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– Sí, seguro, de haber estado despierta. A veces no me dejaban dormir sus ronquidos. Pero no la oí gritar, y se durmió antes que yo. Apagué la luz antes de las doce y media y pensé que estaba muy callada.

Dalgliesh se dirigió a la puerta, pero se detuvo con la sensación de que ella no deseaba que se fuera.

– ¿La preocupa algo? -preguntó.

– No, no, nada. Es sólo la curiosidad por lo de Grace, la incertidumbre. Son todos tan misteriosos… Pero, si van a hacerle la autopsia… quiero decir que la autopsia nos dirá cómo ha muerto.

– Sí -repuso él sin convicción, como tranquilizándose a sí mismo igual que a ella-, la autopsia nos lo dirá.

Capítulo 28

Julius lo esperaba solo en el vestíbulo y abandonaron juntos la casona para internarse en el luminoso aire matutino, abstraídos, un poco distanciados, con los ojos fijos en el camino. Ninguno de los dos habló. Como si estuvieran unidos por una cuerda invisible, avanzaban a una distancia bien medida hacia el mar. Dalgliesh agradecía el silencio de su compañero. Pensaba en Grace Willison, trataba de comprender y de analizar la raíz de su preocupación y desasosiego, emociones que le parecían tan ilógicas que rozaban la perversidad. Su cuerpo no presentaba señales visibles, no había lividez ni petequias en el rostro, nada fuera de lugar en su habitación, nada inusual excepto la ventana abierta. Había permanecido allí tornándose rígida en la inmovilidad de la muerte natural. ¿A qué entonces aquellas irracionales sospechas? Era un policía profesional, no un clarividente. Se basaba en las pruebas, no en la intuición. ¿Cuántas autopsias se efectuaban en un año? Más de ciento setenta mil, ¿no? Ciento setenta mil muertes que requerían al menos cierta investigación preliminar. La mayoría de ellas tenía un móvil evidente, al menos para una persona. Los patéticos despojos de la sociedad eran los únicos que nada tenían que dejar, por mezquino que fuera, por inapetecible que resultara a ojos más elevados. Toda muerte beneficiaba a alguien, liberaba a alguien, quitaba un peso de los hombros de alguien, ya fuera responsabilidad, el dolor del sufrimiento indirecto o la tiranía del amor. Toda muerte era sospechosa si se miraba tan sólo el móvil, del mismo modo que toda muerte, en última instancia, era una muerte natural. El viejo doctor Blessington, uno de los primeros y más insignes médicos forenses, se lo había enseñado. La última autopsia de Blessington había sido la primera del joven detective Dalgliesh. Las manos de ambos temblaban, aunque por razones distintas; sin embargo, el anciano actuó con la firmeza de siempre una vez hubo practicado la primera incisión. Sobre la mesa descansaba el cuerpo de una prostituta pelirroja de cuarenta años. El ayudante, con dos pasadas de las manos enguantadas, había limpiado la cara de sangre, de polvo, de la masa de pintura y maquillaje, y la había dejado pálida, vulnerable, anónima. Una mano fuerte y viva, no muerta, había borrado de ella toda personalidad. El anciano Blessington demostró su habilidad:

– Ve usted, joven, el primer golpe, detenido con la mano, pasó por el cuello hacia el hombro derecho. Mucha sangre, mucho aparato, pero poco daño. El segundo, cruzado y hacia arriba, dañó la tráquea. Murió de conmoción, pérdida de sangre y asfixia, seguramente en ese mismo orden por el aspecto del timo. Cuando los ponemos sobre la mesa, joven, la muerte no natural no existe.

