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– ¿Cuántas personas saben que le tiene más miedo de lo normal al fuego? -inquirió Dalgliesh.

– La mayoría, me imagino, creo yo. Es posible que no sepan lo obsesivo y personal que es el miedo que siento, pero saben que me preocupa. Insisto en que todos los pacientes duerman en la planta baja. Siempre me angustia la habitación reservada a los enfermos y no quería que Henry se alojara en un dormitorio del primer piso. Pero alguien tiene que dormir en la zona principal de la casa y la habitación de los enfermos tiene que estar cerca del consultorio y de los cuartos de las enfermeras por si hay alguna urgencia de noche. Es lógico y prudente tener miedo de los incendios en un sitio como éste. Sin embargo, la prudencia nada tiene que ver con el terror que me entra en cuanto veo humo o llamas.

Se llevó la mano a los ojos y se dieron cuenta de que se había echado a temblar. Julius contempló la agitada figura casi con interés clínico.

– Voy a buscar a la señorita Moxon -dijo Dalgliesh.

Apenas se había vuelto para encaminarse a la puerta cuando Anstey alargó una mano de protesta. Los temblores habían cesado. Mirando a Julius, dijo:

– Cree que el trabajo que estoy haciendo aquí merece la pena, ¿verdad?

Dalgliesh pensó que le había parecido advertir una fracción de segundo de pausa antes de que Julius respondiera sin entusiasmo:

– Claro que sí.

– ¿No lo dirá sólo para contentarme? ¿Lo cree?

– Si no, no lo diría.

– Claro que no. Perdóneme. ¿Coincide conmigo en que el trabajo es más importante que el hombre?

– Eso ya es más difícil. Podría aducir que el trabajo es el hombre.

– Aquí no. Esto ya está encarrilado, podría seguir adelante sin mí de ser necesario.

– Claro que podría, si dispusiera de los medios adecuados y si el Estado continuara mandando pacientes subvencionados. Pero no tiene por qué seguir sin usted si actúa con sensatez en lugar de como un vacilante héroe de un drama televisivo de tercera. No es su papel, Wilfred.

– Ya trato de actuar con sensatez, y valiente no lo soy en absoluto. Carezco de coraje físico. Es la virtud que más lamento no tener. Ustedes dos la tienen; no, no me lo discutan. Lo sé, y los envidio. Pero en esta situación no me hace falta valor. Lo que pasa es que no acabo de creer que alguien trate de matarme. -Se volvió hacia Dalgliesh y añadió-: Explíqueselo, Adam. Usted debe de entender lo que quiero decir.

– Podría decirse que ninguno de los dos intentos ha sido serio -dijo el aludido con precaución-. ¿La cuerda deshilachada? No es un método muy seguro y la mayoría de la gente debe de saber que no se le ocurriría empezar una escalada sin comprobar el equipo y que desde luego nunca lo haría solo. En cuanto a la pequeña charada de esta tarde, seguramente nada le habría pasado si hubiera cerrado las dos puertas y se hubiera quedado en la habitación de arriba; habría tenido mucho calor, pero no habría corrido demasiado peligro. El fuego habría acabado por extinguirse. Ha sido abrir la puerta de en medio y aspirar el humo lo que casi le mata.

– Pero supongamos que la hierba hubiera ardido con fuerza y las llamas hubieran alcanzado el suelo de madera del primer piso -terció Julius-, todo el centro de la torre hubiera ardido en cuestión de segundos y el fuego habría alcanzado la habitación de arriba. De ocurrir así, no se hubiera salvado. -Se volvió hacia Dalgliesh y preguntó-: ¿No le parece?

– Sí, seguramente. Por eso debe contárselo a la policía. Un bromista que llega a estos extremos ha de ser denunciado. Quizá la próxima vez no haya alguien cerca para socorrerlo.

– No creo que vuelva a ocurrir. Me parece que sé quién es el responsable. No soy tan tonto como parezco. Lo solucionaré, lo prometo. Tengo la sensación de que la persona responsable no continuará mucho tiempo con nosotros.

– No es usted inmortal, Wilfred -dijo Julius.

