– Sí, lo he hecho revisar por abogados, pero la última palabra la tengo yo -dijo Henry-. Yo soy el que toma las decisiones.
– ¿Está seguro de que no quiere que estén presentes sus abogados? -preguntó David-. Sólo un tonto se enfrentaría a una transacción de este tipo sin representación legal.
– He llegado bastante lejos, sin necesidad de abogados. Ya lo he hecho examinar todo y les ha parecido bien. Así que para qué los voy a hacer venir en primera, pagarles un hotel y amiguitas para pasar la noche si yo conozco mi empresa mejor que ellos. Dígalo de otra manera si quiere, es mi dinero el que está en juego, y a mí me parece bien.
David miró a Sandy y a Doug para ver cómo reaccionaban ante semejante arrebato. Sandy golpeteaba los papeles con la pluma; Doug parecía ausente. Eran las mismas reacciones que David había tenido en ocasiones con su propio padre. No, Henry Knight no era el primer empresario un poco excéntrico. Si quería hacerlo de esa manera, él no pondría objeciones.
– Está previsto que el acuerdo final se firme en Pekín el 21 de julio, y que ese día se haga la transferencia de dinero y poderes -continuó David-. Sé que Miles y Keith ya se han ocupado de todo esto, pero como mi especialidad es el derecho procesal, me gusta volver a repasar los posibles puntos conflictivos. N o me refiero a las cláusulas en que una parte está tratando de colarle algo a la otra. Por lo que he leído y por o que me ha dicho Miles, todo eso ya se ha revisado satisfactoriamente por las dos partes. Me refiero a los lugares en que Tartan podría quedar expuesto a futuros pleitos.
– ¿Me está preguntando si tengo algo que ocultar? -inquirió Henry amistosamente.
– Puede decirlo así, si lo prefiere -respondió David también con buen tono.
– Pues no. Keith se aseguró muy bien de ello.
– Está bien, porque éste es un buen negocio. Setecientos millones de dólares es mucho dinero. Estoy seguro que no tiene ningún interés en que dentro de tres años se destape alguna cosa que perjudique a Tartan, porque le aseguro que iremos por usted con toda nuestra fuerza.
Henry se echó hacia atrás y lanzó una carcajada.
– Miles me dijo que era usted una persona muy ácida. Y me gusta.
– Entonces -continuó David-, espero que pueda contestar algunas preguntas, aunque sean sólo para mi información.
– Dispare.
– ¿Tiene alguna demanda pendiente o alguna amenaza de demanda en alguna parte?
Henry miró a su hijo y respondió:
– Ninguna. Siempre he dirigido un negocio limpio. Hemos pagado las deudas y no hemos tenido problemas con los sindicatos.
– ¿Algún problema de responsabilidad civil con los productos?
– Ninguno.
– Usted fabrica juguetes -insistió David-. Creo haber leído de casos en que un niño se traga un trozo del juguete o le muerde una muñeca o alguna de esas cosas absurdas.
– Nunca ha sucedido con mis productos -respondió el anciano.
– está seguro de que…
– Ya se lo he dicho, dos veces.
David se reclinó en la silla y evaluó la reunión. En la fiscalía hacía preguntas y la gente, en general, debía responderlas. Ahora estaba otra vez en el sector privado, donde tenía clientes. Estaba allí porque lo había contratado Tartan por sus conocimientos y su asesoramiento. Pero como todo el mundo no paraba de recordarle, los trámites ya estaban hechos, y el trato también. Su papel en esos últimos días se reducía al director de crucero: mantener feliz a todo el mundo, hacer que el acuerdo siguiera su curso y evitar posibles meteduras de pata diplomáticas. El problema era que David no conocía a los Knight y éstos no lo conocían a él. Trabajaban todos contrarreloj, pero aun así tenían que establecer una mínima confianza mutua.
– ¿Hace cuánto que es empresario? -le preguntó David cambiando de estrategia, buscando conocer al hombre más allá de la empresa.
Henry pensó durante un rato sin apartar la mirada de David y asintió como si dijera que comprendía lo que el joven abogado trataba de hacer.
