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– A todo el mundo le pasa lo mismo al principio -dijo-. Pero en unos días os acostumbraréis.

Entraron en el taller principal y las mujeres se precipitaron a sus puestos de trabajo frente a diferentes máquinas. A las siete en punto las máquinas se pusieron en marcha. Al cabo de unos minutos el estrépito y repiqueteo producían un ruido ensordecedor.

Por suerte, a Hu-lan y Tang Siang las habían mandado a trabajar con Cacahuete que, aunque joven, tenía un carácter alegre y mucha paciencia. Les dijo que el trabajo era fácil y consistía en ensartar los mechones de pelo de plástico en los minúsculos agujeros de la cabeza de los muñecos. Hu-lan recordaba el trabajo del día anterior y pensó que había tenido suerte. Pero se equivocaba. El día anterior estaba sentada y aún no se había hecho daño en la mano. Ese día, estaba de pie delante de la cinta transportadora que, a medida que avanzaba la mañana, iba cada vez más rápido. Lo que le había parecido relativamente fácil el día anterior cuando las aprendizas iban de un puesto de trabajo a otro, pronto se convirtió en algo imposiblemente difícil. Conforme las máquinas rugían, subía la temperatura hasta tal punto que el único respiro era el aire caliente que despedían los ventiladores de las máquinas. Al cabo de tres horas, las manos le ardían de cansancio, la herida le latía, tenía los dedos arañados y la bata húmeda de sudor.

Las manos de Siang, en cambio, se movían hábil y diestramente. Tras las pausa de la mañana, Aarón Rodgers, que circulaba entre esa sala y la de montaje final, se detuvo para felicitar a Siang por su habilidad.

– Thank you very much -respondió Siang con marcado acento chino.

Aarón le sonrió, se inclinó y le dijo algo al oído. Con el ruido de las máquinas, Hu-lan no pudo oír lo que le decía, pero vio que Siang se ruborizaba, le devolvía la sonrisa y respondía:

– No, no soy una chica de la ciudad. Estudié aquí, en la escuela local. Mi padre dice que el inglés es muy importante.

Aarón Rodgers coincidió, le masajeó los hombros a Siang por un instante y volvió su atención hacia Hu-lan. No mostró el menor gesto de reconocimiento. La miró a la cara y, manteniendo las distancias, le dijo en mandarín en un tono que apenas se oía por encima del ruido de las máquinas:

– Le sangran los dedos. No podemos manchar las figuras.

– Lo siento -respondió ella en mandarín.

Aarón se palpó los bolsillos y sacó unas tiritas.

– Póngase esto y venga a verme durante la pausa. Le buscaré otro trabajo.

– Intentaré hacerlo mejor -le prometió Hu-lan.

– Ya veremos. Por ahora vuelva al…

Los chillidos de una mujer lo interrumpieron. De repente se hizo el silencio en medio del zumbido de las máquinas y todas las conversaciones entre las mujeres cesaron bruscamente. Las máquinas se apagaron y los gritos de la mujer resonaron aún más con la reverberación y el eco de la enorme nave. Aarón salió a la carrera, mientras las demás dejaban sus puestos y empezaban a apiñarse alrededor de la mujer herida. Hu-lan se acercó al grupo y se abrió paso a codazos hasta el frente.

Había un mujer sentada en el suelo, delante de la máquina que cortaba el poliéster a tiras. Con la mano derecha se cogía el codo izquierdo mientras trataba en vano de contener la hemorragia. Tenía un tajo muy profundo en el antebrazo y le faltaban dos dedos. Aarón se arrodilló junto a ella, se quitó la camisa y se la envolvió alrededor del brazo. La levantó sin vacilar. Las mujeres se separaron para abrirle paso. La mujer, mientras se dirigían a la puerta, empezó a forcejear mientras gritaba: “¡No! ¡No! ¡No!”. Los gritos eran más fuertes que antes y la chica parecía aún más aterrorizada. Las otras, instintivamente, dieron un paso atrás y algunas apartaron la mirada. Un minuto más tarde, Aarón salió del taller, la puerta se cerró detrás de él y los gritos de la mujer se desvanecieron.

