No esperó a leer el mensaje. La puerta que daba al oscuro pasillo estaba entornada y la abrió. Sabía con una morbosa pero segura premonición lo que iba a encontrar. El pasillo era muy estrecho y la puerta topó con las piernas de ella al abrirse. El cuerpo giró y el rostro enrojecido se volvió lentamente para mirarlo desde lo alto con lo que parecía una sorpresa despectiva, medio melancólica, medio apesadumbrada por encontrarse en desventaja. La luz del pasillo, emitida por una sola bombilla, resultaba deslumbrante y el cuerpo pendía cuan largo era como una extraña muñeca pintarrajeada colgada en un escaparate. Los ceñidos pantalones rojos, la blusa blanca de satén, las uñas pintadas de los pies y de las manos y el carmín a juego eran horrorosos pero a la vez irreales. Una cuchillada y de seguro que el serrín saltaría de las venas para amontonarse a sus pies.
La cuerda de escalada, un suave cordón rojo y tostado, alegre como el badajo de una campana, había sido fabricada para sostener el peso de un hombre y no le había fallado a Maggie. La había usado con sencillez. La había doblado y había metido los dos extremos por el aro para formar un lazo corredizo antes de atarla, torpe pero eficazmente, a la parte superior de la barandilla. Los metros que le sobraban yacían enredados en el rellano.
Un taburete de cocina con dos peldaños había caído de lado obstruyendo el pasillo como si lo hubiera apartado de sí con un puntapié. Dalgliesh lo colocó debajo del cuerpo y, tras apoyarle las rodillas en el plástico acolchado, subió los escalones y le quitó el lazo por la cabeza. Todo el peso del cuerpo inerte se precipitó sobre él. Lo dejó deslizar suavemente hasta el suelo y lo arrastró a la sala de estar, donde la depositó en la estera de delante de la chimenea y aplicó su boca a la de ella para practicarle la respiración artificial.
La boca de Maggie emitía vapores de whisky. Percibía también el sabor del carmín, un nauseabundo ungüento en la lengua. La camisa de él, pegajosa de sudor, se adhería a la blusa de ella soldando el oscilante pecho con el cuerpo suave, todavía cálido pero silencioso. Dalgliesh bombeaba su respiración al interior del cuerpo luchando contra una repugnancia atávica. Se asemejaba demasiado a violar a un muerto y percibía la ausencia del latido del corazón de ella con la misma intensidad que un dolor en su propio pecho.
Sólo notó que se había abierto la puerta por la repentina corriente de aire frío. Un par de pies se detuvieron junto al cuerpo. Oyó la voz de Julius.
– ¡Dios mío! ¿Está muerta? ¿Qué ha ocurrido?
El matiz de terror sorprendió a Dalgliesh. Éste levantó la vista un segundo hacia el desencajado rostro de Court, que pendía sobre él como una máscara incorpórea de rasgos blancos y distorsionados por el miedo. Julius se esforzaba por controlarse. Todo su cuerpo temblaba. Dalgliesh, concentrado en el desesperado ritmo de la resucitación, emitió las órdenes en una serie de ásperas frases inconexas.
– Vaya a buscar a Hewson. De prisa.
– No puedo. No me pida eso. No sirvo para estas cosas. Ni siquiera le soy simpático. Nunca hemos sido amigos. Vaya usted, prefiero quedarme aquí con ella que enfrentarme a Eric -contestó Julius en un murmullo agudo y monótono.
– Entonces llámelo por teléfono. Y luego llame a la policía. Coja el auricular con el pañuelo, es posible que haya huellas.
– ¡No contestarán! Nunca contestan cuando están meditando.
– ¡Entonces, por el amor de Dios, vaya a buscarlo!
– ¡Pero tiene la cara llena de sangre!
– Es carmín, suciedad. Llame a Hewson.
Julius permaneció inmóvil, pero luego dijo:
– Voy a probar. Ya habrán terminado de meditar. Acaban de dar las cuatro. Es posible que contesten.
