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rarlo, con el mejor vestido, y sin mezquinarle el perfume, con las medias de seda y el piso del zaguán hecho un espejo, y unas cuantas macetas de heléchos le pedía a Mita para adornar,…y me jugaba entera. Y no lo esperaba en el zaguán, lo esperaba en la esquina, así lo veía venir desde una cuadra de distancia, que se iba agrandando hasta que cerca mío yo empezaba a retroceder y empezaba a contar uno, dos, tres, cuatro… el tiempo que faltaba para que me alcanzara en el zaguán oscuro y me abrázala… once, doce, trece, catorce,…y de chiquito que estaba en la esquina lejos ya está delante mío que me tapa todo lo que hay delante, me tapa todo con la cabeza y el cuello y las hombreras, pero yo le miro los ojos que se le refleja el piso encerado del zaguán, y en el piso encerado se refleja un hombre que es él, dónde empieza él y dónde termina el piso no se sabe y la cabeza me empieza a dar vueltas del mareo y me la agarro fuerte para no perder el equilibrio… Y buen golpe que me di, por chiquilina tonta nada más. Que el buen carácter es lo principal tiene razón Mita. En mi casa será todo con horario, que no venga papá como siempre que se le pasó la hora en el bar y el turco que no se retrase porque a la comida no la va a encontrar, únicamente si la busca en el tacho de basura, ahí la va a encontrar. Y nada de tomar muchacha, así el cálculo que sacó que no le alcanza para veraneo, le alcanza. Todo en comida quiere gastar ese animal, tres platos quiere como en el hotel, mucho más caro que hacer un buen plato abundante de una sola cosa. Yo lo voy a domar, a mediodía le digo «hay tres platos: cordero con batatas, pastel de papas y postre de cocina», budín de pan, que es como si fuera un tercer plato. Y le hago comer cordero hasta que rebalsa, y cuando traigo el pastel ya no tiene hambre, apenas si comemos la mitad del budín de pan, y así a la noche tengo el pastel de papa y la mitad de budín, ya está la cena lista sin gastar un centavo, y le sigo haciendo la manganeta hasta que se olvide de que en el hotel comía tres platos. Fiambre, ravioles y carne con estofado en lo de Mita antes de ayer, y arrollado con dulce de leche, lástima que el Toto arruinó todo. Se habrá llenado el muerto de hambre del instructor, a régimen en la pensión, le dije que no iba más a practicar porque tenía que hacer en casa, Mita me pateó debajo de la mesa, claro, el tipo lo mismo me ve en la pileta, qué perro. Pero los domingos no me ve, eso no me puede negar, antes de encontrarme en el agua con López y la mujer me muero. Tirada en el césped tomando sol miré a un lado y había un hombre de espalda, en malla, la primera vez que veía ese hombre tan blanco de cuerpo y miro la cara y era él, que ia cara se la he besado hasta morirme pero nunca lo había visto sin camisa, el cuerpo era como el de todos los hombres, yo creí que sería más delicado y detrás se apareció la mujer y no me vieron más el pelo los domingos en la pileta. Y Berto le hizo tomar vino de más al instructor que se largara a hablar de la de Páez, que no quiere nunca contar, y Berto «el viejo Páez mandó a arreglar la carabina, dice que un zorro se le mete a la noche en el gallinero» y al instructor le hizo mal el vino «yo estoy siempre entre gallinas, hay que ver el miedo que le tienen al agua en este pueblo» y me mira a mí y el Toto sonso se pone colorado y dice «yo no le tengo miedo al agua, lo que le tengo miedo es al fondo de la pileta», y Berto «pero si haces caso a lo que te dicen vas a aprender a zambullirte sin golpear la cabeza», y el Toto «ya me golpeé una vez y con esa basta», y Berto «si no fuera que estamos en la mesa sabés lo que te haría» y el instructor «el crául tampoco lo aprendes, y no hay piso que no valga ahí», y el Toto «se pronuncia crol», y el (Héctor «habló el genio», y Mita «al principio aprendía todo bien, después llegó lo de las zambullidas y se atrancó», y el instructor «no señora, lo que tiene el Toto… es celos, está celoso de los otros chicos que aprenden y él no» y se levantó de la mesa y se volvió a sentar el instructor, que no se sabía lo que quería, y ahí me di cuenta que se le había subido el vino a la cabeza porque casi se le escapó un eructo y lo miré al Toto y estaba blanco como el papel. Y Berto «es feo que tengas celos, el instructor te quiere mucho, siempre me pregunta por vos si no te ve, él quiere a todos los chicos igual» y el instructor «pero a los celosos no los quiero, y a las gallinas tampoco, miedo tienen las mujeres» y el Toto de un manotón agarra el cuchillo de cortar torta y un alarido de Mita y otro mío que el Toto de un arranque le había clavado el cuchillo en un brazo a la sirvienta que se acercó en ese momento a levantar los platos de postre. Todos paralizados estábamos. El cuchillo le quedó clavado de punta cerca de la muñeca y solo se cayó al suelo. El Toto de un salto ya salía cuando el Héctor lo alcanzó de un brazo, pero al verlo al Berto enfurecido abalanzándose