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– Y si un poeta no es capaz de tomarse la molestia de hacerse inteligible para el lector culto, entonces más vale que el lector culto lo deje en paz, eso es lo que digo yo siempre.

– Claro, señora Hammitt.

– Llámeme Millicent, por favor. Aquí se supone que somos una familia feliz. Si tengo que aguantar que Dennis Lerner, Maggie Hewson e incluso ese desdichado Albert Philby me llamen por mi nombre de pila, y no es que les dé muchas oportunidades, se lo aseguro, no se por qué no lo va hacer usted también. Yo trataré de llamarlo Adam, pero me parece que no me va a salir con facilidad. No es usted una persona de nombre de pila.

Dalgliesh quitó el polvo cuidadosamente a los tomos de Monumento Ritualica Ecclesiae Anglicanae de Maskell y dijo que, por lo que había oído, Victor Holroyd no había contribuido gran cosa a fomentar el concepto de familia feliz.

– Ah, ¿entonces ya le han hablado de Victor? Los chismorreos de Maggie, supongo. Era un hombre realmente difícil, desconsiderado en la vida y en la muerte. Yo conseguí llevarme bastante bien con él. Creo que me respetaba. Era un hombre muy listo y sabía muchas cosas útiles. Pero aquí nadie lo aguantaba. Hasta Wilfred prácticamente terminó dejándolo por imposible. Maggie Hewson era la excepción. Una mujer extraña, siempre tiene que ser distinta. ¿Sabe?, me parece que pensaba que Victor le había dejado su dinero a ella. Claro que todos sabíamos que tenía dinero. Se cercioró de que supiéramos que no era uno de esos pacientes cuya estancia paga el Estado. Y supongo que Maggie pensó que si jugaba sus cartas correctamente algo caería. Una vez más o menos me lo dio a entender. Bueno, estaba medio borracha. Pobre Eric. Ese matrimonio no va durar más de un año. Algunos hombres la encontrarán físicamente atractiva, supongo, si les gustan las rubias teñidas, desaliñadas y demasiado exuberantes. Y la aventura que tuvo con Victor, si es que se puede llamar aventura, fue una cosa indecente. El sexo es para los sanos. Ya sé que los imposibilitados tienen sentimientos igual que los demás, pero lo lógico es que dejaran esas cosas de lado cuando quedan confinados a la silla de ruedas. Ese libro parece interesante. Al menos está bien encuadernado. A lo mejor le dan algo por él.

En tanto colocaba la primera edición de Puntos de vista sobre nuestro tiempo fuera del alcance del inquieto pie de Millicent y entre los libros que se iba a quedar para él, Dalgliesh reconoció con una transitoria repugnancia hacia sí mismo que por mucho que deplorara la desinhibida expresión de la señora Hammitt, el sentimiento no distaba mucho de su propia opinión. No podía imaginarse qué debía de ser sentir deseo, amor, incluso lascivia, y estar encerrado en un cuerpo que no le respondiera a uno. O peor aún, en un cuerpo que respondiera demasiado a ciertos impulsos, pero sin coordinación, feo, grotesco; ser sensible a la belleza pero vivir siempre con la deformidad. Pensó que comenzaba a entender la amargura de Victor Holroyd.

– ¿Al final qué fue del dinero de Victor Holroyd? -preguntó.

– Fue todo a parar a la hermana que tenía en Nueva Zelanda, las sesenta y cinco mil. Y con toda razón. El dinero debe permanecer en la familia. Pero creo que Maggie tenía esperanzas. Probablemente, Victor más o menos se lo prometió. Sería propio de él. A veces era muy malévolo. Pero al menos dejó su fortuna a quien debía. Yo estaría muy disgustada si pensara que Wilfred le dejaba Toynton Grange a alguien que no fuera yo.

– ¿La querría usted?

– Bueno, los pacientes tendrían que irse, claro. Yo no podría tener Toynton Grange tal como está ahora. Respeto lo que pretende hacer Wilfred, pero él tiene una necesidad especial. Supongo que ya le habrán contado lo de su viaje a Lourdes y el milagro. Bueno, todo eso me parece muy bien, pero a mí no me ha sucedido milagro alguno, gracias a Dios, y no tengo intención de salir al encuentro de uno. Además, ya he hecho bastante por los enfermos crónicos. Mi padre me dejó la mitad de la casa y yo se la vendí a Wilfred para que pudiera poner la residencia. Hicimos una tasación, naturalmente, pero no fue muy alta. En aquella época las casa de campo grandes no se valoraban. Y ahora, claro, vale una fortuna. Es una casa preciosa, ¿verdad?