– No volveremos a ver a Xiao Yan nunca más -murmuró alguien cerca de Hu-lan.

En ese momento se oyó por los altavoces la voz de la señora Leung.

– Por favor, volved a vuestros puestos.

Las chicas obedecieron. Las máquinas volvieron a funcionar y las chicas a sus tareas. Hu-lan se quedó en su sitio lo necesario para ver las pinzas aún ensangrentadas que cogían otro bloque de fibra de poliéster y lo metían en las siniestras fauces de la máquina.

10

Dos horas después de que Hu-lan ocupara su puesto en la cadena de montaje en su primer día completo de trabajo, el inspector Lo dejaba a David delante del edifico de administración. Sandy Newheart, como en la primera visita de Hu-lan, lo esperaba en la escalinata para recibirlo. Los dos hombres se estrecharon la mano y entraron en el edificio para dirigirse por un pasillo a la sala de reuniones donde los esperaban Henry y Douglas Knight. No había ningún otro abogado presente.

El apretón de manos de Henry Knight fue franco y firme. Era un hombre delgado de estatura media. El pelo canoso y rizado le llegaba al cuello de la camisa.

– Me alegro de tenerlo aquí -dijo-. Randall Craig y Miles Stout me dijeron que mandarían a alguien familiarizado con China y nuestra compañía, y de reflejos rápidos. Me han dicho que usted reúne todos esos requisitos. -Miró hacia su hijo-. Éste es Doug, mi muchacho.

Doug levantó la mano y saludó. Parecía de unos cuarenta y cinco años y era delgado como su padre. Pero mientras este último exudaba dinamismo y vigor, el hijo parecía aletargado y apático.

– ¿Alguien quiere café? -pregunto Sandy.

– No, gracias -dijo Henry-. No quiero que ninguna maldita chica venga a interrumpirnos. Más tarde haremos una pausa. ¿Le parece bien, Stark?

– Perfecto.

Los cuatro se sentaron en un extremo de la mesa y dejaron el resto de las sillas vacías.

– Vamos bastante apretados de tiempo y me gustaría que empezáramos por hacer un repaso rápido. -Henry abrió la carpeta que tenía delante, esperó a que los demás hicieran lo mismo y dijo con una sonrisa-: Siempre me ha gustado la oferta de Tartan. Compran la empresa directamente. Doug mantiene su puesto de director financiero durante cinco años yo me retiro tranquilamente y disfruto de la jubilación. Tartan pidió y accedimos a una cláusula de no competencia, de modo que si se me ocurre cualquier idea nueva se acogerán directamente a ella, como siempre han hecho. -Henry miró a los demás y continuó-: Pero no pienso dedicarme a crear nada nuevo. Quiero disfrutar… viajar un poco, visitar mis sitios favoritos. Doug, por otra parte, todavía es joven. Yo fundé esta empresa y la hice crecer y llegar adonde está hoy en día. Tenemos mucha tecnología nueva y quién sabe la que aún llegará. -Volvió su fría mirada gris sobre David-. Quiero que mi hijo esté presente en lo que suceda en el futuro.

– Por lo que veo, todo lo que ha pedido está aquí -lo tranquilizó David-. Pero no sería completamente sincero si no le dijera que cuando un conglomerado como Tartan compra una compañía como ésta, hace o que quiere. A veces la gente que queda atrás se siente desplazada o incómoda con los cambios. A veces funciona perfectamente. No hay garantías.

– ¿Eso es lo que Miles le dijo que me dijera? -preguntó Henry con una sonrisa.

– No, seguramente no le habría gustado que se lo dijera -respondió David.

– Un abogado honesto -dijo Henry-. Supongo que por eso le pagan una fortuna.

Todos se echaron a reír, como se esperaba. David también, y se dio cuenta de que Henry, a pesar de su mirada fría y de sus años en el mundo de los negocios, tenía veleidades de comediante.

– Muy bien -dijo David tratando de adoptar el tono serio de abogado-. Por lo que tengo entendido, Miles Stout y Keith Baxter ya han repasado todo esto veinte veces, por lo tanto sé que están satisfechos. Y supongo que ni ustedes ni sus abogados tienen objeciones sobre lo fundamental del acuerdo…