Hicimos una búsqueda bastante intensa en una amplia zona, pero si las piezas metálicas están en las grietas que hay entre algunas rocas haría falta un detector de metales para localizarlas, con suerte, y material para recuperarlas. A mi modo de ver, lo más probable es que hayan quedado enterradas bajo las piedras. Con la marea alta hay mucha turbulencia.

– ¿Hay algún motivo para suponer que Holroyd sintiera de repente impulsos suicidas? -dijo Dalgliesh-. Quiero decir… ¿por qué eligió ese momento?