Julius tenía razón, aquél era el camino más rápido, pero tenían que recorrerlo a pie. Aunque hubiera estado dispuesto a ir en coche por aquel terreno irregular lleno de pedruscos, no hubiera sido posible. Los campos estaban atravesados por muros de piedra fragmentados, lo suficientemente bajos para saltarlos y con muchas interrupciones, pero ninguna lo suficiente ancha para que pasara un vehículo. La distancia era engañosa. Había momentos en que parecía que la torre retrocedía, separada de ellos por interminables barreras de piedra, y un instante después la tenían encima.
El humo, acre como si lo que quemara fuera madera húmeda, salía con fuerza por la puerta entreabierta. Dalgliesh la abrió de un puntapié y saltó a un lado para dejar paso a las potentes ráfagas. Inmediatamente se oyó un rugido y una llamarada se precipitó hacia él. Comenzó a separar los desechos encendidos con el cayado. Algo de lo que ardía era identificable todavía -hierba y paja seca, trozos de cuerda, los restos de una silla vieja- años de basura acumulada desde que el promontorio era tierra pública y la torre negra permanecía abierta y se usaba como refugio de pastores o albergue de vagabundos. Mientras él separaba los malolientes escombros, oía cómo Julius trataba de apagarlos a golpes frenéticos detrás. En la hierba prendían pequeñas hogueras que avanzaban como lenguas encarnadas.
En cuanto quedó libre la puerta, Julius penetró y empezó a golpear los rescoldos con los sacos. Dalgliesh vio toser y tambalearse a la figura envuelta en humo. La agarró y tiró sin ceremonia de él hasta que lo sacó y le dijo:
– No entre hasta que lo haya separado todo. No quiero tenerlos que sacar a los dos.
– Pero está ahí. Lo sé. Tiene que estar. ¡Dios santo! ¡Ese imbécil!
El último revoltijo de hierba quedó apagado. Julius empujó a Dalgliesh a un lado y empezó a subir la escalera de piedra que circundaba las paredes. Dalgliesh lo siguió. Encontraron una puerta de madera entornada que conducía a una cámara intermedia. No había ventanas, pero en la humeante oscuridad vieron una figura informe apoyada contra el muro más apartado. Se había puesto la capucha del hábito y se había arrebujado con el vuelo como un despojo humano arropado para protegerse del frío. Las enfebrecidas manos de Julius se perdieron entre los pliegues. Dalgliesh oía cómo maldecía. Tardó unos segundos en liberar las manos de Anstey y entre los dos lo arrastraron hasta la puerta antes de proceder a bajar con dificultad el cuerpo inerte por las escaleras hasta alcanzar el aire fresco.
Lo depositaron boca abajo en la hierba. Dalgliesh se había arrodillado dispuesto a darle la vuelta y empezar a aplicarle la respiración artificial, pero entonces Anstey extendió lentamente los dos brazos y adoptó una actitud teatral y vagamente blasfema. Dalgliesh, aliviado de no tener que acoplar su boca a la de Anstey, se puso en pie. Anstey dobló las rodillas y comenzó a toser convulsivamente con ásperos y ruidosos resuellos. Volvió el rostro hacia un lado y apoyó la mejilla en el suelo. Parecía que la húmeda boca, que despedía saliva y bilis, mordía la hierba, ávida de alimento. Dalgliesh y Court se arrodillaron y lo levantaron entre los dos.
– Estoy bien, estoy bien -dijo débilmente.
– Tenemos el coche en la carretera de la costa. ¿Puede andar? -preguntó Dalgliesh.
– Sí, estoy bien, ya se lo he dicho. Estoy bien.
– No hay prisa. Más vale que descansemos un rato antes de empezar.
Lo apoyaron contra un peñasco y Anstey permaneció allí sentado, a cierta distancia de ellos, todavía tosiendo espasmódicamente y mirando el mar. Julius empezó a pasear por el borde del acantilado, inquieto como si le molestara el retraso. El hedor del fuego se fue alejando del ennegrecido terreno como las últimas oleadas de una pestilencia en regresión.
