Wilfred revoloteaba de buen humor en torno de lo que quedaba del equipaje. Él, Eric y Dennis Lerner llevaban puestos los hábitos. Dennis parecía muy enfermo; tenía el rostro desfigurado por el dolor y los ojos entrecerrados como si hasta la tenue luz matutina le resultara intolerable. Dalgliesh oyó que Eric le susurraba:
– ¡Por el amor de Dios, Dennis, déjalo y quédate en casa! Ahora que tenemos dos sillas de ruedas menos, podemos arreglárnoslas perfectamente.
La voz aguda de Lerner tenía un tinte de histeria.
– En seguida me pondré bien. Ya sabes que nunca me dura más de veinticuatro horas. ¡Déjame en paz, por favor!
Finalmente se cargó el instrumental médico, bien envuelto, se levantó la rampa, se cerró la puerta posterior y emprendieron la marcha. Dalgliesh agitó la mano en respuesta a los frenéticos saludos y contempló cómo el autobús de vivos colores avanzaba lentamente por el camino a la manera de un vulnerable juguetito infantil. Le sorprendió y entristeció un poco que fuera capaz de sentir tanta lástima por aquellas personas después de haberse propuesto no dejarse afectar. Siguió mirando hasta que el autobús ascendió la cuesta del valle y desapareció por fin al rebasar la cima del promontorio.
Ahora todo estaba desierto, Toynton Grange y las casitas se hallaban oscuras y vacías bajos el plomizo cielo. Durante la última media hora había oscurecido. Antes del mediodía estallaría una tormenta. Ya le dolía la cabeza con la premonición del trueno. En el promontorio reinaba la calma anticipatoria de un terreno escogido como campo de batalla. Apenas alcanzaba a oír el golpeteo del mar, que no era tanto un ruido como una vibración del denso aire, una tenebrosa amenaza de cañones lejanos.
Inquieto y perversamente reacio a marcharse ahora que por fin era libre de hacerlo, se acercó a la verja para recoger el periódico y el correo. Evidentemente, el autobús se había detenido y se habían llevado las cartas de Toynton Grange, pues no había más que el The times del día, un sobre amarillento de aspecto oficial para Julius Court y otro cuadrado dirigido al padre Baddeley. Se metió el periódico debajo del brazo, rasgó el resistente sobre forrado y comenzó a leer su contenido mientras echaba a andar. La carta estaba escrita con letra firme y masculina; la dirección del membrete correspondía a un deanato de la región central. El remitente lamentaba no haber contestado antes a la carta del padre Baddeley, pero se la habían hecho llegar a Italia, donde había estado todo el verano haciendo una sustitución. Después de las preguntas convencionales, la metódica relación de las novedades familiares y diocesanas, los rutinarios y predecibles comentarios sobre los asuntos públicos, venía la respuesta al misterio de la llamada del padre Baddeley:
«Fui inmediatamente a ver su joven amigo Peter Bonnington, pero hacía ya varios meses que había fallecido. Lo lamento muchísimo. Dadas las circunstancias, no parecía lógico indagar si estaba contento en la nueva residencia o si de verdad había querido marcharse de Dorset. Espero que el amigo que tenía en Toynton Grange pudiera ir a verlo antes de que muriera. En cuanto al otro problema, creo que no puedo ofrecerle mucha orientación. Nuestra experiencia en una diócesis donde, como sabe, tenemos un interés especial en los criminales jóvenes nos enseña que proporcionar alojamiento a ex presidiarios, ya sea en forma de residencia benéfica o de albergue autofinanciado, requiere mucho más capital del que posee usted. Seguramente, podría comprar una casita, incluso a los precios que corren, pero para empezar necesitaría al menos dos empleados con experiencia y tendría que financiar la empresa hasta que comenzara a funcionar por sí sola. Sin embargo, hay varios establecimientos y organizaciones que recibirían con mucho agrado su ayuda. Desde luego, no podría hallar mejor destino para su dinero, si ha decidido, como parece, que no debe ir a parar a Toynton Grange. Creo que he hecho bien avisando a su amigo policía y estoy seguro de que él le aconsejará debidamente».
