«Me alegro de volver a ver tu elegante caligrafía. Aquí reina un alivio general después de saber que las noticias de tu inminente fallecimiento eran exageraciones. Hemos pensado gastar el dinero que recogimos para coronas en una celebración. Pero ¿qué estás haciendo, fisgando en Dorset entre un grupo tan sospechoso de lunáticos? Si tantas ganas tienes de trabajar, aquí nos sobran cosas en qué ocuparte. Pero ahí va la información.
»Del grupito, hay dos con antecedentes. Se ve que ya sabes algo de Philby. Dos condenas por lesiones graves en 1967 y 1969, cuatro por robo en 1970 y toda una serie de delitos menores anteriores. Lo único extraordinario del historial criminal de Philby es la indulgencia que han demostrado los jueces con él, lo cual no me sorprende del todo mirando su expediente. Seguramente pensaron que era injusto castigar con demasiada dureza a un hombre que se dedicaba a lo único para lo que estaba dotado física e intelectualmente. Hablé con los asistentes sociales y admiten sus defectos, pero dicen que, si se le da cariño, es capaz de corresponder con una lealtad feroz. Vigila que no se encapriche contigo.
»Millicent Hammitt fue condenada dos veces en la Magistratura de Cheltenham por hurtos en tiendas, en 1966 y 1968. En el primer caso, la defensa alegó las típicas dificultades de la menopausia y le impusieron una multa. La segunda vez tuvo suerte de escapar con tanta facilidad. Fue un par de meses después de que falleciera su marido, un mayor del ejército retirado, y el tribunal se compadeció de ella. Seguramente también influyó la declaración de Wilfred Anstey en el sentido de que se la llevaría a vivir con él en Toynton Grange, donde permanecería bajo su tutela. Desde entonces no ha habido más, así que supongo que la vigilancia de Anstey es efectiva, los tenderos de la zona más conformistas o la señora Hammitt más hábil para afanar las cosas.
»Hasta aquí la información oficial. Los demás están limpios, al menos en lo que se refiere a antecedentes, pero si buscas un criminal interesante, y supongo que Adam Dalgliesh no malgastará su talento con Albert Philby, ¿me permites que te recomiende a Julius Court? Un conocido del Departamento de Extranjero y de la Commonwealth me ha pasado unos chismes. Court es un alumno brillante de Southsea que entró en la diplomacia después de terminar los estudios universitarios, equipado con los habituales aditamentos elegantes, pero bastante escaso de dinero. En 1970 estaba en la Embajada de París y declaró en aquel famoso juicio por asesinato en que se acusaba a Alain Michonnet de matar a Poitaud, el piloto de coches de carreras. Quizá recuerdes el caso, se hizo bastante publicidad en la prensa británica. Era pan comido y a la policía francesa se le hacía la boca agua de pensar en echarle el guante a Michonnet. Es hijo de Theo d'Estier Michonnet, que tiene una fábrica de productos químicos cerca de Marsella, y hacía tiempo que les tenían echado el ojo a los dos. Pero Court le proporcionó coartada a su amigo. Lo extraño es que no eran amigos de verdad, Michonnet es un agresivo heterosexual, al menos los medios de comunicación así nos lo presentan hasta la saciedad, y por la Embajada circulaba la horrenda palabra «chantaje». Nadie se creyó el cuento de Court, pero nadie podía desmentirlo. Mi informante cree que el motivo de Court se reducía al deseo de divertirse y cabrear a sus superiores. Si eso era lo que lo movía, lo consiguió. Ocho meses después moría su padrino muy oportunamente y le dejaba treinta mil libras, de modo que mandó la diplomacia a paseo. Se dice que hizo unas inversiones muy inteligentes. De todos modos, es agua pasada. Nada se sabe que lo desacredite, excepto quizá cierta tendencia a ser demasiado complaciente con sus amigos. Te lo cuento para que hagas tus propias deducciones.»
