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– ¿Cien de los grandes por una secretaria?

– ¿Tu secretaria de Los Ángeles te encuentra nuevos clientes? ¿Te presenta a la gente más importante de la ciudad? ¿Cómo crees que has encontrado tan rápido clientes nuevos?

Zai volvió a intervenir con tono conciliador.

– Lo que dice David es cierto. No hace falta irse al campo para descubrir la corrupción. Se encuentra aquí mismo, en Pekín.

– No me gusta que me digas eso -replicó ella.

– Y a mí no me gusta la idea de que tú, una hija querida, vayas a ese lugar.

– Tío, tú me formaste, me enseñaste a observar. En esa fábrica pasa algo, lo intuyo.

– Si es así, déjaselo a la policía local -respondió Zai.

– ¿Y si la policía también está implicada?

En el momento en que Zai apretó la mandíbula, como para desechar la acusación, Hu-lan sintió que las manos de David le cubrían las suyas.

– No me gusta -dijo David a Zai- y a usted tampoco, pero no podemos hacer nada para detenerla. Déjela venir conmigo. A lo mejor ni siquiera puede entrar en la fábrica. Entonces todo el asunto habrá acabado.

– ¿Y si no estoy de acuerdo? -preguntó Zai.

– Seguramente lo hará de todas formas. -David se volvió hacia Hu-lan-. Te digo que en la fábrica Knight no ocurre nada. He visto toda la documentación. Pero si, para tu tranquilidad, quieres pasar un día en la fábrica, entonces está bien. Hazlo, pero después no vuelvas a hablarnos de ello.

– Un día en la fábrica, ni uno más -concedió Zai-. Y tengo otra condición, que el inspector Lo te acompañe al campo. Puede hacer de chofer de David, si prefieres, pero quiero que tengas alguien cerca que pueda responder por si las cosas se ponen feas.

– No pasará nada -intervino David-. Está perfectamente a salvo porque la fábrica es absolutamente segura. Al final del día saldrá de allí cansada y todo habrá acabado.

– El lunes la quiero de vuelta en la oficina -insistió Zai sin abandonar la negociación-. Y hasta que nazca el crío se acabaron los días libres.

– De acuerdo -respondió David.

Los hombres miraron a Hu-lan para obtener su aprobación. Pero ella, mientras escuchaba el debate de lo que podía y no podía hacer, había tenido la extraña sensación de que perdía control sobre su propia vida. Sopesó lo que David había dicho. Se fiaba de su criterio, pero ¿y si se equivocaba y había algo delictivo en la fábrica Knight? ¿Y si estaba interpretándolo con los mismos ojos que le habían hecho ver que la primera tanda de clientes había llegado gracias a su fama y no a las conexiones de las señorita Quo?

También había cuestiones más profundas. No le gustaba mostrar su emociones ni en público ni en privado. Sin embargo, cuando David dijo que había ido a Pekín por cuestiones de trabajo y no por ella, enseguida se había notado que se sintió herida. Cuando David hizo esos comentarios sobre la corrupción en Pekín, había reaccionado criticando a Estados Unidos. Dos horas antes, sólo veía felicidad ante ella, ahora se sentía atrapada. ¿Pero esos sentimientos surgían de la conversación, de las fluctuaciones hormonales que sufría o de la profunda convicción de que no se merecía ser feliz?

Por último, si había algo ilegal en la fábrica Knight que, de alguna forma, se relacionara con el suicido de Miao-shan, entonces su presencia allí podía significar un peligro para ella y para el niño. ¿Por qué no lo había pensado antes? ¿Por qué no lo había pensado ni una sola vez… mientras trabajaba en esos caso fáciles en Pekín, mientras esperaba el tren para ir a Da Shui, mientras cruzaba los campos para ver a Tsai Bing, mientras entraba en aquel extraño bar, mientras visitaba a la policía local o interrogaba a Sandy Newheart y Aarón Rodgers?

Hu-lan levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los de Zai.

– Una semana -dijo-, y volveré a mi puesto.

Esas palabras podían tener muchos sentidos, y no estaba segura de comprender ninguno de ellos.

