Выбрать главу
» y el Toto «se le va a morir el nene» y el Héctor «¿de dónde sacas eso?» y el Toto «oí a la partera que lo contaba en la farmacia» y yo haciendo que no me importaba «¿cuándo? la partera hace meses que no viene a la farmacia» y el Toto «vos estabas en el laboratorio preparando un jarabe y no la oíste» y yo «no es cierto, la partera está peleada y no viene más a la farmacia» y el Toto «bueno, no puedo decir quién lo dijo, ¡pero se le va a morir!» y Berto «¿por qué no lo ponen al Chicho de inside en vez del Gordo?» y el Héctor «el Chicho no sirve en la delantera» y ya sabía yo que Berto me iba a mirar de reojos y yo no sabía cómo aguantarme, todas las cosas que íbamos a hacer y la esperanza de que se salvara, noche y día, noche y día, y Berto «la macana es que el Gordo no te quiere pasar la pelota aunque estés mejor colocado» y salí corriendo de la mesa que no aguanté más que viera la partera con esa cara de bestia y dijera que ya no respiraba más, que era lo menos que se podía esperar porque a la noche había estado tan mal pero era de día y se había compuesto bastante el tiempo, en mayo son los primeros fríos pero si sale el sol está bastante templado y cómo, digo cómo a las tres de la tarde puede pasar eso, que el nenito que había podido resistir toda la noche me dejara de respirar a las tres de la tarde; yo por primera vez había podido comer, a las doce, y la comida me había caído bien, llegó el Toto del colegio y lloré tanto al contarle que esa noche casi se había muerto el nenito pero ahora estaba mejor y el Toto se va a la clase de inglés y tanto bien me había hecho llorar un poco, se me había, calmado los nervios y a lo mejor me dormitaba un poco pensando otra vez que iba a volver a pensar de nuevo en el nombre para el bautismo que era mejor no pensar me habían dicho cuando nació mal porque después queda más fuerte el recuerdo, y qué nombre ponerle, tantos nombres, el que quería uno, el que quería otro. Y con los ojos secos me agarró la partera, ni una lágrima me quedaba, de esas lágrimas de alivio al pensar que se había salvado, y se me presenta ahí la partera, y en esa pieza que desde el principio no me había gustado, y me dice que ya no había nada que hacer y yo le pregunto por qué ese disparate, esa idea descabellada, y me contesta porque el nene no respiraba más. Y se queda mirándome. Y ni una lágrima me había quedado, que ya no iba a ver razón para llorar pensaba yo, los ojos y todo reseco hasta la garganta me había quedado, y están nada más que los barrotes de la cama para agarrarse y retorcerse las manos: la partera no dijo nada, eso me había parecido a mí, lo que hizo fue abalanzarse y clavarme un bisturí y a los barrotes me agarro que no quiero tocarme el pecho y rozar el borde afilado del bisturí, pero es imposible aguantarlo un minuto más «que no hay nada que hacer» me vino a decir, y me lo revolvió como una carnicera, -«porque no respira más» me siguió diciendo y el bisturí lo debe haber sacado para desinfectarlo y guardarlo en la vitrina y menos mal que el Toto no estaba ahí, entre la cama y la puerta que al abalanzarse la partera él se podía poner de por medio y recibir la herida y un chico no podría haber resistido y se habría muerto, pero yo estaba sola cuando se apareció la partera, cuando me estaba por dormitar, después del alivio yo no la oí entrar a las tres de la tarde cuando vino a clavarme el bisturí que está infestado, y no se aguanta, una herida hecha por carnicera, una herida que se va agrandando: no llores dice Berto, y una herida duele hasta que se cicatriza ¿y si no se cicatriza nunca más? una herida que no se cicatriza es posible que esté infectada. Y no me deja que llore, si Berto me oye y se despierta, parece imposible pero esa tarde no pude llorar, si un rato antes no hubiese llorado tanto pensándolo a salvo a mi nene, y ni una lágrima, pero Berto se despierta si lloro ¿y ni siquiera eso? ¿ni siquiera llorar., ¿por qué no? si no aguanto más… Y qué importa que se despierte o que estemos en la mesa, por lo menos llorar, ahora que puedo llorar cada vez que la partera me viene a decir ese disparate, esa idea descabellada, llorar hasta que se va de la pieza y no me mira más. Corriendo desde la mesa hasta el jol, en la otra punta de la casa, en el sillón más lejos para que no me oigan, y los pasos del Toto no se oyen, se oye el llanto acercarse que el Toto tampoco puede aguantar en la mesa cada vez que se acuerda Y se sienta al lado mío, a llorar hasta que la partera no nos mira más y se va de la pieza. Los gladiolos de papel se los hice sacar el primer día, pero en esta oscuridad completa con la persiana cerrada, un poquito apenas de luz ayuda para dormir? apenas una luz de noche oscura entraría por la persiana abierta que no es como estar en esta oscuridad con la persiana cerrada y si enciendo el velador se va a despertar Berto Con la persiana abierta se verían la pieza, los muebles, y mirando algo contando ovejitas para tomar el sueño, todas las piezas son iguales en la oscuridad completa, si no hay nada de luz, a la mañana entra el sol por la persiana abierta y a las seis ya no se podría más dormir, hay que dormir con las persianas cerradas, veo apenas el techo de yeso con la mancha de humedad negra, la forma de picos de montañas o de campamentos de beduinos no se ve en la oscuridad, o de barcos hundiéndose entre las olas en punta como triángulos, el naufragio de Pablo y Virginia quiénes eran me preguntó el Toto, la tengo un poco olvidada ¿cómo era? de lo más triste, de la biblioteca de la Facultad, ¿y si la leyera y llorase? Berto se despertaría, no se despertaría con lágrimas solas, corren sin hacer ruido las lágrimas, las lágrimas en el cine, las lágrimas al leer María de Jorge Isaacs, es el ahogo en el pecho lo que mueve la cama y los hombres se alivian pensando que se las aguantan y que por eso son hombres de verdad, porque son hombres de verdad, porque se pueden aguantar, pero se pueden aguantar porque se pueden aguantar, que si no se pudieran aguantar entonces no podrían conformarse pensando que porque se las aguantan son hombres de verdad. Se las aguantan porque sienten menos ¿o no sienten nada? Caminando a la siesta duermo mejor a la noche, los dos camiones ya pagos y Berto duerme mejor a la noche, años y años que no, grito, la boca abierta, dé golpe sentado en la cama por las pesadillas, no debe ser bueno fumar al despertarse, se va llenando la pieza de humo en el desvelo y la lamparita y otro capítulo más y menos mal que están pagados los camiones, años de no poder dormir contando ovejitas y hojas de almanaque y monedas de cinco, de diez, de veinte, en pilas, y vencimientos, pagarés, cheques sin fondo ¿de cuál hermana? ¿de cuál cuñada? ¿de qué amigo que antes tenía un platal y se lo jugó todo y Berto no tenía nada y a qué diablos tanto ayudar a esos sinvergüenzas? y se vuelan las hojas del almanaque, los vencimientos, los pagarés y pilas de monedas encima para que no se vuelen. Encendido el velador de la mesita de luz entre sueños las hojas del diario de nuevo que crujían, la novela ya la había terminado. Napoleón, Hindenburg y todas las biografías de Emil Ludwig, apenas entre sueños el ruido del diario, sueños profundos que tenía yo antes, no se podían volar las hojas de los pagarés, que Berto no se iba a dormir y dejar que se volaran. ¿Qué es preferible, estar desvelada o las pesadillas? Duerme ahora, pero se despierta de nada y «la culpa es tuya si el chico no aprende que los hombres no lloran, los hombres se las aguantan por dentro, pero no lloran» Berto cada vez que lloramos «y vos mocoso un poco de obediencia a tu padre que no te quiero ver llorar más» y tiene razón porque él y Héctor se las aguantan, yo lloro porque las mujeres somos flojas y el Toto llora porque es un chico. No me acuerdo si el Héctor lloró cuando se le murió la madre, yo le dije la noticia, era muy chico para llorar, un año menos que el Toto ahora, pero el Toto llora porque tiene el entendimiento de un grande. Y ni un amigóte le voy a dejar traer al Héctor este verano y en el patio si se ponen a patear los mato, rogarle al niño Héctor que vaya al panteón ¡que no vaya si no quiere! ¡teniendo ahí a la madre! la madre, y el abuelo materno, y el tío Perico, y mi nenito, no sé cómo están colocados, en el subsuelo está mi nene, es lo único que sé, angelito, ahí entre esa gente… solo, en manos de… ¿porque quién sabe lo que viene después de la muerte? ¿quién sabe con seguridad si no se sufre, si los muertos no son más malos todavía que cuando estaban vivos? a salvo dentro de su cajoncito, ¿pero los espíritus no entran donde quieren? y mi angelito ahí solo, con la madre del Héctor, que era buenísima, todo lo que quieran, pero no cuando murió, que quedó mal del parto del Héctor, mal de la circulación, y la sangre no le irrigaba el cerebro, y era un alma de Dios pero cuando se murió estaba loca, y no sabía lo que hacía y le hacía agujeros con la tijera a las medias de seda, y encerrado en el panteón con ella está mi angelito, y con el viejo borrachín, mujeriego y jugador, y el tío Perico que se murió de puro rabioso y amargado, y era capaz de matar si le caía mal una broma y de furia reventó ¿con ésos está mi pobre angelito? ¿quién me asegura que está bien, que nadie le hace nada, que esos muertos no… ay, basta, no quiero pensar, por favor, no quiero pensar un instante más en ese panteón que es una celda, y adentro una loca, un viejo inmundo y una fiera suelta y mi angelito solo, con una carita de ángel, y Berto le puso el vestidito para el bautismo que había llegado de regalo de La Plata, con el nenito sí que iba a estar contento Berto, box y fútbol desde chico, y nada de mimos, con él sí que iba a estar contento Berto, no con este flojo, con este… gallina del Toto, y me dijo Berto que le puso el vestidito de bautismo y me dijo Berto que ya no le tiene miedo a nada Berto, porque si no se murió de pena en ese día ya no se muere más, pero que con llorar no se arregla nada y si yo lloro me voy a debilitar cada vez más y no voy a poder hacer el tratamiento y los ejercicios, que el especialista está seguro que con tratamiento y ejercicios voy a poder tener otro nene, pero mientras mi angelito se me voló, se me fue y no sé cómo no la maté a esa bestia de la Delia cuando me dice que lo más triste es que los nenes no bautizados no van al cielo, van al limbo, y así nunca lo iba a poder ver ¿pero qué clase de bestia son estas con su catecismo y su iglesia y si me preguntan cuáles son las mujeres más malas de Vallejos, las que matan a palos y de hambre a las sirvientas, que las tienen atontadas, deformadas, yo enseguida les sé decir cuáles son: basta ver las que van todas las mañanas a la misa de las seis, la vieja Caivano, la hija, las dos solteronas de Leiva, y el resto de la mafia, y no lo digo yo, lo saben todos, y lo dicen todos, y a la mañana las voy a denunciar a la policía, a esas desalmadas, que van a confesarse a primera hora porque tienen miedo de morirse con todos los pecados que han acumulado en un día, y que me vengan a decir esas sinvergüenzas por qué nunca voy a la iglesia y que vaya al cielo o al infierno a mi nene no lo voy a ver más, porque está en el limbo, que me lo vengan a decir y les voy a arrancar la lengua, esa lengua envenenada de mentiras ¿cómo permite Dios que nazcan víboras como ésas? la Choli de visita a la vecina de la vieja Caivano la vio a la pobre sirvienta, una huérfana del hospital era, que esa tarde se puso a gritar y decir que se le había volcado la leche en el fuegp, y no era cierto, y la vieja le dio la paliza y la sirvienta le contó a la vecina que la leche no se había volcado y se reía del alivio y se reía como si hubiese hecho una travesura, la pobre infeliz en su media lengua decía que ese día tenía miedo de que le iba a pegar porque la vieja andaba con rabia y le mintió de la leche para ver si le iba a pegar o no, una paliza con el palo porque se le había volcado la leche, que no era cierto, pero si el cura oye eso en la confesión todos los días ¿no tiene que ir a la policía a denunciarla? ¡Secreto de confesión, y a enseñar el catecismo la llaman a la vieja Caivano, cuando las monjas no dan abasto! ¿cómo permite Dios eso, y que se muera mi nene, sin verle la carita, que un ángel parecía, y que yo lo quería ver, yo lo quería ver, pero después era mejor que no, porque había sufrido al morir y no estaba como antes, ya era demasiado tarde, ya era mejor no verlo, que estaba desfigurado. Y en esta oscuridad con la persiana cerrada ¿cómo se sabe que no estoy en La Plata? qué lindo estar allá, y en cualquier pieza podría estar, en la oscuridad ¿cómo puedo saber? ¿y cómo se sabe que las paredes no están descascaradas? ¿y que el Toto no está durmiendo destapado? Si no fuera que Berto se despierta me levantaría a ver si el Toto no está durmiendo destapado ¿De parejas famosas hacer otra colección de cartoncitos? De capitales de Europa la colección, y cada una con la aldeana típica en una danza típica quería el Toto, más difícil todavía, una gitana húngara y el remolino de las cintas del pelo en las czardas con el fondo de las torres de Budapest, nítidas al recortarse contra el cielo y esfumadas al reflejarse en el Danubio, o la torre Eiffel y dos apaches, ella tirada en el suelo y él que la mira mal. Y de parejas famosas como Romeo y Julieta, en la escena del balcón quiero yo, en la tumba de la capilla cuando Romeo haya muerto y Norma Shearer se clava el puñal en el pecho quiere el Toto, que por un instante se produce la tragedia, con un instante antes que Julieta se despierte tan felices podrían ser, y Maximiliano y Carlota, cuando Carlota ya perdida la razón abre la ventana del palacio vienes para que entre el alma de Maximiliano, fusilado en Méjico contra la pared de una casucha perdida en el desierto, y Marcoantonio y Cleopatra, Cleopatra sola quiere el Toto, con el áspid, y Marcoantonio en el pensamiento, como se lo imagina ella muerto en la batalla ¿y a escondidas tendremos que dibujar la colección nueva? «Que se escapara del cumpleaños porque ese grandote le quería pegar, yo no dije nada, pero que se escape de inglés porque le quería pegar el Pocho ¡no!» Berto al volver de jugar al tenis negro de rabia, «el Pocho tiene la misma edad, el padre viene en la cancha y me dice si el Toto lo había inventado para escaparse de la clase de inglés. Y yo le dije que sí». Berto con la vista irritada de jugar con el viento y el polvo de ladrillo «y tanto lío con la crianza y ¿qué es la madre del Pocho? una empleada de tienda era, ¿y ella salió criando al chico mejor que vos?», ¡qué mejor, qué mejor! no hay que ser injustos, no hay que decir lo que no es, ¡no hay que mentir, no hay que mentir! el Toto vale más que todos juntos, los chicos de Vallejos, pero si alguien vale todos lo odian, y no le contesté enseguida a Berto, el Pocho le tiene envidia porque el Toto es el mejor de la clase, eso es todo, y le dijo que le iba a romper la cara, el Toto a lo mejor se asustó porque creyó que le iba a romper la cara con un martillo o esas herramientas, le dije a Berto, y «de pasar vergüenza ya estoy cansado». No hay cosa peor que pasar vergüenza, pobre Berto, «me cortaría una mano por evitar un protesto en un Banco, o como cuando mi hermano firmó los cheques sin fondo, te acordás para no pasar vergüenza lo que hice», me dijo ayer hablando de bueyes perdidos y que cuando sea más grandecito va a cambiar le voy a decir mañana, para que se quede más tranquilo, que no se ponga a gastarse el cerebro de lo que cuesta el colegio a pupilo y cuando sea más grandecito va a cambiar, yo no me lo imagino más grande, me parece que siempre se va a quedar así, ¡diez años! ¡qué grande ya! pero aunque tenga diez años a veces me parece que basta mirarlo fijo un momento que ya lo veo como era antes, a los ocho, a los siete, a los cinco años, la gente no se nos quería despegar por la calle, de divino y gracioso que era, y parece que basta mirarlo un poco que se le transparenta como era de más chico, como una cebollita, se le quita una hoja y adentro hay otra cebolla igual, pero más chiquita y más blanca, el Toto de los ocho años, cuando empezó inglés y enseguida aprendió un montón de versos, y a los siete, cuando empezó el colegio, y desde el primer mes en el cuadro de honor, y a los cinco años, quitando las hojas cada vez más blancas de la cebollita, cómo abrió los ojos