Cacahuete miró la escena de lo más interesada y Hu-lan supo que la conversación que acababa de mantener estaría en boca de todas esa misma noche.
– ¿Y qué pasa con Tsai Bing? -preguntó Hu-lan.
– Hago todo esto por él. -Siang apartó la bandeja y se puso de pie-. Queremos estar juntos, pero ¿cómo vamos a hacerlo sin dinero?
Hu-lan y Cacahuete miraron a Siang alejarse entre las mesas.
– Amor de verdad, ¿no? -preguntó Cacahuete. Hu-lan asintió-. ¿Y además el padre se opone?
Cuando Cacahuete vio que Hu-lan volvía a asentir, suspiró ante lo desesperado de la situación.
Durante la calurosa tarde, mientras Hu-lan seguía enhebrando pelo a los muñecos Sam, Cacahuete las acribillaba a preguntas. ¿De qué pueblo eran? ¿Cómo las habían contratado? ¿Para qué ahorraban dinero? Por suerte, Hu-lan no tenía que preocuparse mucho de sus respuestas debido a las repetidas interrupciones de Siang. Al final, la adolescente terminó sólo por hacer las preguntas a esta última, que respondía con insolente desenvoltura, como si le echara en cara la superioridad de su familia.
– Hace cien años mi familia era importante en esta región -dijo-. Eran terratenientes, lo peor de lo peor, pero tampoco tenían tanto. No eran mandarines ni gente muy culta, pero llevaban muchos siglos en la región. Tenían esclavos. Compraban chicas para trabajar en la casa y con el tiempo se convertían en las concubinas de mis tíos tatarabuelos. -Todo esto lo contaba con un arrepentimiento mecánico, porque Siang no escondía el orgullo por el pasado de su familia. Sin embargo, por las dudas ocultó su altanería y añadió-: Un tío abuelo, uno de los hermanos menores por supuesto, se alistó en el Ejército Popular. Fue una suerte, porque si no habrían matado a toda la familia durante la Liberación o la Reforma agraria.
– ¿Y qué pasó durante la Revolución Cultural? -preguntó Cacahuete. Ahí seguro que tu familia habrá tenido que pagar.
– Yo todavía no había nacido, así que sólo lo sé de oídas. En aquella época había una comuna no muy lejos de aquí donde mandaban a cientos de chicos de la ciudad a aprender cómo trabajaba el pueblo. ¿Te imaginas?
– En mi pueblo -dijo Cacahuete- también había un campamento de trabajo para la gente de las clases altas.
– A lo mejor fue allí donde mandaron a mi padre. ¿Quién sabe? -dijo Siang- Pero siempre he pensado que fue algo bastante raro, porque ni siquiera ahora es tan fácil vivir aquí. Durante todo el tiempo que mi padre estuvo ausente de Da Shui, los campesinos hicieron reuniones para criticar a nuestra familia. Con el tiempo, también mandaron fuera a mis tías. Nunca regresaron. Después, los jefes de equipo de las comunas le asignaron a mis abuelos los peores trabajos: llenar cubos de mierda de la letrina pública y llevarlos a los campos. Mis abuelos, que ya estaban débiles, murieron muy rápido. Cuando mi padre regresó, ya no tenía familia, y su casa, sus herramientas y sus tierras habían sido confiscadas e incorporadas a la comuna.
– Así era la vida en todas partes -observó Cacahuete-. Tu familia no es tan distinta.
– A lo mejor, con un poco menos de charla, las chicas nuevas trabajaban un poco más -interrumpió una voz.
Hu-lan vio a la señora Leung.
– Disculpe, secretaria del Partido.
– Cacahuete, te he dado estas dos porque eres rápida. Pero mira -señalo a Hu-lan- el trabajo de ésta. -En ese momento desvió la atención del trabajo a la persona y reconoció a Hu-lan-. Tú eres la de anoche.
Hu-lan bajó la cabeza. Era una admisión de su culpa y un acto de arrepentimiento.
– Este trabajo nunca pasará la inspección -dijo la señora Leung y le cogió a Hu-lan las manos-. ¡Mira esto! ¡Estás sangrando a través de los vendajes! No debes manchar los productos con sangre. Toma -dijo mientras sacaba del bolsillo unos guantes-. Con esto no deberías tener problemas, pero si no mejoras, tendremos que trasladarte a una tarea menos exigente. -La señora Leung echó un vistazo a la planta en busca de nuevas víctimas. Una vez localizadas, añadió-: Vuelve al trabajo, y tú, Cacahuete, eres responsable de ésta.
