Dalgliesh tenía una vaga idea.
– ¿Cuándo fue redactado el testamento de su abuelo, quiero decir en relación con la adopción de su hermano?
– Ese dato era la parte vital de los hechos. Wilfred fue legalmente adoptado el 3 de mayo de 1921 y el abuelo firmó el testamento exactamente diez días después, el 13 de mayo. Los testigos fueron dos criados, pero cuando el caso llegó a los tribunales ya habían muerto. El testamento estaba clarísimo y todo era legal, pero no incluía los nombres. Los abogados de Wilfred demostraron que el abuelo estaba enterado de la adopción y le parecía bien. Además, el testamento decía «nietos», en plural.
– Pero podía pensar que su madre moriría antes y su padre se volvería a casar.
– ¡Qué agudo! Ya veo que tiene usted la retorcida mente de un hombre de leyes. Eso es precisamente lo que defendió mi abogado, pero de nada sirvió. Ganó Wilfred. Comprenderá usted lo que siento yo por la finca. Si el abuelo hubiera firmado el testamento antes del 3 de mayo, las cosas serían muy distintas, se lo digo yo.
– Pero recibió usted la mitad del valor de la herencia.
– Me temo que no duró mucho. Mi marido se gastó el dinero en seguida. No fue en mujeres, eso me alegro de poder decirlo. Fue en los caballos, que son igual de caros e incluso más impredecibles, pero unos rivales menos humillantes para una esposa. Y, a diferencia de las otras mujeres, al menos se puede una alegrar de que ganen. Wilfred siempre ha dicho que Herbert se volvió senil cuando se retiró del ejército, pero yo no me quejaba. Lo prefería así. No obstante, se gastó todo el dinero. -De pronto, pasó rápidamente revista a la habitación y le dedicó a Dalgliesh una astuta mirada conspiradora-. Voy a decirle una cosa que nadie de Toynton Grange sabe, salvo Wilfred. Si la vende, la mitad del precio de venta será mía. No sólo la mitad de los beneficios, sino la mitad de lo que le den. Tengo un compromiso debidamente firmado por Wilfred con Victor como testigo. En realidad, fue una sugerencia de Victor. Pensó que sería legalmente válido, y Wilfred no le puede poner las manos encima. Lo tiene Robert Loder, un abogado de Wareham. Supongo que Wilfred estaba tan seguro de que nunca necesitaría venderla que no le importaba lo que firmaba, o quizás era una manera de armarse contra la tentación. No creo que venda. Está demasiado encariñado con todo esto. Pero si cambia de opinión, a mí me irá muy bien.
– Ayer, cuando llegué, la señora Hewson dijo algo del Ridgewell Trust -declaró Dalgliesh con atrevimiento-. ¿No piensa traspasar la residencia?
La señora Hammitt se tomó la insinuación con más calma de lo que esperaba y replicó firmemente:
– ¡Tonterías! Ya sé que Wilfred lo comenta de vez en cuando, pero nunca traspasaría Toynton Grange. ¿Por qué? Falta dinero, claro, pero dinero siempre falta. Lo único que tiene que hacer es subir las tarifas o convencer a las autoridades para que paguen más por los pacientes que mandan. No tiene por qué hacerle un trato especial al gobierno. Y si aún así no puede hacer que sea rentable, más vale venderla, con milagro o sin milagro.
Dalgliesh sugirió que, en cualquier circunstancia, era sorprendente que Anstey no se hubiera convertido al catolicismo. Millicent contestó con vehemencia:
– Entonces se debatió en una intensa batalla espiritual. -Su voz se hizo más grave y empezó a vibrar con un eco de fuerzas cósmicas enzarzadas en la lucha mortal-. Pero yo me alegré de que decidiera permanecer fiel a nuestra Iglesia. Nuestro padre -su voz retumbó con semejante acceso de fervor exhortatorio que Dalgliesh, sobresaltado, se imaginó que iba a lanzarse a una plegaria dirigida al Señor- se hubiera disgustado muchísimo. Era un gran feligrés, comandante Dalgliesh, de la Iglesia evangélica, naturalmente. No, yo me alegré de que Wilfred no nos abandonara.