9

Hu-lan había olvidado lo fácil que era viajar con un extranjero. La señorita Quo, pagando casi el doble de lo que pagaría un chino, había comprado dos billetes de avión ida y vuelta en una agencia de viajes. David le dio instrucciones al inspector Lo de que cogiera el avión al día siguiente, alquilara un coche y se reuniera con él en el Shanxi Grand Hotel. Hu-lan preparó el equipaje con ropa apropiada para cualquier reunión oficial que surgiera y con un poco de ropa de trabajo que encontró en el fondo de su armario.

Llegaron a Taiyuan una hora y veinte minutos después del despegue. Al cabo de media hora se habían registrado en el hotel. El conserje le dio varios faxes a David, que éste leyó en la habitación mientras Hu-lan deshacía las maletas. No eran importantes, salvo dos. Uno de Miles que decía que Tartan no tenía problemas en que David representara al gobernador Sun. De hecho, hasta podía resultar útil. El segundo era el prometido documento de renuncia de Tartan. El último era de Rob Butler; no había habido nuevas pistas en la investigación del Ave Fénix. David escribió un par de cartas y se las dio al conserje para que las mandara por fax.

Comieron en el salón del hotel, donde pidieron las especialidades de la región: una sopa espesa, tou nao, cerdo estofado con verduras adobadas y un plato de fideos con especias. Hu-lan tomó té y David fen jiu, un vino fuerte de los viñedos del norte de la ciudad. Después de la cena, Hu-lan preparó una bolsa con ropa sencilla, le dio un beso de despedida, le prometió que estaría de regreso a la noche siguiente y se marchó. Tomó el autobús local hasta el cruce cercano al pueblo de Da Shui y caminó los últimos li hasta casa de Su-chee.

A la mañana siguiente, mientras David se daba una ducha caliente, Hu-lan se lavaba la cara con agua fría. Mientras David se afeitaba, Hu-lan cogió las tijeras de Su-chee y se cortó el pelo para que las puntas le quedaran desparejas. Mientras él se ponía un traje ligero, ella se enfundaba en unos pantalones grises holgados que le llegaban a la pantorrilla y una blusa blanca de manga corta, ambas prendas gastadas por años de uso y lavados. (Como decía el dicho: “Nuevo durante tres años, viejo durante otros tres, zurcido y remendado durante otros tres”. Esa ropa entraba en la última categoría). Luego, mientras David examinaba los platos que adornaban el elaborado comedor del hotel, Hu-lan se sentó con Su-chee para tomar un sencillo desayuno compuesto de un bollo con cebolla tierna recién recogida de la huerta. Más o menos en el momento en que David encendió el ordenador portátil para comprobar el correo electrónico, Hu-lan se miró por última vez en el espejo de mano de Su-chee y se dirigió hacia los campos.

A las siete, cuando Hu-lan llegó al bar Hebra de Seda, los ancianos ya aposentados en sus respectivos sitios para pasar el día, bebían té a sorbos, se escarbaban los dientes con un palillo y fumaban cigarrillos. El hombre que tan descaradamente le había hablado la vez anterior, la saludó en voz muy alta:

– Buenos días, has venido a vernos de nuevo. ¿Te has vuelto a pensar nuestra oferta?

Hu-lan mantuvo la cabeza gacha y respondió en voz baja, con modestia.

– Sí, así es.

El hombre se acercó a Hu-lan.

– ¿Y dónde has estado todo este tiempo?

– En Pekín. La gente de mi pueblo me dijo que allí era fácil encontrar trabajo. Pero nadie quiso contratarme. -La voz de Hu-lan se llenó de ansiedad-. Son muy antipáticos con las campesinas incultas como yo.

– ¿Cómo tú? ¡Y como yo también! -el hombre hizo señas a la camarera de que llevara té-. Siéntate -dijo-, yo puedo ayudarte.

La camarera les sirvió té y se alejó sin decir palabra. Los dedos de Hu-lan se deslizaron vacilantes por encima de la mesa hasta la taza.

– Bébete el té, eso te tranquilizará. Después hablaremos. -Hu-lan tomó un sorbo sin apartar los ojos del mantel sucio, consciente en todo momento de la mirada apreciativa del hombre clavada en ella-. ¿Todavía tienes los papeles que te di? -preguntó al fin.