Выбрать главу

– ¿Le dio alguna idea de lo que lo preocupaba? No quiero interferir en el secreto profesional, pero tengo la impresión de que quería consultarme algo. Si deseaba hacerme algún encargo, me gustaría llevarlo a cabo. Y supongo que tengo la curiosidad de los policías por saber qué quería, por aclarar los asuntos inacabados.

– ¿Policía? ¿Resultaba el brillo de la curiosidad y la sorpresa en aquellos ojos fatigados demasiado obvio para ser natural? ¿Lo invitaba a título personal o profesional?

– Seguramente un poco de cada.

– Bueno, no veo qué puede usted hacer al respecto ahora. Aunque me hubiera dicho qué intenciones tenía con respecto al testamento y a quién quería dejar como beneficiario, es demasiado tarde para hacer algo.

Dalgliesh se preguntó si Loder pensaría en serio que esperaba recibir el dinero e intentaba averiguar si había manera de alterar el testamento del padre Baddeley.

– Lo sé. Y dudo que tuviera algo que ver con el testamento. Es extraño que no me escribiera para hablarme del legado, y que por lo visto dejara al principal beneficiario en la misma ignorancia.

Era un disparo totalmente a ciegas, pero dio en el blanco. Loder habló con precaución, con demasiada precaución.

– ¿Ah, sí? Yo pensaba que la vergüenza que tendría que pasar era parte del dilema, la resistencia a desilusionar después de prometer. -Vaciló, y, como si pensara que había dicho demasiado o demasiado poco, añadió-: Wilfred Anstey podría confirmarlo. -Hizo otra pausa, como desconcertado por alguna sutil implicación de sus palabras y, evidentemente irritado por los retorcidos derroteros que había tomado la conversación, dijo con más fuerza-: Quiero decir que si Wilfred Anstey dice que no sabía que era el principal beneficiario, es que yo estoy equivocado. ¿Piensa quedarse mucho tiempo en Dorset?

– Menos de una semana, me imagino. Lo suficiente para mirar los libros y empaquetarlos.

– Ah, sí, los libros, claro. Quizás el padre Baddeley quería consultarle algo de eso. Es posible que pensara que una biblioteca de teología sería más una carga que un legado aceptable.

– Es posible. – Parecía que la conversación se había apagado. Se produjo un leve pero intenso silencio antes de que Dalgliesh dijera levantándose de la silla-: ¿Así, que usted sepa, lo único que le preocupaba era el problema del destino de su dinero? ¿No le consultó sobre algo más?

– No, nada. Pero si lo hubiera hecho es probable que no pudiera contárselo a usted sin romper el secreto profesional. No obstante, como no fue así, no veo motivo para decirle lo contrario. ¿Qué iba a tener que consultarme el pobre viejo? No tenía esposa, ni hijos, ni parientes, ni, que yo sepa, problemas familiares, ni siquiera coche, una vida intachable. ¿Para qué iba a necesitar un abogado aparte de para redactar el testamento?

Era un poco tarde para hablar de secretos profesionales, pensó Dalgliesh. En realidad, no había necesidad de que Loder le confiara que el padre Baddeley había pensado modificar el testamento. Dado que no había llegado a hacerlo, esa información era de las que un abogado prudente hubiera considerado mejor no revelar. Mientras Loder lo acompañaba a la puerta, Dalgliesh dijo en tono ligero:

– Probablemente, el testamento del padre Baddeley no produjo otra cosa que satisfacciones; sin embargo, no se puede decir lo mismo del de Victor Holroyd.

Los opacos ojos se llenaron de repente de luz, de un aire casi conspirador, y Loder dijo:

– ¿Así que también se ha enterado de eso?

– Sí, pero me sorprende que lo sepa usted.

– Aquí, en el campo las noticias vuelan, ya lo sabe usted. En realidad, tengo amigos en Toynton, los Hewson. Bueno, más bien Maggie. Nos conocimos en el baile conservador del invierno pasado. Es una vida muy aburrida la que lleva allí encerrada en el acantilado, para una muchacha vital como ella.

– Sí, debe de serlo.