Dalgliesh casi soltó una risotada. Aquél era un fin irónico y muy adecuado para su fracaso. ¡Así era como había empezado! Nada siniestro habría detrás de la carta del padre Baddeley, ninguna sospecha criminal, ninguna conspiración, ningún homicidio oculto. Simplemente deseaba, pobre anciano inocente y sencillo, consejo profesional para comprar y dotar de equipo y personal un albergue para jóvenes ex presidiarios con diecinueve mil libras. Dada la cotización de la propiedad y el nivel de inflación, lo que necesitaba era un genio de las finanzas. Pero había escrito a un policía, seguramente al único que conocía. Había escrito a un experto en muertes violentas. Y, ¿por qué no? Para el padre Baddeley, todos los policías eran fundamentalmente iguales, experimentados en el crimen y los criminales, dedicados a la prevención lo mismo que a la detección. «Y yo -pensó Dalgliesh con amargura- no he hecho ninguna de las dos cosas.» El padre Baddeley buscaba consejo profesional, no consejo sobre cómo enfrentarse al mal. En ese terreno tenía directrices propias e infalibles; ése era su terreno. Por alguna razón desconocida, casi con seguridad asociada al traslado de Peter Bonnington, Toynton Grange lo había defraudado. Buscaba consejo sobre qué otro destino dar a su dinero. «Qué típico de mi propia arrogancia -pensó Dalgliesh- suponer que pretendía otra cosa de mí.»
Se metió la carta en el bolsillo de la chaqueta y continuó andando mientras miraba por encima del periódico doblado, en el cual un anuncio destacaba con la misma claridad que si estuviera subrayado; unas palabras conocidas saltaban del texto:
«Toynton Grange. Deseamos poner en conocimiento de todos nuestros amigos que desde el día de nuestro regreso de la peregrinación de octubre pasaremos a formar parte de la numerosa familia del Ridgewell Trust.
Continúen teniéndonos presentes en sus oraciones en esta época de cambio. Puesto que nuestra lista de amigos se ha extraviado desafortunadamente, rogamos a todos aquellos que deseen seguir en contacto con nosotros que nos escriban lo antes posible.
Wilfred Anstey, director.»
¡Claro! La lista de los amigos de Toynton Grange, inexplicablemente extraviada desde el fallecimiento de Grace Willison, los sesenta y ocho nombres que Grace se sabía de memoria. Se detuvo bajo el cielo amenazador y volvió a leer el anuncio. La excitación se apoderó de él con la misma violencia física que un retortijón de estómago, un enardecimiento de la sangre. Supo con inmediata y sobrecogedora certeza que allí le esperaba el cabo de la enredada madeja. Tirando suavemente de aquel dato, la hebra comenzaría a salir milagrosamente libre.
Si Grace Willison había sido asesinada, como se resistía a dejar de creer, pese al resultado de la autopsia, era porque sabía algo. Debía de ser una información vital, un conocimiento que sólo ella poseía. No se mataba simplemente para silenciar sospechas intrigantes pero imposibles de demostrar sobre dónde había estado el padre Baddeley la tarde de la muerte de Holroyd. Había estado en la torre negra. Dalgliesh lo sabía y podía demostrarlo; es posible que Grace Willison también lo supiera. Pero la cerilla partida en pedacitos y el testimonio de Grace Willison juntos nada podían demostrar. Una vez muerto el padre Baddeley, lo peor que se podía hacer era señalar que resultaba extraño que el anciano no hubiera visto a Julius Court andar por el promontorio. Dalgliesh se imaginaba la sonrisa despectiva y sardónica de Julius. Un anciano enfermo y cansado sentado con su libro junto a la ventana que se abría al este. ¿Quién podía afirmar que no había dormido varias horas antes de emprender el regreso a Toynton Grange por el promontorio mientras en la playa que no alcanzaba a ver el grupo de rescate se afanaba con la carga? Una vez muerto el padre Baddeley y silenciado su testimonio, ninguna fuerza policial del mundo volvería a abrir el caso sobre la base de una prueba de segunda mano. El mayor daño que podía haberse hecho Grace Willison a sí misma era revelar que Dalgliesh no estaba tan sólo recuperándose en Toynton Grange, que él también sospechaba. Esa revelación podía haber hecho oscilar la balanza de la vida a la muerte. Podía haberse vuelto demasiado peligrosa para seguir viviendo. No porque supiera que el padre Baddeley había estado en la torre negra la tarde del 12 de septiembre, sino porque poseía información más concreta, más valiosa. Sólo existía una lista de distribución del boletín, y ella se la sabía de memoria. Julius estaba presente cuando lo dijo. La lista podía romperse, quemarse, destruirse, pero sólo había una manera de borrar los sesenta y ocho nombres de la cabeza de una frágil mujer.