– Desde luego, arquitectónicamente es interesante.

– Exacto. Las casas de estilo regencia con personalidad están alcanzando precios astronómicos. No es que tenga ganas de venderla. Al fin y al cabo es la casa de nuestra infancia y le he cogido cariño. Pero probablemente me desharía del terreno. De hecho, Victor Holroyd conocía a alguien que tenía interés en comprarlo, alguien que quería instalar otro camping de caravanas.

– ¡Qué horror! -exclamó Dalgliesh involuntariamente.

La señora Hammitt no se inmutó y dijo con complacencia:

– Nada de eso. Una actividad muy egoísta por su parte, si me permite decirlo. Los pobres necesitan hacer vacaciones igual que los ricos. A Julius no le gustaría la idea, pero yo no tengo obligación de obedecer a Julius. Supongo que vendería la casa y se iría. Tiene una hectárea y media en el promontorio, pero no me lo imagino atravesando un camping cada vez que viene a Londres. Además, tendrían que pasar casi por delante de sus ventanas para bajar a la playa. Es el único sitio donde queda playa con la marea alta. Ya me los imagino: padres de abultadas rodillas con pulcros pantaloncitos cortos llevando la cesta de la comida, seguidos de la mamá con un transistor a todo volumen, niños gritando y berreando. No, no creo que Julius se quedara.

– ¿Sabe alguien de aquí que usted espera heredar Toynton Grange?

– Claro, no es un secreto. ¿A quién iba a ir a parar si no? En realidad, por derecho toda la finca tendría que ser mía. ¿Quizá no sabía usted que Wilfred no es un verdadero Anstey, que es adoptado?

Dalgliesh dijo con precaución que le parecía recordar que alguien lo había comentado.

– Entonces más vale que lo sepa todo. Es bastante interesante si le gusta el derecho.

La señora Hammitt se llenó la taza y volvió a acomodarse aparatosamente en la butaca como si se preparara para una complicada disertación.

– Mi padre tenía muchas ganas de tener un hijo varón. Algunos hombres son así, para ellos las hijas no cuentan. Y yo soy consciente de que fui una desilusión para él. Si un hombre quiere un hijo de verdad, lo único que puede reconciliarlo con una hija es la belleza, cosa que yo nunca he tenido. Por suerte, a mi marido no pareció importarle. Nos llevamos muy bien.

Puesto que la única respuesta posible a esta declaración era un vago murmullo de felicitación, Dalgliesh emitió el sonido apropiado.

– Gracias -dijo la señora Hammitt, como si recibiera un cumplido, y prosiguió alegremente-: Bueno, los médicos le dijeron a mi padre que mi madre no podía tener más hijos, de modo que decidió adoptar un niño. Creo que Wilfred estaba en un orfanato, pero yo entonces sólo tenía seis años y nunca me contaron cómo ni dónde lo encontraron. Ilegítimo, claro. La gente tenía más miramientos sobre estas cosas en 1920 y había niños abandonados donde elegir. Recuerdo lo contenta que estaba yo entonces de tener un hermano. Era una niña solitaria y con más afecto del que necesitaba. Entonces no veía a Wilfred como un rival. De jóvenes le tenía mucho cariño. Todavía se lo tengo. La gente a veces lo olvida.

Dalgliesh le preguntó qué ocurrió después.

– Fue el testamento de mi abuelo. No se fiaba de los abogados, ni siquiera de Holroyd y Martinson, que era el bufete de la familia, y redactó él solo su testamento. Dejó a mis padres como usufructuarios vitalicios de la finca y toda la propiedad a repartir a partes iguales entre sus nietos. La pregunta que se formuló entonces era: ¿Pretendía incluir a Wilfred? Al final tuvimos que ir a juicio. El caso levantó bastante revuelo y planteó toda la cuestión de los derechos de los niños adoptados. Quizá recuerde usted el caso.