– Hace tres semanas Miao-shan, supuestamente, se suicidó. Hoy también se ha matado Xiao Yan. ¿No te parece extraño?
– Mira, es terrible lo que le pasó a Miao-shan, y también es muy triste lo de esa pobre chica de hoy, pero estás viendo asesinatos donde no hay más que suicidios. Son cosas trágicas, pero es así.
Otro día y quizá en otras circunstancias, Hu-lan lo habría escuchado de otra manera, pero en ese momento sólo veía su condescendencia.
Se puso de pie y se colgó el bolso del hombro.
– ¿Adónde vas? -le preguntó.
– Todavía no lo sé.
– Supongo que no vas a volver a la fábrica.
Los ojos de Hu-lan brillaron.
– ¿Me estás diciendo lo que puedo y no puedo hacer?
– Dijiste un día, y has estado allí dentro dos.
Ella lo miró enfadada y decepcionada.
– Eres abogado. Se supone que examinas las cosas con lógica. ¿Dónde tienes el cerebro, David?
– ¿Dices eso sólo porque no estoy de acuerdo contigo?
Hu-lan se encogió de hombros con indiferencia.
Él no supo de dónde le salieron las palabras que pronunció a continuación, pero se arrepintió nada más pronunciarlas.
– Te prohibo que vayas.
Ella le clavó una mirada fría.
– Tú no eres mi padre -dijo, y salió del restaurante.
12
Hu-lan, sin pensar, cogió un taxi y le dijo que la llevara a la parada del autobús a Da Shui. El taxista le dijo que el último autobús del día ya se había marchado, entonces ella le preguntó si él podía hacer el viaje.
– Usted es pequinesa -dijo el hombre mirando el retrovisor-. ¿Para qué quiere ir allí?
– Sé que cuando me mira sólo ve mi cara y mi ropa -respondió ella-, así que también sé que se da cuenta de que tengo dinero.
Esa respuesta le bastó. El conductor giró en redondo, pisó el acelerador y salió de la ciudad. Muy pronto dejaron atrás las luces de Taiyuan y sólo los faros del coche iluminaron la carretera desierta. Hu-lan contemplo la oscuridad y repasó una y otra vez la pelea con David. ¿Cómo se atrevía a decirle qué hacer? ¿Cómo podía ver a Cacahuete, May-li y Jin-gren como campesinas ignorantes y anónimas? ¿Cómo podía estar con alguien como él? Se sintió tan atrapada como el día en que David y Zai hablaban de las actividades de ella como si ella misma no estuviese presente.
En el cruce, Hu-lan le indicó que girara a la izquierda y poco después le dijo que parara. Le pagó la carrera y le dio una buena propina, pero el hombre la rechazó.
– Lo he visto en las películas americanas de la televisión y dicen que ahora en Pekín también dan propinas, pero no puedo aceptarla.
– Por favor, cójala -le dijo-. Antes le contesté mal porque estaba cansada. Espero que me perdone.
– ¡Ajá! Pensaba que me estaba mostrando los modales de la ciudad. Parece que los dos nos equivocamos. -El hombre escudriñó la negrura de los campos-. ¿Está segura de que quiere quedarse aquí?
Hu-lan asintió. El taxista se despidió y arrancó.
A lo lejos se veían las luces de Taiyuan. En la dirección opuesta, la electricidad que llegaba al pueblo de Da Shui era una prueba más modesta del alcance de la civilización. Pero fuera de esas dos suaves luminiscencias, la noche era negra como el carbón. Hu-lan caminó un trecho corto por la carretera y se internó por un sendero elevado. Al cabo de un rato llegó al pequeño terreno de Ling Su-chee.
Entró en el pequeño patio y se sorprendió de ver a Su-chee sentada en una silla baja de bambú charlando con un hombre. Parecía muy a gusto sentado sobre la tapa de metal del pozo. Su-chee lo presentó como un vecino, Tang Dan y a Hu-lan como a una vieja amiga.
– He conocido a su hija -dijo Hu-lan tratando de ocultar su malestar con los cumplidos de rigor.
Tang Dan dio la respuesta tradicional.
– Es desobediente y fea.
