El autobús de Toynton Grange, conducido por Philby, se había detenido junto a ellos y estaba descendiendo la rampa posterior. Dalgliesh observó en silencio cómo Eric y Helen se separaban de Wilfred, agarraban simultáneamente las empuñaduras y empujaban a Henry con energía hacia el autobús. La rampa ascendió. Wilfred ocupó su lugar junto a Philby y el vehículo de Toynton Grange desapareció de la vista.
El coronel Ridgewell y los demás directivos llegaron después del almuerzo. Dalgliesh contempló cómo se detenía el coche y el grupo de sombría vestimenta desaparecía en la casa. Luego salieron y se dirigieron a pie, acompañados de Wilfred, hacia el mar. A Dalgliesh le sorprendió un poco que Eric y Helen fueran con ellos pero no Dorothy Moxon. Alcanzaba a ver cómo el viento agitaba el cabello canoso del coronel mientras se detenía y hacía oscilar el bastón en amplios movimientos explicativos o conferenciaba con el grupito, que rápidamente se cerraba en torno de él. Sin duda desearían ver las casitas, pensó Dalgliesh. Bueno, Villa Esperanza estaba lista. Las estanterías estaban vacías y sin polvo, los cajones de embalaje atados y etiquetados esperando al transportista, la maleta preparada a excepción de las pocas cosas que precisaba aquella última noche. Sin embargo, no deseaba participar en presentaciones ni charlas insustanciales.
Cuando el grupo por fin giró sobre sus talones y se encaminó a Villa Caridad, él se metió en el coche y se marchó, sin destino fijo, sin objetivo concreto, sin otra intención que alejarse en la noche.
Capítulo 36
El día siguiente amaneció bochornoso, propicio a los dolores de cabeza. El cielo era un manchado toldo blanco cargado de lluvia por derramar. Estaba previsto que el grupo en peregrinación partiera a las nueve, y a las ocho y media Millicent Hammitt irrumpió en Villa Esperanza sin llamar a la puerta para despedirse. Llevaba un traje chaqueta de tweed azul grisáceo que le sentaba fatal con una chaquetilla corta cruzada, una blusa en un tono azul más subido y discordante adornada con un extravagante broche en el cuello, unos toscos zapatos y un sombrero de fieltro gris calado por encima de las orejas. Soltó una voluminosa maleta y un bolso a sus pies, se puso un par de guantes de algodón color tostado y alargó la mano. Dalgliesh dejó la taza de café y sintió cómo le agarraban la mano derecha en un avasallador apretón.
– Adiós, comandante. Es extraño pero no hemos llegado a acostumbrarnos a llamarnos por el nombre de pila. Tengo entendido que cuando regresemos ya se habrá marchado, ¿no es así?
– Pienso regresar a Londres esta misma mañana.
– Espero que haya disfrutado de su estancia. Al menos ha sido movida. Un suicidio, una muerte natural y el fin de Toynton Grange como institución independiente. No puede haberse aburrido.
– Y un intento de asesinato.
– ¿Wilfred en la torre en llamas? Parece el título de una obra de teatro de vanguardia. Yo siempre he tenido mis dudas sobre ese suceso en concreto. En mi opinión, el incendio lo provocó el propio Wilfred para justificar el abandono de sus responsabilidades. Seguro que también a usted se le ha ocurrido esa explicación.
– A mí se me han ocurrido varias explicaciones, pero ninguna tenía mucho sentido.
– En Toynton Grange pocas cosas lo tienen. Bueno, la vieja orden ha cambiado y ha dado paso a la nueva. Dios se manifiesta de muchas maneras. Al menos eso hemos de esperar.
Dalgliesh le preguntó si tenía algún plan.
– Me quedaré en la casita. El acuerdo de Wilfred estipula que estoy autorizada a vivir allí de por vida, y, se lo aseguro, tengo intención de morir a mi propia conveniencia. Naturalmente, no será lo mismo sabiendo que la finca está en manos de extraños.
– ¿Qué piensa su hermano del traspaso? -preguntó Dalgliesh.
