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Antes de colgar, preguntó si el padre Baddeley había llamado por teléfono desde el hospital.

– Llamó una vez, que yo sepa. Fue cuando ya estaba levantado. Bajó a llamar desde la sala de espera de la consulta externa y me preguntó si tenía un listín de Londres. Por eso me acuerdo.

– ¿A qué hora fue eso?

– Por la mañana. Justo antes de que yo terminara la guardia a las doce.

Así pues, el padre Baddeley necesitaba llamar a Londres, a un número que hubo de buscar. Y llamó no por la noche, sino en horas de oficina. Dalgliesh podía hacer una averiguación inmediata, pero decidió esperar. Se dijo que hasta entonces nada había descubierto que justificara su intervención, aunque fuera a título personal. Y aunque hubiera descubierto algo, ¿adónde lo llevarían todas las sospechas, todas las pistas? A un puñado de huesos molidos enterrados en un cementerio de Toynton, nada más.

Capítulo 16

Dalgliesh no regresó a Villa Esperanza hasta después de haber cenado temprano en un mesón próximo a Corfe Castle. Se dispuso entonces a empezar a revisar los libros del padre Baddeley. No obstante, antes había unas tareas domésticas, pequeñas pero necesarias, que emprender. Cambió la tenue bombilla de la lámpara de sobremesa por otra de mayor voltaje, limpió y ajustó la llama piloto de la caldera de encima del fregadero, hizo espacio en la alacena para sus provisiones y su vino, y, con la ayuda de su linterna, descubrió en el cobertizo exterior un montón de madera para la chimenea y una tina de latón. En Villa Esperanza no había cuarto de baño. Probablemente, el padre Baddeley se bañaba en Toynton Grange, pero Dalgliesh decidió desnudarse y bañarse en la cocina. La austeridad era un precio pequeño que pagar con tal de evitar el cuarto de baño de Toynton, el olor a desinfectante fuerte propio de los hospitales y los constantes recordatorios de la enfermedad y la deformidad. Aplicó una cerilla a la hierba seca de la rejilla y contempló cómo prendía instantáneamente dando lugar a la única llama de finas agujas negras y dulce aroma. A continuación encendió un fuego pequeñito como prueba y descubrió aliviado que la chimenea estaba despejada. Con un buen fuego, buena luz, libros, comida y vino, no veía motivos para desear encontrarse en ningún otro lugar.

Calculó que debía de haber entre doscientos y trescientos libros en los estantes de la sala de estar, y tres veces más en el segundo dormitorio. Los libros se habían apoderado de tal manera de la habitación que resultaba casi imposible acceder a la cama. La biblioteca presentó pocas sorpresas. Muchos de los volúmenes de teología podían tener interés para alguna biblioteca especializada de Londres; algunos, pensó, serían del gusto de su tía; otros los destinó a sus propios anaqueles. Estaban Antiguo testamento griego, de H. B. Swete, en tres volúmenes, La imitación de Cristo, de Tomás Kempis, Seria llamada, de William Law, Vida y cartas de eminentes teólogos del siglo XIX, en dos volúmenes encuadernados en piel y una primera edición de Sermones parroquiales y sencillos, de Newman. Pero también había una representativa colección de los principales novelistas y poetas ingleses, y, puesto que el padre Baddeley se había dado el capricho de comprar una novela de vez en cuando, había una colección pequeña pero interesante de primeras ediciones.

A las diez menos cuarto oyó unas pisadas que se aproximaban y un chirriar de ruedas seguido de unos perentorios golpes en la puerta. Millicent Hammitt entró en la casita acompañada de un agradable aroma a café recién hecho y de un carrito cargado hasta los topes. Había una robusta jarra azul de café, otra similar de leche caliente, un platito de azúcar moreno, dos tazas a juego y una bandeja de galletas digestivas.

Dalgliesh no tuvo fuerzas para objetar cuando la señora Hammitt lanzó una mirada de admiración al fuego, sirvió dos tazas de café y dejó bien claro que no tenía prisa por marcharse.

