Ursula se dio cuenta entonces de que no iba a matarse. No era mas que Dot, Helen o Wilfred. ¿Quién más podía haber sido? Pero el sobresalto de ver aquella figura silenciosa pasar como una sombra le había devuelto el deseo de vivir. Si realmente quería morir, ¿qué hacía agazapada y helada en la cima de las escaleras? Tenía el cinturón de la bata. Todavía podía atárselo al cuello y dejarse caer por las escaleras. Pero no iba a hacerlo. Imaginarse la última caída, el cordón tirante clavado en el cuello, le hizo emitir un gemido de agonizante protesta. No, no había pretendido matarse. No, nadie, ni siquiera Steve valía una condena eterna. Quizá Steve no creyera en el infierno, pero ¿qué sabía en realidad Steve de las cosas que importaban de verdad? Sin embargo, debía terminar el recorrido. Tenía que hacerse con el frasco de aspirinas que sabía que se encontraba en el consultorio. No lo usaría, pero lo tendría siempre a su alcance. Sabría que si la vida se tornaba intolerable, tendría a mano un medio de ponerle fin. Y quizá, si sólo cogía un puñado y dejaba la botella junto a la cama se darían cuenta por fin de que era desdichada. Aquello era lo único que pretendía, lo único que había pretendido siempre. Llamarían a Steve. Advertirían su infelicidad. Quizás incluso obligarían a Steve a llevársela a Londres. Después de haber llegado tan lejos con tanto esfuerzo, debía alcanzar el botiquín.
La puerta no presentó problema alguno, pero una vez la hubo cruzado reparó en que aquello era el fin. No podía dar la luz. La tenue bombilla del corredor emitía un difuso resplandor, pero ni siquiera con la puerta abierta bastaba para mostrarle la posición del interruptor. Y, si conseguía accionarlo con el cinturón de la bata, tenía que saber con exactitud adonde dirigirse. Alargó la mano y palpó la pared. Nada. Lanzó repetidamente el cinturón hacia donde pensaba que podía estar el interruptor, pero volvía a caer sin resultado. Se echó a llorar de nuevo, derrotada, helada de frío, consciente de repente de que tenía que hacer todo el doloroso recorrido en sentido contrario, y lo más difícil y doloroso sería meterse en la cama.
Entonces, súbitamente, salió una mano de la oscuridad y se encendió la luz. Ursula soltó un gritito de miedo. Alzó la vista. En la puerta se recortaba la figura de Helen Rainer con un hábito marrón abierto por delante y la capucha bajada. Las dos mujeres, petrificadas, se miraron mutuamente sin habla. Ursula vio que los ojos que la contemplaban desde arriba estaban tan llenos de terror como los suyos.
Capítulo 23
El cuerpo de Grace Willison despertó con un sobresalto y de inmediato se echó a temblar de manera incontrolable como si una vigorosa mano la sacudiera para obligarla a cobrar plena conciencia. Aguzó el oído en la oscuridad levantando la cabeza trabajosamente de la almohada, pero nada oyó. El ruido, real o imaginario, que la había despertado se había callado. Encendió la luz de la mesilla; eran casi las doce. Alargó el brazo para coger el libro. Era una lástima que el Trollope de bolsillo pesara tanto. Ello quería decir que tenía que apoyarlo en el cubrecama y, puesto que una vez en la posición que solía adoptar para dormir no podía doblar las piernas con facilidad, el esfuerzo de levantar ligeramente la cabeza y fijar la mirada en la menuda letra resultaba fatigoso, tanto para los ojos como para los músculos del cuello. La incomodidad la hacía preguntarse a veces si leer en la cama constituía realmente aquel placer que siempre le había parecido, desde los días de la infancia en que la tacañería del padre con respecto al recibo de la luz y la preocupación de la madre por la vista y por que durmiera al menos ocho horas cada noche le habían impedido tener una lámpara en la mesilla.