Hablaba como si a Wilfred, hallándose ante el río Jordán, no le hubiera gustado el aspecto del agua y la barca no le hubiera inspirado confianza.
Dalgliesh ya le había preguntado a Julius Court por la religión de Anstey y había recibido una explicación diferente y, sospechaba, más exacta. Recordó la conversación que habían mantenido en el patio antes de regresar junto a Henry. Julius, en tono burlón, dijo: «El padre O'Malley, que se suponía que estaba instruyendo a Wilfred, dejó bien claro que su iglesia se pronunciaría sobre una serie de asuntos que Wilfred consideraba de su competencia personal. Al querido Wilfred se le ocurrió que estaba a punto de entrar en una organización muy grande que, como un convento, obtenía más beneficios de los que ofrecía. Al final, después de lo que sin duda fue una lucha provechosa, decidió permanecer en un refugio más conveniente».
– ¿Pese al milagro? -había preguntado Dalgliesh.
– Pese al milagro. El padre O'Malley es racionalista. Admite la existencia de los milagros, pero prefiere que las pruebas se presenten ante las autoridades competentes para que las estudien detenidamente. Después de un tiempo prudencial, la Iglesia, en su sabiduría, se pronunciaría. Ir por ahí proclamando que uno ha recibido una gracia especial le parece presunción. O peor, sospecho que lo considera de mal gusto. Es un hombre exigente, el padre O'Malley. Wilfred y él no se llevan muy bien. Me temo que el padre O'Malley ha perdido un converso para su Iglesia.
– Pero, ¿continúan las peregrinaciones a Lourdes? -preguntó Dalgliesh.
– Sí, sí. Dos veces al año, invariablemente. Yo no voy. Al principio de llegar aquí iba, pero no es, como se dice ahora, mi ambiente. No obstante, siempre me encargo de tener a punto un buen té de bienvenida para cuando regresan.
Dalgliesh, de nuevo en el presente, empezó a sentir que le dolía la espalda. Se enderezó justo al mismo tiempo que el reloj de la repisa de la chimenea daba los tres cuartos. Un tronco carbonizado cayó de la rejilla disparando una última andanada de chispas. La señora Hammitt lo interpretó como una señal de que era hora de marcharse. Dalgliesh insistió en lavar primero las tazas, y la mujer lo siguió a la cocina.
– Ha sido un rato muy agradable, comandante, pero dudo que lo repitamos. No soy una de esas vecinas que no hace más que presentarse por sorpresa. Gracias a Dios me gusta estar sola. A diferencia de la propia Maggie, tengo recursos. Y una cosa he de decir de Michael Baddeley, no se metía con nadie.
– La enfermera Rainer me ha dicho que lo convenció usted de las ventajas de la incineración.
– ¿Eso ha dicho? Bueno, admito que es verdad. Se lo comenté a Michael. No me parece bien que se desaprovechen extensiones de terreno bueno para enterrar cuerpos en putrefacción. Que yo recuerde, al anciano le daba lo mismo lo que hicieran con él mientras terminara en tierra consagrada con las palabras idóneas. Muy sensato. Soy totalmente del mismo parecer. Y Wilfred no se opuso a la incineración. Dot Moxon y él coincidieron del todo conmigo. Helen protestó por las molestias, pero a ella lo que no le gustaba era que hiciera falta la firma de otro médico. Supongo que le pareció que era una especie de ofensa contra el buen juicio clínico del querido Eric.
– ¿Cómo iba a sugerir alguien que el diagnóstico del doctor Hewson era erróneo?
– ¡Claro! Michael murió de un ataque al corazón, y hasta Eric es suficientemente competente para reconocerlo, espero. No, no se moleste en acompañarme a casa, llevo la linterna. Si necesita algo a cualquier hora, dé unos golpecitos en la pared.
– Pero, ¿los oiría usted? Al padre Baddeley no lo oyó.