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Se encontraba agotado. El agua fresca de sabor amargo sólo le hizo tomar conciencia con más claridad de su cansancio. Casi le era imposible resistirse al camastro que lo aguardaba, a la idea de dejarse caer sobre su dureza. Resultaba ridículo que un ejercicio tan ligero lo dejara agotado. Y tenía la sensación de que el calor se estaba haciendo insufrible. Se pasó la mano por la frente y la encontró sudada, pegajosa y fría. Evidentemente tenía fiebre. Al fin y al cabo, ya le habían advertido en el hospital que podía suceder. Le sobrevino entonces una oleada de ira contra los médicos, contra Wilfred Anstey y contra sí mismo.

Hubiera sido muy fácil recoger sus cosas y marcharse al piso de Londres. Allí, por encima del Támesis en Queenhythe, estaría fresco y libre. Nadie lo molestaría, pues todos lo supondrían todavía en Dorset. Podía dejar una nota para Anstey y marcharse inmediatamente; todo el país estaba a su disposición. Había cientos de lugares mejores que aquella comunidad claustrofóbica y egocéntrica dedicada al amor y a la autosatisfacción a través del sufrimiento, donde la gente se mandaba anónimos, hacía travesuras infantiles y maliciosas o se cansaba de esperar la muerte y se lanzaba a la aniquilación. Nada lo retenía en Toynton; se lo repetía con testaruda insistencia mientras descansaba la cabeza en el frescor del pequeño cristal cuadrado que colgaba sobre el fregadero y que debía de haberle servido de espejo para afeitarse al padre Baddeley. Probablemente era alguna caprichosa secuela de la enfermedad lo que le volvía a la vez tan indeciso y tan reacio a marcharse. Para haber decidido no regresar a las pesquisas, estaba haciendo una buena imitación de una persona entregada a su trabajo.

Al salir de la casita y emprender el largo camino promontorio arriba, no vio a nadie. El cielo todavía estaba claro, con esa momentánea intensificación de la luz que precede a la puesta del sol otoñal. Los almohadones de musgo que salpicaban los fragmentados muros eran de un verde intenso, deslumbrante. Cada flor por separado centelleaba como una gema que oscilaba movida por la suave brisa. La torre, cuando por fin alcanzó a verla, resplandecía como el ébano y parecía estremecerse al sol. Se figuró que si la tocaba se tambalearía y desaparecería. Su larga sombra surcaba la tierra como un dedo admonitorio.

Aprovechando la luz natural, y reservándose la linterna para el interior, inició la búsqueda. La paja quemada y los ennegrecidos desechos formaban descuidados montones en las proximidades del porche, pero la ligera brisa, que nunca faltaba en aquel punto alto del promontorio, había comenzado ya a deshacer los montículos y a esparcir extrañas materias casi hasta el borde del precipicio. Empezó por escrutar el terreno próximo a los muros y fue avanzando en círculos concéntricos cada vez más amplios. Nada encontró hasta que alcanzó el grupo de peñascos que se alzaba a unos cincuenta metros al suroeste. Constituían una curiosa formación, parecían más una obra de la mano del hombre que un afloramiento natural de la tierra, como si el constructor de la torre hubiera transportado el doble de piedras de las necesarias y se hubiera divertido disponiendo las sobrantes en forma de cordillera en miniatura. Las piedras describían un semicírculo de unos cuarenta metros de largo cuyas cumbres, de unos dos metros de alto, estaban unidas por elevaciones más pequeñas y redondeadas. Esta pared proporcionaba la protección idónea para que una persona escapara sin ser vista, ya fuera hacia el camino del acantilado o, por la pendiente del noroeste, hacia la carretera.

Fue allí, detrás de uno de los grandes peñascos, donde Dalgliesh encontró lo que esperaba encontrar, un hábito marrón de tela fina. Había sido enrollado hasta formar un rodillo e introducido en una grieta que se abría entre dos piedras más pequeñas. No había más que ver, ninguna pisada discernible en la firme hierba seca, ninguna lata con olor a parafina. Esperaba encontrar una lata en alguna parte. Aunque la paja y la hierba seca de la base de la torre hubieran ardido en seguida una vez se hubiera prendido un fuego consistente, dudaba de que una cerilla lanzada al azar hubiera dado lugar al incendio.