La pierna izquierda sufría unas sacudidas incontrolables y Grace observó interesada y sin alarmarse los irregulares saltos que daba el cubrecama, como si hubiera un animal suelto debajo de las sábanas. Despertarse de repente como entonces después de haberse dormido era siempre mala señal. Le esperaba una noche agitada. Le tenía horror al insomnio, y durante un momento estuvo tentada de rezar para que no tuviera que soportarlo aquella noche siquiera. Pero había terminado ya de rezar y parecía que no tenía sentido volver a pedir una gracia que sabía por experiencia que no iba a ser otorgada. Rogarle a Dios algo que ya había dejado perfectamente claro que no estaba dispuesto a conceder era actuar como un niño obstinado y cascarrabias. Observó con interés las travesuras de sus extremidades, vagamente reconfortada por la sensación que ahora casi lograba reproducir a voluntad de ser independiente de su rebelde cuerpo.
Dejó el libro y decidió pensar en la peregrinación a Lourdes, que tendría lugar al cabo de catorce días. Se imaginó el alegre bullicio de la partida -tenía un abrigo nuevo reservado para la ocasión- el recorrido a través de Francia; todo el grupo contento como en una excursión; la primera visión de la neblina adherida a las estribaciones de los Pirineos; los picos nevados; Lourdes, con su concentrada actividad, su aspecto de estar siempre en fête. El grupo de Toynton Grange, con la excepción de los dos católicos, Ursula Hollis y Georgie Alian, no formaba parte de una peregrinación oficial británica. No asistía a misa y se apiñaba humildemente en la parte de atrás de la multitud cuando los obispos con sus túnicas carmesí recorrían lentamente la plaza del Rosario con la dorada custodia delante. ¡Qué inspirador, qué pintoresco y qué espléndido resultaba todo! Las velas, que entretejían sus dibujos de luz, los colores, los cánticos, la sensación de volver a pertenecer al mundo exterior, pero a un mundo en el que la enfermedad era honrada, no considerada como una aberración, una deformidad del espíritu al igual que del cuerpo. Sólo faltaban trece días. Pensó qué habría dicho su padre, protestante a ultranza, de aquel esperado placer. Pero había consultado al padre Baddeley sobre la corrección del viaje y su consejo había sido muy claro: «Querida hija, usted disfruta del cambio y del viaje, entonces, ¿por qué no? Nadie puede sentirse perjudicado por una visita a Lourdes. No dude en ayudar a Wilfred a hacer ese trato con el Todopoderoso».
Pensó en el padre Baddeley. Todavía resultaba difícil aceptar que no volvería a hablar con él en el patio ni a rezar con él en la habitación tranquila. Muerto; una palabra inerte, neutra, sin atractivo. La misma palabra, ahora que lo pensaba, se aplicaba a una planta, a un animal o a un hombre. ¿Por qué? El hombre formaba parte de la misma creación, compartía la vida universal, dependía del mismo aire. Muerto. Había esperado sentir que el padre Baddeley estaba próximo a ella, pero no había ocurrido, no era cierto. Todos se habían ido al mundo de la luz. Se habían ido; ya no les interesaban los vivos.
Debía apagar la luz. La electricidad era cara; si no pensaba leer, su deber era estar a oscuras. Ilumina nuestra oscuridad -a su madre siempre le había gustado aquella plegaria- y mediante tu misericordia defiéndenos de los riesgos y peligros de esta noche. Pero allí no había peligro alguno, sólo el insomnio y el dolor, el familiar dolor que tolerar, casi agradecer, como a un viejo conocido porque sabía que era capaz de soportar su peor consecuencia, y aquel aterrador dolor nuevo que pronto tendría que contar a alguien.
La cortina se agitaba con el viento. Oyó un repentino «clic» extraordinariamente alto y el corazón le dio un vuelco. Luego una pieza de metal raspó la madera. Maggie no había comprobado el pestillo de la ventana antes de acostarla. Ahora era demasiado tarde. Tenía la silla junto a la cama, pero no podía subirse a ella sin ayuda. Nada pasaría de no ser que estallara una tormenta. Y no corría el menor peligro, nadie iba a entrar por la ventana. En Toynton Grange nada había que robar. Más allá de la ondulante cortina blanca, nada, nada más que un negro vacío, montes oscuros hasta el insomne mar.