– Mis abuelos emigraron de Polonia en 1910, cuando mi padre tenía diez años -empezó-. Mi padre se suponía que asistía a la escuela, pero en cambio se iba a trabajar de lustrabotas. A los quince años vendía chucherías por la calle y a los veinte ya tenía su propio negocio de artículos escolares. Irónico, ¿no? Un hombre que no había terminado la escuela pero que se ganaba la vida vendiendo lápices, pizarras, libretas, tiza… -Henry miró a David-, Knight International. Vaya nombre grandioso para una firma de una persona, pero a mi padre le gustaba. Evidentemente, por aquel entonces nuestro apellido no era Knight. Cualquiera pensaría que se puso el nombre porque era más estadounidense, pero en realidad le encantaba la idea de los caballeros (Knight, caballero en inglés), el boato, las justas a caballo, la galantería.
– ¿Fabricaba juegos de ajedrez?
Henry meneó la cabeza.
– No; sólo artículos escolares. No empezamos con los juegos de ajedrez hasta mucho más tarde. Fuimos los primeros en hacer las piezas de plástico, pero eso es adelantarnos mucho. Mi padre se casó con la hija de uno de sus clientes. Y yo llegué muy rápido. Tenía cinco años cuando comenzó la Depresión. Las escuelas, por suerte, siguieron abiertas, pero la gente no podía permitirse ni un extra. Eran tiempos difíciles, sí señor. Pero mi padre también dejaba que la gente se aprovechara de él. Porque decía que si alguien estaba tan desesperado era porque seguramente necesitaba aquello más que él. Un buen día, un abogado le buscó las pulgas y mi padre acabó casi arruinado.
– Es por eso que no le gustan los abogados.
– Me gusta tomar mis propias decisiones. Mi padre estuvo a punto de perder Knight, la empresa por la que había luchado toda su vida. Yo era sólo un niño, pero nunca lo olvidaré.
– Cosas así lo vuelven a uno muy duro -comentó David-. Mi padre y mi madre también eran niños durante la Depresión. Los dos se criaron en familias muy luchadoras. Miro ahora a mis padres y pienso que ese período, esos años de formación, fueron los que los definieron para toda la vida. -David arrugó la frente y añadió-: Eso y la guerra.
Henry asintió.
– ¿Dónde estuvo su padre en la guerra?
– En el ejército destinado en Londres.
– No era un mal destino, si uno podía conseguirlo.
– En muchos aspectos fue lo más divertido que le pasó en su vida -respondió David.
– ¿Y en otros?
– La guerra es un infierno. Es lo que siempre dice.
– Es lógico, tiene razón en los dos sentidos.
David se encogió de hombros. Raramente hablaba de su familia con desconocidos, pero con Henry era fácil.
– Yo estuve destinado en China -dijo Henry-, primero en Kunming, después… bueno, pro ahí, especialmente los meses siguientes a la rendición japonesa.
– ¿Y qué hacía?
Henry no contestó la pregunta.
– Yo también, como su padre -dijo en cambio-, me lo pasé en grande. No puede ni imaginarse cómo era Shanghai, por entonces. Todas las noches salíamos a bailar, beber y ligar. Era vertiginoso, exótico. Es una palabra que hoy en día tiene muy mala prensa. Pero en aquellos tiempos Shanghai era exótico.
– ¿Y usted qué hacía? -repitió David.
Peor antes de que Henry respondiera, su hijo le preguntó:
– Papá, ¿no tenemos que ponernos a trabajar?
Era la primera vez que Doug abría la boca y los pilló a todos por sorpresa. Henry echó un vistazo a su reloj.
– Dame unos minutos, después haremos una pausa breve para tomarnos ese café que Sandy está preparando en alguna parte, volvemos y nos ponemos a trabajar. ¿De acuerdo?
Doug apartó la mirada. David se preguntó si Henry siempre rechazaba las sugerencias de su hijo con tanta indiferencia.
Pero ya había perdido el hilo, por lo que terminó deprisa.