– Eso también lo sé, y podría equivocarme, por eso creo que ha llegado el momento de hablar con el Ridgewell Trust. El coronel está en el extranjero haciendo una visita a las residencias de la India, pero regresa el día dieciocho. La directiva querría tener una respuesta antes de final de octubre. Es una cuestión de reservar capital para futuras empresas. No lo traspasaría sin la conformidad de la mayoría de la familia. Pienso celebrar una junta. Pero si alguien trata de asustarme para que rompa el voto, me cercioraré de que el trabajo que estoy haciendo aquí sea indestructible, esté vivo o muerto.

– Si traspasa la propiedad a Ridgewell, Millicent no estará contenta -dijo Julius.

El rostro de Wilfred se convirtió en una máscara de obstinación. Dalgliesh encontró curioso el cambio que sufrían sus rasgos. Los dulces ojos se volvieron inflexibles y vidriosos, como si no quisieran ver, y la boca se alargó en una línea intransigente. Sin embargo, el conjunto de la expresión denotaba una malhumorada debilidad.

– Millicent me vendió su parte de muy buen grado y a un precio justo. No tiene motivos de queja. Si yo me veo obligado a marcharme de aquí, la obra continuará. Lo que me ocurra a mí no tiene importancia. -Le sonrió a Julius-. Usted no es creyente, ya lo sé, así que le voy a buscar otra autoridad. ¿Qué le parece Shakespeare? «Sed absoluto para la muerte, y la vida y la muerte serán más dulces.»

Los ojos de Julius se encontraron brevemente con los de Dalgliesh sobre la cabeza de Wilfred. El mensaje que transmitieron simultáneamente fue comprendido al instante. Julius halló cierta dificultad en controlarse y, por fin, dijo con aspereza:

– Dalgliesh está convaleciente. Casi se desmaya con el esfuerzo de socorrerlo a usted. Yo puede que parezca sano, pero necesito la fortaleza para mis propios placeres personales. De modo que si está decidido a firmar el traspaso a Ridgewell a fin de mes, trate de ser absoluto para la vida, al menos durante las próximas tres semanas, háganos ese favor.

Capítulo 19

Cuando se encontraron fuera de la habitación, Dalgliesh preguntó:

– ¿Cree usted que corre un peligro real?

– No lo sé. Seguramente esta tarde ha estado más cerca de lo que pretendían. -Y en cariñoso tono burlón, añadió-: ¡Será tonto el viejo engreído! ¡Absoluto para la muerte! Pensaba que estábamos a punto de pasar a Hamlet y nos iba a recordar que con la intención basta. Una cosa es cierta, ¿no le parece?, que no está fingiendo coraje. O bien no cree que alguien de Toynton Grange se la tenga jurada o piensa que conoce a su enemigo y está convencido de que puede ocuparse de él, o de ella. Aunque también podría ser, claro está, que hubiera prendido el fuego él mismo. Voy a que me venden la mano y luego podemos ir a tomar una copa en mi casa. Parece que le hace falta.

Dalgliesh tenía cosas que hacer. Dejó a Julius, a quien la aprensión había vuelto locuaz, a merced de Dorothy Moxon y regresó a Villa Esperanza a buscar la linterna. Tenía sed, pero no disponía de tiempo para tomar otra cosa que agua fría del grifo de la cocina. Aunque había dejado abiertas las ventanas de la casita, en la diminuta sala de estar, aislada por los gruesos muros de piedra, hacía tanto calor y el ambiente estaba tan enrarecido como el día de su llegada. Al cerrar la puerta, la sotana del padre Baddeley osciló y volvió a percibir olor mohoso y ligeramente eclesiástico. Los pañitos de ganchillo que cubrían los brazos y el respaldo de la butaca estaban en su sitio, sin huellas de las manos y la cabeza del sacerdote. Todavía permanecía algo de su personalidad, aunque Dalgliesh percibía su presencia ya con menos fuerza. No obstante, no había comunicación. Si precisaba de los consejos del padre Baddeley, habría de buscarlos por caminos conocidos pero poco usados por los cuales ya no se sentía con derecho a transitar.