Se metió el hábito debajo del brazo. Si se trataba de una investigación de asesinato, los expertos forenses lo examinarían en busca de restos de fibras, polvo, parafina o cualquier sustancia que pudiera establecer una relación biológica o química con alguien de Toynton Grange. Pero no era una investigación de asesinato; ni siquiera era una investigación oficial. Y aunque se identificaran fibras en el hábito que coincidieran con las de una camisa, unos pantalones, una chaqueta o incluso un vestido de alguien de Toynton Grange, ¿qué se demostraría con ello? Por lo visto, cualquiera de los empleados tenía derecho a usar la curiosa idea que tenía Wilfred de un uniforme de trabajo. El hecho de que el hábito hubiera sido abandonado, y en aquel lugar, parecía indicar que el que lo vestía había decidido huir por el acantilado en lugar de por la carretera, si no, ¿por qué no seguir utilizando el camuflaje? A no ser, naturalmente, que el que lo llevara fuera mujer y una mujer que no vistiera normalmente aquella indumentaria. En ese caso, ser vista por casualidad en el promontorio poco después del incendio sería decisivo. Pero nadie, ni hombre ni mujer, querría llevarlo puesto por el camino del acantilado. Era la ruta más rápida pero más difícil, y el hábito hubiera sido una prenda peligrosa. Sin duda conservaría rastros delatores de tierra arenosa o manchas verdes de las rocas cubiertas de algas de ese difícil trayecto hasta la playa. Pero quizás eso era lo que querían hacerle creer. ¿Habrían dejado allí el hábito, como el anónimo del padre Baddeley, tan pulcra y exactamente colocado en el preciso lugar en que esperaba encontrarlo, para que lo descubriera él? ¿Qué necesidad había de abandonarlo? Así enrollado era un bulto perfectamente transportable por el resbaladizo camino de la playa.

La puerta de la torre todavía estaba entreabierta. En el interior perduraba el olor a quemado, el evocador olor otoñal de hierba quemada, pero ahora, con el primer fresco del atardecer, casi resultaba agradable. La parte inferior de la barandilla de cuerda había ardido y colgaba de las anillas de hierro en jirones chamuscados.

Encendió la linterna y comenzó a buscar sistemáticamente entre las ennegrecidas hebras de paja quemada. La encontró en cuestión de minutos, una lata abollada, cubierta de hollín y sin tapa que podía ser de cacao. La olió. No sabía si serían imaginaciones suyas, pero le pareció percibir cierto tufo de parafina.

Subió los escalones de piedra con precaución pegado a la pared ennegrecida. En la cámara intermedia nada encontró y se alegró de salir de aquella claustrofóbica celda sin ventanas y poder subir a la sala superior. El contraste con la estancia de debajo era inmediato y sorprendente. El cuartito estaba lleno de luz. No medía más de metro ochenta de ancho y el techo abovedado y con aristas le daba un aire encantador, femenino y ligeramente elegante. Cuatro de las ocho ventanas carecían de cristal y el aire penetraba por ellas frío y con olor a mar. Las reducidas dimensiones acentuaban la altura de la torre. Dalgliesh tenía la sensación de estar suspendido en un pimentero decorativo entre el cielo y el mar. El silencio era absoluto, una paz tonificante. Nada oía aparte del tictac de su reloj y del incesante y anodino ir y venir del mar. Se preguntó por qué el atormentado Wilfred Anstey victoriano no habría dado señales de alarma desde una de aquellas ventanas. Quizá cuando la tortura del hambre y la sed lo hicieron renunciar, el anciano estaba ya demasiado débil para subir las escaleras. Ciertamente, nada de su terror y desesperación finales había penetrado en aquel luminoso nido de águilas. Asomándose a la ventana meridional, Dalgliesh veía el rizado mar de azul celeste y morado diluidos con una vela roja triangular inmóvil en el horizonte. Las otras ventanas ofrecían una vista panorámica de todo el promontorio bañado por el sol; Toynton Grange y su racimo de casitas sólo eran identificables por la chimenea del caserón, puesto que se levantaban en el valle. Dalgliesh observó asimismo que el pradito de hierba musgosa en que se había detenido la silla de Holroyd antes del convulsivo impulso hacia la destrucción y el angosto sendero que conducía a él eran también invisibles. Lo que ocurriera aquella fatídica tarde, nadie pudo verlo desde la torre.