Dalgliesh dobló la carta y se la metió en el bolsillo de la chaqueta mientras se preguntaba en qué medida se conocerían las dos historias en Toynton Grange. Era poco probable que a Julius le preocupara. Su pasado sólo a él concernía, y estaba totalmente fuera del alcance del opresivo puño de Wilfred. Pero Millicent Hammitt tenía que soportar el peso del agradecimiento por partida doble. Aparte de Wilfred, ¿quién más conocería aquellos dos incidentes patéticos y vergonzosos? ¿En qué medida le importaría que se divulgaran en Toynton Grange? Volvió a arrepentirse de no haber usado la lista de correos.
Se acercaba un coche. Levantó la vista. El Mercedes avanzaba a toda velocidad por la carretera de la costa. Julius frenó y el automóvil se detuvo con una sacudida; el parachoques delantero quedó a unos centímetros de la verja de entrada. Salió y comenzó a tirar del portalón mientras le gritaba a Dalgliesh:
– ¡La torre negra está ardiendo! He visto el humo desde la carretera. ¿Hay algún rastrillo en Villa Esperanza?
– No lo creo, puesto que no hay jardín, pero encontré una escoba de ramas en el cobertizo.
– Más vale eso que nada. ¿Le importa acompañarme? A lo mejor hacemos falta los dos.
Dalgliesh se metió muy rápido en el coche. Dejaron la puerta abierta y Julius se encaminó hacia Villa Esperanza sin consideración hacia los amortiguadores del coche ni la comodidad del pasajero. Mientras Dalgliesh corría hacia el cobertizo, él abrió el portaequipajes. Entre los diversos objetos abandonados por los distintos ocupantes de la casa estaba la escoba, dos sacos vacíos, y sorprendentemente, un cayado de pastor. Lo metieron todo en el espacioso maletero. Julius había puesto en marcha el motor, Dalgliesh se acomodó al lado de él y el Mercedes emprendió la carrera. Al acceder a la carretera de la costa, Dalgliesh dijo:
– ¿Sabe si hay alguien? ¿Quizás Anstey?
– Podría ser. Eso es lo que me preocupa. Él es el único que va ahora. De no ser así, no sé cómo ha podido producirse el fuego. Por aquí nos podemos acercar más a la torre, pero tendremos que cruzar el promontorio a pie. No he querido ir en cuanto he visto humo porque no valía la pena sin tener con qué apagarlo.
Hablaba con voz tensa y los nudillos que sujetaban el volante estaban blancos. Mirando por el retrovisor, Dalgliesh vio unos iris grandes y brillantes. La cicatriz triangular que tenía sobre el ojo derecho, de ordinario casi invisible, parecía más profunda y oscura. Por encima se advertía el insistente latir de la sien. Echó una mirada al indicador de velocidad; marcaba más de ciento sesenta, pero el Mercedes, conducido con maestría, avanzaba suavemente por la estrecha carretera. De repente, después de una curva y una subida, divisaron la torre. Los cristales rotos de los ventanucos que se abrían debajo de la cúpula arrojaban, como proyectiles de un cañón pequeño, volutas de humo grisáceo que iban dando alborozados tumbos por el promontorio hasta que el viento las convertía en jirones de nube. El efecto era absurdo y pintoresco, tan inocuo como un juego infantil. Pero entonces el terreno descendió de nuevo y perdieron de vista la torre.
La carretera de la costa, por la que sólo cabía un coche, estaba bordeada en el lado del mar por un muro de piedra. Julius conocía el camino. Incluso antes de que Dalgliesh viera la estrecha abertura, sin puerta pero señalada por dos postes en putrefacción, ya había girado hacia la izquierda. El automóvil se detuvo con una sacudida en una profunda hondonada que quedaba a la derecha de la entrada. Dalgliesh cogió el cayado y los sacos, y Julius la escoba. Equipados de esta ridícula guisa, echaron a correr.