Al cabo de cinco minutos, Dalgliesh gritó:
– ¿Vamos?
Entre los dos y sin hablar, levantaron a Anstey y lo sostuvieron mientras recorrían la distancia que los separaba del coche.
Capítulo 18
Ninguno de ellos habló durante el trayecto hasta Toynton Grange. Como de costumbre, la parte delantera del edificio parecía desierta, el abigarrado vestíbulo estaba vacío y reinaba un silencio sobrenatural. Pero los agudos oídos de Dorothy Moxon debieron de captar el ruido del coche, quizá desde el consultorio de delante, y apareció en las escaleras casi al instante.
– ¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado?
Julius esperó a que hubiera bajado y dijo con calma:
– Nada. Wilfred se ha empeñado en prender fuego a la torre negra con él dentro. No le ha pasado nada, sólo el susto. Y el humo no ha beneficiado a sus pulmones.
Dot miró acusadoramente a Dalgliesh y Julius como si fuera culpa de éstos y luego rodeó a Anstey con los brazos en un gesto enérgico, pero maternal y protector, y comenzó a hacerle subir lentamente las escaleras al tiempo que le murmuraba palabras de aliento al oído en su suave tono gruñón que a Dalgliesh le pareció cariñoso. Observó también que Anstey parecía ahora menos capaz de sostenerse en pie que cuando avanzaban lentamente por el promontorio. Sin embargo, al adelantarse Julius para echar una mano, una mirada de Dot lo hizo retroceder. No sin dificultad, ésta condujo a Anstey a su pequeño dormitorio pintado de blanco, que daba a la parte de atrás de la casa, y lo ayudó a echarse en la estrecha cama. Dalgliesh hizo un rápido inventario mental. La habitación era tal como se la había imaginado: una mesita y una silla debajo de la ventana que daba al patio de los pacientes; una librería bien provista; una alfombra; un crucifijo en la pared, encima de la cama; una mesilla de noche con una sencilla lámpara y una jarra de agua. Pero el grueso colchón cedió suavemente al recibir el peso de Wilfred. La toalla que pendía junto al lavabo parecía de una extraordinaria suavidad. La alfombra que había a los pies de la cama, si bien tenía un dibujo sencillo, no era retal de moqueta gastado. El albornoz blanco con capucha que colgaba detrás de la puerta ofrecía una apariencia modesta, casi austera, pero a Dalgliesh no le cupo duda de que tenía un tacto agradabilísimo. Aquello podía ser una celda, pero no le faltaba la más mínima comodidad esencial.
Wilfred abrió los ojos y fijó la azul mirada en Dorothy Moxon. Resultaba interesante, pensó Dalgliesh, cómo lograba combinar la humildad con la autoridad en una sola mirada. Alargó una mano suplicante y dijo:
– Quiero hablar con Julius y Adam un momento, Dot. ¿Le importa?
Ella abrió la boca, volvió a cerrarla de golpe, salió del cuarto pesadamente sin decir palabra y dio un portazo tras de sí. Wilfred entornó nuevamente los ojos como en un intento de retirarse de escena. Julius se miró las manos. Tenía la palma derecha enrojecida e hinchada y en la yema del dedo se le había formado una llaga. Con un dejo de sorpresa, dijo:
– ¡Qué curioso! ¡Tengo la mano quemada! No lo había notado y ahora me duele como un demonio.
– La señorita Moxon debería curársela. Y seguramente le convendría que se la viera Hewson.
Julius se sacó un pañuelo doblado del bolsillo, lo empapó de agua fría en el lavabo y se lo ató en la mano.
– Puede esperar -dijo.
Aparentemente, darse cuenta de que sentía dolor lo puso de mal humor. Se acercó a Wilfred y dijo bruscamente:
– Ahora que ha sufrido un atentado concreto contra su vida que casi tiene éxito, supongo que actuará con sensatez por una vez y llamará a la policía.
Wilfred no abrió los ojos para contestar:
– Ya tenemos un policía aquí.
– No cuenten conmigo -dijo Dalgliesh-. Yo no puedo emprender una investigación oficial. Court tiene razón, esto clama por la intervención de la policía local.