– Entonces sabía de qué había muerto -explicó Eric-. Lo había visitado esa misma mañana. Después del primer ataque al corazón era cuestión de tiempo. Michael se estaba muriendo.
– Como todos -dijo Wilfred-. Como todos.
El piadoso tópico pareció irritar a su hermana, que habló por vez primera.
– No seas ridículo, Wilfred. Yo no me estoy muriendo y tú te disgustarías mucho si te lo comunicaran. En cuanto a Grace, siempre me había parecido más enferma de lo que cualquiera parecía creer. Quizás ahora os daréis cuenta de que no son los que arman más jaleo los que necesitan más atenciones. -Y volviéndose hacia Dalgliesh, añadid»-: ¿Qué ocurrirá exactamente si Eric no extiende el certificado? ¿Quiere eso decir que volveremos a tener a la policía aquí?
– Probablemente sí, vendrá un policía, un policía corriente. Será el enviado del juez investigador y vendrá a hacerse cargo del cadáver.
– ¿Y después?
– El juez ordenará la autopsia. Según el resultado, o bien se extenderá el certificado de defunción u ordenará una investigación oficial.
– Es todo tan horrible, tan innecesario… -dijo Wilfred.
– Es la ley, y el doctor Hewson lo sabe.
– ¿Qué quiere decir que es la ley? Grace murió de esclerosis múltiple, todos lo sabemos. ¿Qué más da si tenía alguna otra enfermedad? Ahora Eric ya no puede tratarla ni hacer algo para ayudarla. ¿Qué quiere decir?
– El médico que atiende a un paciente durante la última enfermedad ha de firmar y entregar en el registro un certificado reglamentario en el que conste cuál ha sido, a su entender, la causa de la muerte -explicó pacientemente Dalgliesh-. Al mismo tiempo ha de entregar a una persona autorizada, que podría ser el ocupante de la casa en que se ha producido la muerte, una notificación de que ha firmado tal certificado. No hay regla alguna que diga que un médico deba informar de una muerte al juez, pero lo usual es hacerlo en caso de duda. Cuando un médico informa de una muerte al juez no se libera del deber de extender el certificado de la causa de la muerte, pero puede hacer constar en el impreso que ha comunicado la muerte para que el registrador sepa que ha de retrasar la inscripción hasta que el juez se lo indique. Según la sección 3.a del Decreto de 1887, un juez tiene el deber de abrir una investigación siempre que se le informe de que se ha producido en su jurisdicción una muerte que pueda ser considerada violenta, no natural, una muerte repentina cuya causa sea desconocida, o una muerte sobrevenida en la cárcel o en cualquier lugar o circunstancia que según otro decreto requieran una investigación. Ésta es la ley sin omitir los tediosos detalles, ya que lo pregunta. Grace Willison ha muerto repentinamente y, a juicio del doctor Hewson, la causa es hasta ahora desconocida. Su deber es informar de la muerte al juez. Ello implica la autopsia, pero no necesariamente una investigación.
– Con todo, no me gusta pensar que va a estar destripada en la mesa de operaciones del depósito de cadáveres. -Wilfred empezaba a parecer un niño obstinado.
– Destripada no es exactamente la palabra más adecuada -dijo Dalgliesh fríamente-. Una autopsia es un procedimiento organizado y perfectamente limpio. Ahora, sí me disculpan, voy a desayunar.
De pronto Wilfred hizo un esfuerzo casi físico para serenarse. Se enderezó, cruzó los brazos en el interior de las amplias bocamangas del hábito y guardó unos momentos de meditativo silencio. Eric Hewson lo miró, perplejo, y luego miró a Dalgliesh y a Julius en busca de orientación.
– Eric, más vale que llame al juzgado -dijo por fin Wilfred-. Dot tendría que preparar el cuerpo, pero habrá que esperar a que nos digan qué debemos hacer. Cuando haya telefoneado, por favor comunique a todo el mundo que quiero hablar con la familia inmediatamente después de desayunar. Helen y Dennis están ahora con ellos. Millicent, ¿tendrías la amabilidad de ir a ver cómo está Dot? Julius, querría hablar con usted, y con Adam Dalgliesh.