Miró a Hu-lan y ésta le sostuvo la mirada. Tenía cejas pobladas, ojos oscuros y una larga barba blanca desde el mentón. La tripa le abultaba la camisa y los pies calzados con sandalias se veían callosos y ásperos. El único parecido entre Tang Dan y su hija era la fuerza de la quijada.
– Siang está en la fábrica Knight -dijo Hu-lan-. Se encuentra bien.
– No estaba preocupado -respondió Tang Dan-. Este fin de semana, cuando vuelva a casa, la haré entrar en razones. El lunes ya no habrá ningún obstáculo y volverá a obedecer.
El proverbio “si eres una hija obedece a tu padre” cruzó por la mente de Hu-lan. Y se acordó de los modales obstinados de Siang, de su tozudez, de su convicción de tener derecho a todo, y se preguntó cuál de los dos, padre o hija, ganaría la batalla de voluntades.
Tang Dan se puso de pie. Era un hombre alto.
– Buenas noches, Ling Su-chee, Liu Hu-lan.
– Hasta mañana -respondió Su-chee.
En cuanto Tang Dan salió del patio, Su-chee le hizo señas a Hu-lan de que entrara.
Unos minutos más tarde, Hu-lan sentada a la pequeña mesa del único cuarto de Su-chee, tomaba un té. La buena educación le impedía preguntar a Hu-lan a qué se debía su visita a esa hora de la noche, así que volvió a su tarea de hacer zapatos.
Cogió en silencio el engrudo y empezó a aplicarlo sobre trozos de papel de periódico cortados, esmerándose en juntar las capas muy apretadas para que no quedaran burbujas ni partes desparejas. Hu-lan, en silencio también, observó a su amiga y recordó las épocas de la granja tierra roja y las noches que ella también había pasado haciendo suelas de cartón piedra, que después teñía en una cuba con pigmentos rojos y a las que cosía trozos de tela que completaban el zapato.
– Ya te he hablado de David -dijo Hu-lan. Su-chee asintió y siguió trabajando-. Hace muchos años, en América, lo dejé sin darle ninguna explicación. Fue cruel e imperdonable. Todos estos años, desde entonces, me he sentido muy sola. Después, cuando David volvió a mi vida, pensé que podríamos ser felices juntos, pero ahora creo que no.
– ¿Por qué?
– Porque desde que ha llegado ya no sé quién soy. Yo hago una cosa, él hace otra. Me ha dicho cosas terribles.
– ¿Qué cosas?
– Que las mujeres de la fábrica eran unas ignorantes, que nuestro país es corrupto, que la gente que dirige la fábrica es honrada…
– Ah, se trata de un desacuerdo político.
– Eso por un lado, y por el otro piensa que puede tratarme como a una mujer, como a una Tai-tai.
– ¿No quieres ser su esposa?
– esa palabra, como tantas otras de nuestro idioma, para mí es una cárcel.
– No comprendo.
– Mama, baba. Palabras distintas para hermano mayor y hermano menor: gege y didi. Palabras distintas para hermana mayor y hermana menor: jiejie y meime. Tete, nainai, bofu, shushu -pronunció las palabras de abuelo paterno y abuelo materno, tío paterno mayor y tío paterno menor-. Todas estas palabras son diferentes a sus equivalentes maternos, que tienen una connotación despectiva porque la rama materna es menos importante.
Su-chee cogió otro recorte cubierto de engrudo y lo pegó a la suela que iba formando.
– No dices nada que no sepa.
– Toda mi vida supe en qué parte del árbol genealógico estaba. Incluso cuando vivía en Estados Unidos sentía esa presión. No, presión no, se peso, la sensación de que nunca podría ser del todo yo misma.
– Pero nuestras palabras son cómodas -dijo Su-chee mientras levantaba la vista de su trabajo-, nos dicen quiénes somos. Gracias a ellas somos chinos.
– No; nos mantienen encerrados en el pasado -replicó Hu-lan-. Si eres una hija obedece a tu padre, si eres una esposa obedece a tu marido, si eres una viuda obedece a tu hijo -completó Hu-lan el proverbio que había recordado cuando hablaba con Tang dan.