– Una chica notable, nuestra Maggie. Ella me contó lo del testamento de Holroyd. Creo que fue a Londres a ver a su hermano y se daba por sentado que quería hablar del testamento. Pero parece que al hermano mayor no le gustó lo que proponía Victor y le sugirió que volviera a pensarlo. Entonces Holroyd redactó solo el codicilo. No representaba grandes problemas para él. Toda la familia creció en el ambiente legal y Holroyd empezó a estudiar derecho antes de pasarse a magisterio.

– Tengo entendido que Holroyd y Martinson representan a la familia Anstey.

– Exacto, y desde hace cuatro generaciones. Es una lástima que el abuelo Anstey no los consultara antes de redactar su testamento. Ese caso fue una lección de insensatez por querer actuar como abogado de uno mismo. Bueno, buenas tardes, comandante. Lamento no haberle sido de más ayuda.

Al volverse mientras torcía la esquina de la calle South, Dalgliesh vio que Loder todavía lo observaba, con el reluciente cañón de bronce a los pies. El abogado había planteado varias cuestiones interesantes, y una de ellas era cómo conocía Loder su graduación.

Antes de dedicarse a las compras, debía atender una cosa más. Pasó por el hospital Christmas Close, que databa de principios del siglo XIX, pero no tuvo suerte. El hospital nada sabía del padre Baddeley; allí sólo se trataban casos crónicos. Si su amigo había sufrido un ataque al corazón, casi con toda seguridad lo habrían ingresado en la unidad de cuidados intensivos de un hospital general, tuviera la edad que tuviese. El cortés conserje sugirió que probara ya fuera en el Pool General Hospital de Blandford o el Victoria Hospital de Wimborne, y le indicó con amabilidad dónde estaba el teléfono público más próximo.

En primer lugar llamó a Pool Hospital, que era el que estaba más cerca, y tuvo más suerte de la que esperaba. La empleada que contestó al teléfono era diligente. Con la fecha en que el padre Baddeley fue dado de alta pudo confirmar que el reverendo había sido tratado allí y comunicó a Dalgliesh con el departamento apropiado. Contestó una enfermera. Sí, recordaba al padre Baddeley. No, no sabían que había muerto. Pronunció las convencionales palabras de pésame y logró que parecieran sinceras. Seguidamente fue a buscar a la enfermera Breagan, que solía ocuparse de echar las cartas de los pacientes al correo y quizá podría ayudar al comandante Dalgliesh.

Era consciente de que su graduación tenía algo que ver con la amabilidad que demostraban, pero no todo. Eran mujeres amables que estaban dispuestas a tomarse molestias incluso por un extraño. Le explicó su situación a la enfermera Breagan.

– Verá usted, yo no sabía que mi amigo había muerto hasta que llegué ayer a Toynton Grange. Me había prometido devolverme los documentos en los que estábamos trabajando, pero no están entre sus cosas y querría saber si me los mandó desde el hospital, ya sea a mi dirección de Londres o a Scotland Yard.

– Bueno, comandante, el padre no se dedicaba mucho a escribir; a leer sí, pero no a escribir. Sin embargo, echó dos cartas al correo. Que yo recuerde, eran las dos locales. Tengo que mirar las direcciones para echarlas en la ranura correspondiente. ¿La fecha? Pues, no me acuerdo, pero no me las dio las dos juntas.

– Esas dos cartas que mandó a Toynton, ¿eran una para el señor Anstey y la otra para la señorita Willison?

– Ahora que lo dice, comandante, me parece recordar esos nombres, pero no estoy segura.

– Tiene usted muy buena memoria. ¿Y está segura de que sólo mandó dos cartas?

– Bastante segura, sí. A no ser que otra enfermera le echara alguna carta más, y eso no sería fácil de averiguar. Algunas han cambiado de departamento. Pero no lo creo. Por lo general yo me encargo de eso. Y no era muy dado a escribir, por eso recuerdo que mandó dos cartas.

Podía ser significativa o no, pero la información había merecido la pena. Si el padre Baddeley había concertado una cita para la noche que regresara a casa, debía de haberlo hecho o bien telefoneando desde el hospital una vez se hallara suficientemente recuperado, o por carta. Y sólo Toynton Grange, los Hewson y Julius Court tenían teléfono. Pero es posible que le fuera más cómodo escribir. En la carta a Grace Willison la citaría para confesarla. La dirigida a Anstey podía ser la carta de condolencia por la muerte de Holroyd de que le habían hablado. Pero, por otra parte, también podía no serlo.