Permaneció un momento con los ojos cerrados al pie del lecho de Grace. Dalgliesh se preguntó si estaría rezando. Seguidamente salió de la estancia seguido de los demás. Mientras andaban, Julius susurró casi sin mover los labios:
– Desagradable reminiscencia de aquellas llamadas al despacho del director. Deberíamos haber hecho acopio de fuerzas desayunando antes.
Una vez en el despacho, Wilfred no perdió el tiempo.
– La muerte de Grace significa que he de tomar una decisión antes de lo que esperaba. No podemos seguir adelante sólo con cuatro pacientes. Por otra parte, no puedo admitir a alguien de la lista de espera si esto no va a seguir abierto. Celebraré un consejo de familia después del entierro de Grace. Creo que lo correcto es esperar hasta entonces. Si no surgen complicaciones, supongo que será antes de una semana. Me gustaría que ambos participaran y nos ayudaran a tomar la decisión.
– Eso es imposible, Wilfred -dijo Julius de inmediato-. No tengo el menor interés, me refiero en el sentido legal. Sencillamente, no es cosa mía.
– Vive aquí. Siempre le he considerado de la familia.
– Muy amable por su parte y me siento muy honrado, pero no es cierto. No soy de la familia y no tengo derecho a votar sobre una cuestión que no me afecta en absoluto. Si decide vender, y no lo culparía por ello, seguramente yo también venderé. No me apetece vivir aquí si esto se convierte en un camping. Pero me da igual. Sacaré un buen pellizco de algún ejecutivo listo de la región central a quien le importe un comino la paz y la tranquilidad que instalará un elegante bar en la sala de estar y pondrá un mástil en el patio. Yo seguramente buscaré una casita en la Dordoña después de investigar con atención los tratos que haya hecho el dueño con Dios o con el diablo. Lo siento, pero es un no definitivo.
– ¿Y usted, Adam?
– Yo todavía tengo menos derecho a opinar que Court. Esto es un hogar para los pacientes. ¿Por qué habría de decidir su futuro, al menos en parte, un visitante fortuito?
– Porque yo confío en su buen juicio.
– No tiene por qué. En este asunto, más le vale confiar en su contable.
– ¿Va a invitar a Millicent al consejo familiar? -preguntó Julius.
– Naturalmente. Quizá no siempre me ha prestado el apoyo que esperaba yo, pero pertenece a esta familia.
– ¿Y a Maggie Hewson?
– No -dijo Wilfred lacónicamente.
– No le va a gustar. Y, ¿no es un poco injuriante para Eric?
– Puesto que acaba de dejar claro que no considera que este asunto le concierna en modo alguno, ¿por qué no me permite decidir lo que es injuriante o no para Eric? -replicó Wilfred en tono magistral-. Y ahora, si me disculpan, he de ir a desayunar con la familia.
Capítulo 27
Mientras salían del despacho de Wilfred, Julius dijo bruscamente, como llevado de un impulso:
– Venga a desayunar a casa. Al menos a tomar una copa. O, si es demasiado pronto para tomar alcohol, un café. Por favor, no me diga que no. He empezado el día enfadado conmigo mismo y no quiero quedarme solo.
La invitación se aproximaba demasiado a una súplica para negarse.
– Si me permite cinco minutos… -dijo Dalgliesh-. Quisiera hablar con una persona. Espéreme en el vestíbulo.
Gracias al recorrido de la casona que había hecho el primer día recordaba dónde se hallaba la habitación de Jennie Pegram. Pensó que quizá no era el mejor momento para hacer aquella visita, pero no podía esperar. Cuando llamó percibió un matiz de sorpresa en el «adelante» con que respondió. Estaba sentada en la silla de ruedas enfrente del tocador, con la rubia melena suelta sobre los hombros. Dalgliesh sacó el anónimo de la cartera, avanzó desde detrás y se lo puso sobre la mesa. Sus ojos se encontraron en el espejo.