Se volvió hacia el teléfono. Por el rabillo del ojo Dalgliesh vio el tembloroso auricular en sus manos y el pañuelo blanco mediante el cual Julius había envuelto el instrumento con la torpeza del que intenta vendarse una herida que se ha infligido a sí mismo. Al cabo de dos largos minutos contestaron al teléfono. No sabía quién, y después tampoco recordaba lo que dijo Julius.
– Ya se lo he dicho. Vienen hacia aquí.
– Ahora llame a la policía.
– ¿Qué les digo?
– La verdad. Ellos ya sabrán lo que tiene que hacer.
– Pero… ¿no deberíamos esperar? ¿Y si revive?
Dalgliesh se enderezó. Sabía que llevaba cinco minutos trabajando con un cadáver.
– No creo que reviva -dijo.
Inmediatamente reanudó la tarea adhiriendo la boca a la de ella, esperando percibir con la palma derecha el primer pulso de vida en el silencioso corazón. La bombilla oscilaba levemente con la corriente de aire que penetraba por la puerta abierta y una sombra se paseaba como una cortina sobre el rostro sin vida. Dalgliesh era consciente del contraste entre la carne inerte, los fríos labios insensibles magullados por los de él y su aspecto de ruborizada atención, una mujer inmersa en el acto sexual. El estigma carmesí de la cuerda era como un brazalete de dos vueltas que rodeara la gruesa garganta. Restos de la fría bruma penetraban a hurtadillas por la puerta para retorcerse en torno de las polvorientas patas de la mesa y de las sillas. La niebla le causaba picazón en las ventanas de la nariz como un anestésico; en la boca tenía el gusto amargo del aliento impregnado de whisky.
De repente se oyeron pasos apresurados; la habitación se llenó de gente y de voces. Eric Hewson lo empujaba a un lado para arrodillarse junto a su esposa; detrás de él, Helen Rainer abría un botiquín. Le entregó un estetoscopio. El médico desabrochó de un tirón la blusa de su mujer. Delicada y fríamente, la enfermera levantó el pecho izquierdo de Maggie para que auscultara el corazón. Un instante después, Eric se quitó el estetoscopio, lo lanzó a un lado y alargó la mano. En esta ocasión, todavía sin hablar, Helen le entregó una jeringuilla.
– ¿Qué vas a hacer? -gritó Julius con voz histérica.
Hewson alzó la vista hacia Dalgliesh. Tenía el semblante cadavérico y los iris muy dilatados.
– No es más que digital -dijo, pero aquella voz ronca pedía que lo tranquilizaran, que le infundieran esperanza, que le dieran permiso para retirarse, para inhibirse de la responsabilidad.
Dalgliesh asintió con la cabeza. Si era digital, tal vez funcionara. Y no sería tan tonto como para inyectar nada letal. Detenerlo ahora podía significar matarla. ¿Hubiera sido mejor proseguir la respiración artificial? Seguramente no; en todo caso, era una decisión que correspondía a un médico. Y allí había un médico. Pero en el fondo Dalgliesh sabía que era un argumento retórico. No era susceptible de ser perjudicada, como tampoco era susceptible de ser ayudada.
Helen Rainer tenía ahora una linterna en la mano y la enfocaba hacia el pecho de Maggie. Los poros de la piel que se abrían entre los pechos caídos parecían enormes, cráteres en miniatura obturados de polvo y sudor. A Hewson empezó a temblarle la mano. De repente, Helen dijo:
– Déjame a mí.
El médico le entregó la jeringuilla. Dalgliesh oyó el incrédulo «¡Oh, no!» de Julius Court y contempló cómo penetraba la aguja tan limpia y certeramente como un golpe de gracia.
Las finas manos no temblaron al extraer la aguja, aplicar un trocito de algodón al pinchazo y, sin hablar, alargar la jeringuilla a Dalgliesh.
Súbitamente, Julius Court salió dando traspiés de la habitación para regresar casi de inmediato con un vaso. Antes de que alguien pudiera detenerlo, había agarrado la botella de whisky por el cuello y se había servido el último centímetro. Apartando una silla de la mesa, se sentó y se abalanzó hacia adelante, abrazando la botella.
– Pero Julius… no debemos tocar nada hasta que llegue la policía -dijo Wilfred.
Julius se sacó el pañuelo y se lo pasó por la cara.