La noche anterior, antes de cenar, los habían presentado brevemente, pero sólo habían tenido tiempo de intercambiar unas palabras cuando Wilfred ocupó el estrado y se hizo el silencio prescrito. Millicent había aprovechado la oportunidad para averiguar, mediante un interrogatorio directo totalmente desprovisto de finura, que Dalgliesh iba de vacaciones solo porque era viudo y su mujer había muerto al dar a luz junto con el niño. Su respuesta a tal explicación fue «Muy trágico. Y desde luego inusual hoy en día», con una mirada acusadora al otro extremo de la mesa y en un tono que sugería que alguien habría cometido una inexcusable negligencia.

Calzaba zapatillas de fieltro y vestía una gruesa falda de tweed acompañada de un nada apropiado suéter de lana rosa, calado y abundantemente festoneado de perlas. Dalgliesh sospechó que su casa combinaría con similar poca fortuna la utilidad y el amazacotamiento, pero no sentía la más mínima inclinación por averiguarlo. Para su alivio, Millicent no intentó siquiera ayudarlo en la tarea, sino que se limitó a sentarse en el borde de la butaca, acunando la taza de café en el regazo y con las piernas firmemente separadas para revelar unos globos gemelos de muslo blanco y varicoso por encima del borde de las medias, Dalgliesh prosiguió su trabajo con la taza de café en el suelo, junto a él. Antes de colocar cada volumen en su pila correspondiente, lo sacudía con cuidado por si salía de él algún mensaje. En caso de que así sucediera, la presencia de la señora Hammitt resultaría embarazosa, pero sabía que tal precaución se debía meramente a la costumbre profesional de no dejar cosa alguna al azar. No era el modo de hacer del padre Baddeley.

Entretanto, la señora Hammitt se tomaba el café a sorbitos y hablaba, alentada en su volubilidad e indiscreción por la creencia de que Dalgliesh ya había observado otras veces que un hombre que está realizando un trabajo físico sólo oye la mitad de lo que se le dice.

– No hace falta que le pregunte si durmió bien anoche. Las camas de Wilfred tienen bastante mala fama. Se supone que cierta dureza es beneficiosa para los pacientes impedidos, pero a mi me gustan los colchones en los que uno se hunde. Me sorprende que Julius no lo invitara a dormir en su casa, pero nunca tiene visitas. Supongo que no quiere contrariar a la señora Reynolds. Es la viuda del guardia de Toynton y atiende a Julius cuando está aquí. Con una remuneración exagerada, naturalmente. Bueno, puede permitírselo. Y hoy va a dormir aquí, ¿no? He visto venir a Helen Rainer con la ropa de cama. Supongo que no le importará dormir en la cama de Michael. No, claro que no, siendo policía no será sensible ni supersticioso para cosas como ésta. Y con razón; la muerte no es más que dormir y olvidar. ¿O es la vida? Wordsworth, sea como fuere. De joven me gustaba mucho la poesía, pero no me llevo bien con estos poetas modernos. No obstante, me hubiera gustado mucho que nos hiciera usted una lectura.

Su tono parecía indicar que hubiera sido un placer solitario y excéntrico. Pero Dalgliesh había dejado momentáneamente de escucharla. Había encontrado una primera edición del Diario de un don nadie con una inscripción en letra infantil en la portada.

Al padre Baddeley en su cumpleaños, con el cariño de Adam.

Se lo compré al señor Snelling de Norwich y me lo dio barato por la mancha roja de la página veinte. Pero lo he comprobado y no es sangre.

Dalgliesh sonrió. ¿Así que el arrogante rapazuelo lo había comprobado? ¿Qué misteriosa mezcolanza de ácidos y cristales del recordado juego de química había dado lugar a tan decidido pronunciamiento científico? La dedicatoria reducía el valor del libro más que la mancha, pero no creía que al padre Baddeley le importara. Lo depositó en la pila reservada para sus propios anaqueles y la voz de la señora Hammitt volvió a perforar su conciencia.