Natural o no natural, él ya nada tenía que ver con aquello. Resultaba irritante que, con una voluntad tan firme, su mente precisara de una constante confirmación, que se resistiera tan obstinadamente a inhibirse de los problemas. ¿Qué justificación podía tener para dirigirse a la policía local con la pretensión de quejarse de que la muerte se estaba volviendo una cosa demasiado común en Toynton? Un anciano sacerdote que moría de una afección cardiovascular, sin enemigos, sin posesiones, excepto una modesta fortuna caritativamente legada al nombre que lo protegía, un notable filántropo cuyo carácter y reputación eran irreprochables. ¿Y Victor Holroyd? ¿Qué iba a hacer la policía respecto a esa muerte que no hubieran hecho ya del modo más competente? Se habían investigado los hechos, el jurado se había pronunciado. Holroyd había sido enterrado, el padre Baddeley incinerado. Lo único que quedaba era un féretro de huesos rotos, carne en putrefacción y un puñado de polvo gris y arenoso en el cementerio de Toynton; dos secretos más añadidos a los ya enterrados en aquella tierra consagrada. Todos ellos escapaban ahora a la solución humana.

Y luego la tercera muerte, la que seguramente todos los habitantes de Toynton Grange esperaban, fieles a la teurgia de que la muerte se produce siempre de tres en tres. Ya todos podían descansar. Y él también podía descansar. El juez ordenaría la autopsia y a Dalgliesh le cabían pocas dudas sobre el resultado. Sin tanto Michael como Grace Willison habían sido asesinados, su asesino era demasiado listo para dejar huellas. ¿Por qué iba a dejarlas? Con una mujer frágil, enferma y vencida por la enfermedad, tenía que haber sido tan fácil, sencillo y rápido como el gesto de ponerle una mano encima de la nariz y la boca. Nada justificaría la interferencia de él. No podía decir: «Yo, Adam Dalgliesh, he tenido uno de mis famosos presentimientos. No estoy de acuerdo con el juez, con el forense, con la policía, con los hechos. Exijo, a la luz de esta nueva muerte, que los huesos incinerados del padre Baddeley sean resucitados y obligados a confesar su secreto».

Habían llegado a Toynton Grange Cottage. Dalgliesh siguió a Julius alrededor de la casa hasta el porche que unía directamente el patio con la sala de estar. Julius no había cerrado la puerta con llave. Abrió y se hizo a un lado para que Dalgliesh pudiera entrar primero. Entonces los dos se quedaron paralizados, inmóviles. Alguien había entrado antes que ellos. El busto de mármol que representaba al niño sonriente estaba hecho añicos.

Todavía sin hablar, avanzaron juntos cautelosamente sobre la moqueta. La cabeza, despedazada hasta el anonimato, yacía entre un holocausto de fragmentos de mármol. La alfombra gris oscuro estaba adornada con relumbrantes cuentas de piedra. Anchas cintas de luz procedentes de las ventanas y la puerta cruzaban la habitación y las afiladas hebras de los rayos centelleaban como millares de estrellas infinitesimales. Parecía que al principio la destrucción había sido sistemática. Las dos orejas habían sido limpiamente desprendidas y yacían juntas, obscenos objetos que rezumaban sangre invisible, mientras que el ramo de flores, tan delicadamente esculpido que las azucenas parecían temblar de vida, permanecía a corta distancia de la mano, como si lo hubieran lanzado gentilmente al aire. Una daga de mármol en miniatura se había clavado en el sofá, un microcosmos de violencia.

La calma reinaba en la habitación; su ordenado confort, el comedido tictac del reloj de la repisa de la chimenea, el insistente golpeteo del mar, todo realzaba la sensación de ultraje, la crudeza de la destrucción y el odio.

Julius se arrodilló y cogió una piedra informe que había sido la cabeza del niño. Al cabo de un segundo la dejó caer y rodó torpemente, en línea oblicua, por el suelo hasta topar con la pata del sofá. Todavía sin hablar, alargó el brazo, cogió el ramillete de flores y lo acunó suavemente. Dalgliesh advirtió que temblaba; estaba muy pálido y la frente, inclinada sobre la escultura, le brillaba de sudor. Parecía un hombre conmocionado.

Dalgliesh se acercó a una mesa sobre la que había una botella de whisky y sirvió un generoso vaso. Sin decir palabra, se lo entregó a Julius. El silencio del hombre y el temible temblor le preocupaban. Cualquier cosa, pensó, un acceso de violencia, un ramalazo de rabia, un arranque de obscenidad, sería mejor que aquel silencio sobrenatural. Pero cuando Julius habló, lo hizo con voz calmada. Rechazó el vaso con un gesto negativo de la cabeza y dijo: