Pero para Hu-lan, Da Shui había cambiado completamente. Una estrecha acera de cemento bordeaba el lado norte de la plaza. Donde en una época había una o dos pequeñas tiendas de precios controlados por el gobierno, ahora se veía una hilera de pequeños comercios que competían entre sí en al venta de artículos de tocador, arroz, conservas, galletas y otros alimentos no perecederos. En las paredes vacías había publicidad pintada de chicles, electrodomésticos y cremas de belleza. Hasta se veía un par de tableros de anuncios.
Hacía veinticinco años, la única decoración del pueblo consistía en unos grandes carteles con el retrato del gran Timonel. Por supuesto que también se engalanaba con lemas revolucionarios que promovían la Revolución Cultural de Mao (“Todos rojos, sin excepciones” o “Combatid con palabras, no con armas”) y con da zi bao, unos carteles de ideogramas que proclamaban los delitos reales o imaginarios de tal o cual aldeano. En aquellos tiempos, los altavoces que atronaban citas del presidente Mao no paraban hasta bien entrada la noche.
Pero aquel día, también había altavoces cónicos en los aleros de las casas que transmitían programas cotidianos que empezaban a las seis de la mañana con noticias y comentarios.
Al mediodía, los que tenían la suerte de que sus campos estuvieran cerca del pueblo, comían en compañía de las noticias y, quizá, de un poco de música. Al atardecer, cuando los campesinos de los alrededores convergían en el pueblo para tomar una taza de té, charlar un poco y jugar a las cartas, la programación empezaba otra vez con el tradicional adoctrinamiento político. En aquel momento, una vieja marcha militar acompañaba a Hu-lan por la calle polvorienta.
Se encaminó al Departamento de Seguridad Pública local. El suelo de linóleo estaba sucio y gastado. Había un ventilador de techo flanqueado por dos hileras de tubos fluorescentes apagados. Hu-lan se acercó al mostrador. Al otro lado había dos escritorios contra la pared y mujeres sentadas a cada uno de ellos. Una comía de un bol que había traído de casa; la otra, por lo que Hu-lan veía, no hacía nada. Ninguna levantó la vista. El departamento de policía no era parte de lo que se consideraba el sector servicios. Los modales aún no habían llegado allí. No había frases prohibidas ni actitudes proscritas. Al contrario, a quienes trabajaban en la policía – hasta el sencillo personal de oficina- se les permitía ser maleducados. Hu-lan conocía la rutina, pero no por eso le gustaba.
Al final se aclaró la garganta.
– ¿Qué quiere? -preguntó la mujer que comía fideos.
– Me gustaría ver al responsable.
– El capitán Woo está ocupado. Ahora no puede recibirla.
– Esperaré.
Las dos mujeres se miraron y la que comía sonrió con suficiencia.
– Por nosotras puede quedarse o largarse. Nos da igual.
Mientras Hu-lan esperaba en esa sala calurosa, recordó un antiguo dicho: “Ser funcionario para toda la vida significa reencarnarse siete veces como mendigo”. Tuvo la sensatez de no decirlo y se sentó. Cogió un periódico, pero esa semana había pocas noticias. Al cabo de un rato, se levantó y se acercó al tablero de anuncios. Se veía la publicidad habitual que promovía la política de un solo hijo, un anuncio de empleo de la fábrica Knight, un diagrama con las cuotas de productividad agraria y una lista de lemas del gobierno a favor de mejores, hábitos de trabajo, higiene personal y buenas actitudes, como “Tiempo es dinero, eficiencia es vida” y “Profundiza en la reforma y la política abierta”.
Al final se abrió una puerta detrás del mostrador y salió un hombre. Al ver a Hu-lan, se agachó y habló en voz baja con una de las secretarias. Se enderezó y se dirigió a Hu-lan:
– Entre, pero sólo cinco minutos.
La placa de la puerta rezaba “capitán Woo”. Le indicó a Hu-lan que se sentara y le preguntó.
– ¿Cómo se llama?
– Liu Hu-lan.
– Un nombre pasado de moda. La gente ya no lo usa tanto.
– Así es.
El capitán Woo se sirvió una taza de té de un termo, pero no le ofreció a ella.
– Usted no es de Da Shui.
– He venido a visitar a una amiga.
– ¿Y resulta que se han peleado, que las cosas ya no son como eran? A veces pasa. Las amistades con el tiempo se separan.
– No, no es eso…
pero el capitán no escuchaba.
– El departamento no se ocupa de disputas domésticas. Para eso está el Comité de Vecinos o el jefe de la unidad de trabajo. Pero -suspiró-, cada vez hay más gente como usted que viene a verme. Creo que muy pronto el gobierno tendrá que darnos directivas sobre cómo manejar estos problemas, porque ni yo ni mis colegas estamos preparados para tratar con peleas insignificantes habiendo tanto trabajo importante.
– Disculpe, capitán, pero no estoy aquí por ninguna disputa.
– Si tiene algún problema porque su marido se escapó a este pueblo, entonces debe acudir al jefe de la aldea y hacerle una petición. Él la escuchará.
Hu-lan empezaba a perder la paciencia, pero no podía interrumpirlo con su actitud habitual sin quedar en evidencia como mujer culta, pequinesa, como Princesa Roja o inspectora del Ministerio de Seguridad Pública. Los Departamentos de Seguridad Pública locales no respetaban mucho al ministerio de Pekín. Esta actitud no era única en China. En todos los países había polémicas jurisdiccionales entre la policía local y las fuerzas nacionales, ya fuera el FBI, el KGB o Scotland Yard. Por lo tanto, en lugar de poner a Woo en su sitio, Hu-lan se comportó como una campesina bastante asustada del poder del capitán.
– Por favor, capitán -dijo lo más dócilmente que pudo-. El policía frunció el ceño por su impertinencia y el hizo señas de que hablara-. Estoy aquí porque la hija de una amiga ha muerto. La madre está muy triste. Espero que usted me diga lo que pasó, así puedo ayudar a la madre en su dolor.
Woo entrecerró los ojos.
– Debe de estar hablando de Ling Miao-shan. Se suicidó.
– ¿Pero cómo es posible? Era joven, bonita y se iba a casar. El suicidio no es cosa de una novia.
Hu-lan esperaba que el capitán reconociera lo incoherente de la explicación, como ella, pero en cambio abandonó esa actitud seudoamable y le habló en un tono que dejaba claro que no quería más preguntas de una mujer ignorante.
– Ling Miao-shan tenía mala reputación. Todo el mundo sabía que era una perdida que se abría de piernas a cualquier hombre que se le cruzara. ¿En cuanto a la boda? Bueno, aquí nadie ha visto ninguna invitación al banquete.
– ¿Me está diciendo que Tsai Bing nunca tuvo intenciones de casarse con ella?
– No; estoy diciendo que esta entrevista ha terminado. Y lárguese de aquí antes de meterse en problemas.
Esta vez no ocultó la amenaza. Hu-lan se puso de pie, inclinó la cabeza en fingida señal de gratitud y salió de la oficina.
Más tarde, mientras se alejaba del pueblo, volvió a pensar en las palabras del capitán Woo. ¿Cómo era posible que Miao-shan tuviera tan mala reputación? La respuesta era tan vieja como la condición de mujer: seguramente se la merecía. Pero no coincidía con la descripción que había hecho Su-chee de su hija. ¿Era sólo la ceguera de una madre ante la flaqueza de una hija? ¿O había algo en Miao-shan que intimidaba al os aldeanos como para crear un retrato que explicara una disparidad que no lograban entender? Hu-lan sabía cómo funcionaban esas cosas. A ella le había pasado toda su vida. Incluso en el trabajo, sus colegas veían que era diferente e interpretaban esas diferencias diciendo que se consideraba mejor que los demás, o que se vestía de una forma rara, o incluso que era una perdida porque había tenido relaciones sexuales sin estar casada… ¡nada menos que con un extranjero!