– Tienes que esmerarte más, Hu-lan -le dijo Cacahuete cuando la secretaria se alejó-. Éste es uno de los trabajos más bajos. Yo todavía estoy aquí, pero ya soy jefa de equipo de la planta de montaje. Si no lo haces bien, te darán un trabajo aún peor, como levar agua a los lavabos o limpiar el suelo. Te bajarán aún más el sueldo y trabajarás más horas. Sé que no has venido aquí para eso, así que mira bien cómo lo hago…
Cacahuete se pasó la siguiente hora ayudando a Hu-lan. El trabajo no era tan difícil, pero la mano izquierda de Hu-lan estaba vendada y por lo tanto era muy torpe. Cacahuete le enseñó a coger la cabeza del muñeco y al cabo de un rato empezaron a dolerle unos músculos de la mano que ni siquiera sabía que tenía, pero por lo menos ya no estaba preocupada de pincharse la herida con la herramienta. A medida que pasaba el tiempo, empezó a notar la creciente impaciencia de Siang, que chocaba con Cacahuete y carraspeaba con ingenuidad para atraer la atención de la jefa del equipo.
– Tus manos son torpes -le dijo al fin Cacahuete a Hu-lan- y no tienes mucha fuerza en los brazos, pero lo estás haciendo mejor. Prueba sola durante un rato y la próxima vez que venga la señora Leung ya estarás preparada.
En cuanto Cacahuete volvió a su herramienta, Siang empezó a hablar como si no hubiera pasado nada.
– cuando llegó el sistema de responsabilidad, en 1984, todo cambió para nosotros -dijo.
– Las cosas cambiaron para todos. -Por primera vez la voz de Cacahuete tenía un ligero tono de irritación. Se inclinó y le preguntó a Hu-lan-: ¿Y tú qué? No nos has dicho de dónde eres.
– ¡Has estado hablando con ella una hora! -soltó Siang-. ¿Vas a escucharme a mí o hablar con ella?
Cacahuete suspiró, cogió otra cabeza de Sam y empezó a ensartar con pericia los mechones.
– Los líderes de brigada se reunieron para redistribuir la tierra, las semillas, los animales y las herramientas -continuó Siang-. Tuvieron en cuenta el trabajo pasado, los lazos familiares con la tierra, las condiciones del ganado y el suelo. Aunque mi madre y mi padre se habían quitado esa mancha negra mediante la autocrítica, muchos campesinos aún les guardaban rencor. Así que aunque a mucha gente se les devolvieron sus tierras ancestrales, no fue ése el caso de mi padre. Los dirigentes le dieron un terreno pobre en el otro extremo del pueblo. Trabajaba muy duramente, pero un año le fue tan bien que pudo comprar más semillas.
“Fue a ver a unos vecinos, un matrimonio de ancianos y les dijo que si les dejaban plantar en su terreno, cuidaría de ellos el siguiente invierno. Al año siguiente el matrimonio murió y mi padre recibió sus tierras. Desde entonces, cada año tiene un poco más. Todos los días mi padre agradece a Deng Xiao-ping por habernos dado el deseo de hacernos ricos.
– ¿Es millonario? -inquirió Cacahuete.
– ¿Mi padre? ¡No! Es campesino, como todos en esta región. Por eso es tan atrasado.
Las tres siguieron trabajando muy juntas, los hombros casi se tocaban. Cacahuete se inclinó para cambiar los dedos de Hu-lan de posición sobre la herramienta.
– No te olvides de cogerla así -le dijo-, se va más rápido.
Después volvieron a quedarse en silencio mientras las máquinas rugían y las mujeres conversaban.
– Después de todo lo que le pasó a mi familia, ¿qué otra cosa puede hacer mi padre como no sea obedecer cualquier nueva ley? -dijo Siang-. El gobierno decía un hijo, y mis padres tuvieron un hijo, aunque mi padre nunca me perdonó ser niña.
– Mira alrededor -dijo Cacahuete-. ¿Crees que a alguna de nosotras nos han perdonado ser niñas? A veces creo que por eso estamos aquí.