lo dejó escapar el Héctor al Toto. Menos mal que la muchacha se tapó la barriga con el brazo, si no la mataba y el brazo se lo tajeó no más. ¿Si está siempre pegado a Mita, dónde se volvió asesino ese chico? La muchacha que es tan buena con él ¿por qué se la agarró con ella? El mantel todo manchado de sangre y la pobre negrita no dijo ni «a», los ojos llenos de lágrimas, Mita enseguida la vendó y cuando estaba por venir el doctor Fernández a darle los puntos a mí me dio vergüenza y me fui… Y yo no sé si los médicos guardan los secretos, si el turco sabe, pobre, qué disgusto le daría. Son cosas que solamente una chiquilina tonta se deja embromar. Después no queda más que la rabia, eso es lo que se sale ganando. Que la coma la rabia noche y día. Total por lo que duró… Después que se iba me dormía de un tirón hasta las ocho, ni bien colocaba en la almohada la cabeza me ponía a roncar. Todas las noches dormir de un tirón. Y la mañana levantarme, tomar un mate, pensar en anoche, barrer, pasar el plumero y el trapo mojado, ir a la carnicería, al almacén, pasar por la librería, y hay por ahí que comprar hilo o elástico o un repasador y aprovecho para preguntarle a Estela si lo vio esa mañana a la entrada del Banco, cocinar, lavar los platos, dormir la siesta,…que ya se acerca, se acerca la hora, coser desatarme los rulos, dar una vueltita por el paseo que la voy a buscar a mamá, la cena, pintarme, peinarme, vestirme, salir de la pieza, el pasillo, el vestíbulo, el zaguán, la puerta de calle, me paro contra el rinconcito, me aliso el vestido y pasan cinco, diez minutos y veo que en la esquina no hay nadie, todavía no hay nadie, cuento hasta veinte, treinta, cuarenta y viene un hombre, dobla la esquina y camina para casa y no es el policía de la esquina, no es Juan de los Palotes, no es el diarero, no es el chico de la fonda, no es el turco, no es el Héctor,…es él, los ojos verdes, la naricita, las palabras escritas en el fondo del pensamiento «si me haces ir temprano al hotel no voy a aguantar las ganas de llorar» y yo «anda a Puán por unos días, pedí licencia» y él «en Puán te voy a extrañar a vos»…que soy yo, no Laurita, ni Mita, ni la Pirula, ni la ninfa constante, soy yo… Y le echo los dos brazos al cuello, todo para mí, lo miro, lo toco, lo oigo respirar y yo respiro y los dos que respiramos, suspiros de él, o míos, que no importa que yo deje de respirar que él puede respirar para darme el aire, en la carne viva, dónde empieza él y dónde termino yo quién puede saberlo? eso quiere decir que me quiere, que quiere ver dentro de mí, y llegar hasta donde está escrito que lo quiero y que no hay ninguno como él, porque todo adentro mío está todo escrito que lo quiero tanto, tanto, tanto; y para él soy la mejor que hay y no nos despegamos más y entonces ya va a saber bien qué es lo que pienso y no voy a tener necesidad de decirle que para ponerlo contento me anima a tirarme del obelisco de Buenos Aires, y me hago mil pedazos, que él va a seguir viviendo y va a pensar en mí y eso es al final lo único que me importa, que no piense en otra, y escrito en el pensamiento de él va a estar que me quiere más que a nadie… o que sin mí no va a poder vivir y se va a morir de la pena… o lo que sea… lo que se le dé la gana,…ay Dios mío, que hasta cuándo, hasta qué día, qué hora, qué minuto me va a seguir amargando la vida, maldito el momento en que lo conocí. Y que se muera si quiere, que no por eso me voy a morir yo, y que si me muero tampoco me importa, porque ya todo se fue al diablo y la vida es una reverenda porquería, la puta que los parió a los hombres y que los recontra mil veces. Que lo mismo aunque duerma mal de noche a la mañana tengo que levantarme y si no tomo un mate me viene languidez y si no hay azúcar hay que ir al almacén y los días de viento y tierra si una no está barriendo de la mañana a la noche se ahoga en la tierra, no sé cómo Mita consiguió que el carpintero le arreglara las puertas para que no le pasara la tierra por las rendijas. Yo ni bien pongamos la casa con el turco hago arreglar las puertas. Así mamá no tendrá tanto trabajo. Yo cocino y mamá limpia y lava y papá en el negocio, basta de bar. Así me ahorro la sirvienta y tenemos mucho para comida y sobra para el veraneo, un año me conozco Mar del Plata, otro Córdoba, otro Mendoza, aprovecho mientras no haya crios: si salen con la nariz del turco me muero. Las panzadas que le voy a hacer darse a ese turco, y yo no me voy a quedar atrás, lo único que no quiere comer es carne de cerdo, vamos a aprovechar con mamá cuando él se vaya afuera con el teodolito, para hacer una noche en el patio un buen asado de chancho, no da ningún trabajo, con un poco de ensalada, y bastante vino, llena que no me pueda mover con la modorra que da el vino y el asado… me lavo los platos que ya me estoy durmiendo y ni bien termino de cabeza a la cama, que con el estómago pesado no pienso en nada que ya me quedo frita, y a dormir a pata ancha hasta el otro día.