– Se siente aliviado. Esto es lo que había planeado, ¿no? No sabe dónde se está metiendo, claro. Ah, y no ha traspasado esta casita a Ridgewell. Continuará siendo suya y piensa venirse a vivir aquí después de convertirla en algo más cómodo y civilizado. También se ha ofrecido para trabajar en Toynton Grange en el puesto en que los nuevos dueños estimen que pueda ser más útil. Si se imagina que lo van a dejar seguir de director, se va a llevar un buen chasco. Tienen planes propios y dudo que incluyan a Wilfred, aunque hayan accedido a satisfacer su vanidad poniéndole su nombre a la residencia. Supongo que Wilfred se imagina que todo el mundo lo tendrá por el benefactor y propietario original. Yo le aseguro que no será así. Ahora que la escritura de cesión, o lo que sea, está firmada y el Ridgewell Trust es el verdadero propietario, Wilfred cuenta tan poco como Philby, probablemente menos. Y es culpa de él. Debería haberlo vendido totalmente.
– ¿No hubiera sido eso incumplir una promesa?
– ¡Supersticiones! Si Wilfred quería disfrazarse de monje y comportarse como un abad medieval, debería haber solicitado el ingreso en un monasterio. Uno anglicano hubiera sido perfectamente respetable. La peregrinación semestral continuará, por supuesto. Es una de las condiciones de Wilfred. Lástima que no venga usted con nosotros, comandante. Nos alojamos en una pensión muy agradable. Es bastante barata y dan muy bien de comer. Lourdes es un sitio muy animado. Un buen ambiente. No voy a decir que no hubiera preferido que a Wilfred le sucediera el milagro en Cannes, pero hubiera podido ser peor. Hubiera podido curarse en Blackpoll. -Se detuvo junto a la puerta y se volvió para decir-: Supongo que el autobús se detendrá para que los demás se despidan de usted. -Lo dijo como si le estuvieran otorgando un privilegio.
Dalgliesh dijo que iría con ella a Toynton Grange y se despediría allí. Había encontrado un libro de Henry Carwardine en un estante del padre Baddeley y deseaba devolvérselo. También tenía que devolver la ropa de cama y unas latas de comida que le habían sobrado y que seguramente les vendrían bien en Toynton Grange.
– Ya llevaré yo las latas más adelante. Déjelas aquí mismo. Y la ropa de cama puede devolverla en cualquier momento. La puerta está siempre abierta. De todas maneras, Philby regresará en seguida. Sólo va a llevarnos al puerto y una vez hayamos embarcado volverá para ocuparse de la casa, dar de comer a Jeoffrey y, claro, a las gallinas. Echan mucho de menos la ayuda de Grace con las gallinas, aunque cuando estaba viva a nadie le parecía muy útil. Y no sólo son las gallinas. Ahora no encuentran la lista de amigos. En realidad, esta vez Wilfred quería que se quedara Dennis. Tiene una de sus migrañas y está más pálido que la muerte, pero no hay quien convenza a Dennis de que se pierda una peregrinación.
Dalgliesh anduvo hasta la casona con ella. El autobús estaba parado ante la puerta y los pacientes ya habían subido. El grupito patéticamente reducido tenía un extraño aspecto de falsa jovialidad. La primera impresión que sus variopintos atuendos le dieron a Dalgliesh era que se proponían emprender actividades dispares. Henry Carwardine, con una chaqueta de tweed con cinturón y un sombrero de cazador, parecía un caballero eduardino que fuera a la caza del urogallo; Philby con un chocante traje de etiqueta oscuro, cuello duro y corbata negra, era un empleado de la funeraria cargando un coche fúnebre; Ursula Hollis se había vestido con todos los aditamentos de una inmigrante paquistaní y su única concesión al clima inglés era una chaqueta defectuosamente cortada de pieles de imitación; Jennie Pegram, con una larga pañoleta azul en la cabeza, aparentemente se proponía encarnar a Sainte-Bernadette; Helen Rainer, vestida igual que en el juicio, era una carcelera a cargo de un grupo de impredecibles delincuentes que se había acomodado ya junto a la cabecera de la camilla de Georgie Alian. El chico tenía un brillo enfebrecido en los ojos y su charla frenética llegaba hasta Dalgliesh. Llevaba una bufanda de lana a rayas azules y blancas y abrazaba un inmenso oso de peluche con el cuello adornado con una cinta azul celeste y lo que a Dalgliesh le pareció una medalla de peregrinación. El grupo podía haber sido una extraña mezcla de aficionados camino de un partido de fútbol pero que no esperaran la victoria del equipo de casa, pensó Dalgliesh.