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En ese momento Su-chee dejo su labor. Hu-lan, una vez más, se sorprendió de lo que había envejecido su amiga en ese medio tan hostil. Pero estaba haciendo exactamente lo mismo de lo que había acusado a David y al taxista: juzgar a Su-chee por su cara. Detrás de las arrugas y la triste mirada, Su-chee era lo que siempre había dio: amable, buena, astuta.

– Lo lamento, Hu-lan, pero no has cambiado desde que eras una niña. Siempre huyendo, incluso la primera vez que viniste al campo, hace tantos años.

– No vine huyendo, me mandaron a la granja Tierra Roja.

– Sí, pero incluso entonces ya huías de tu verdad.

– No comprendo.

Su-chee entrecerró los ojos para examinar a su amiga de la infancia.

– ¿Quieres que te lo diga? -le preguntó Hu-lan, de pronto, no lo sabía, pero Su-chee continuó-: Esto es lo que recuerdo de ti. A diferencia de las otras niñas a las que enviaron aquí, tú estabas contenta de estar lejos de tu familia. Es verdad que decías que te sentías sola, pero nadie te vio nunca llorar, ni escribir una carta. Cuando había reuniones de crítica, hablabas muy alto y decías las peores cosas. Nadie te quería en su equipo, porque en cualquier momento podías ponerte en contra de alguno o de todo el grupo.

– Lo sé -dijo Hu-lan- y lamento todo lo que hice.

– ¿Estás segura? Porque lo que yo recuerdo es que tus palabras te mantenían alejada de los demás, a salvo en tu soledad.

– ¿Crees que recitaba esos lemas y denunciaba las infracciones de los compañeros porque no quería tener amigos? Te equivocas.

– ¿A sí? -como Hu-lan no contestaba, Su-chee continuó-: si no puedes alejarte físicamente de la gente, entonces pon distancia tratando de ser políticamente superior.

– Nunca te traté así.

Su-chee levantó las cejas. Un silencio incómodo se apoderó de la habitación.

– Tener relaciones sexuales iba contra las reglas -dijo Hu-lan al final-. Era la peor de las infracciones.

– Pero yo era tu amiga -replicó Su-chee-. No tenías por qué denunciarnos…

– Pero todo salió bien. Ling Shao-yi pudo quedarse aquí contigo. Tuvisteis una vida en común.

Su-chee sacudió al cabeza.

– ¿Puedes creer que no pasa un día sin que piense que ojalá no nos hubieras visto, que ojalá no me hubiera casado ni tenido una hija? Shao-yi tenía dieciséis y yo doce años cuando llegó tu tren. ¿Recuerdas cómo lo quería en secreto? Era el amor de una chica de campo por un chico de ciudad. Al cabo de dos años, al final se fijó en mí, pero no teníamos intención de pasar la vida juntos. Los dos éramos conscientes de nuestras diferencias. Él, como tú, era de buena familia. Siempre había pensado que iría a la universidad y sería ingeniero. Pero tú nos delataste y después huiste.

– No huí. Un amigo de la familia vino a buscarme. ¿Crees que me gustó lo que pasó después? Me obligaron a decir cosas más terribles y después me mandaron al exilio en Estados Unidos…

– Después de que te fuiste siguieron castigando a Shao-yi -insistió Su-chee-. Hubo más reuniones de crítica. Lo llamaron contrarrevolucionario, revisionista. Le hicieron escribir una autocrítica. Los dirigentes de la brigada recomendaron que nos casáramos. ¿Pero sabes cómo fue la ceremonia? Los dos llevábamos orejas de burro y desfilamos por todo el complejo. No hubo banquete de bodas, sino que la gente nos tiró fruta podrida. No tuvimos noche de bodas. A mí me mandaron con mi familia y a Shao-yi al establo de las vacas. Me enteré de que lo dejaron allí durante tres meses y no lo sacaron hasta que contrajo una pulmonía. Pensé que nunca más lo vería, pero me equivocaba. Cuando los demás volvieron a sus casas, a Shao-yi lo dejaron. Cuando llegó a la casa de mis padres, no lo reconocí. Había adelgazado mucho y parecía un cadáver. Tenía veinte años pero parecía de sesenta.

– Todo el mundo sufrió en aquellos tiempos -dijo Hu-lan repitiendo lo que había dicho Cacahuete ese mismo día-. ¿Hay alguien en este país que no se haya visto afectado?

– Tienes razón, pero mucha gente pudo recuperar su vieja vida. Shao-yi no, y yo tampoco. Yo, como la mayoría de las chicas, estaba prometida casi desde mi nacimiento. Ya sé que es una idea feudal, pero en aquellos tiempo las costumbres no habían cambiado tanto en el campo. Por supuesto que cuando la familia se enteró de ese simulacro de boda, rompió el compromiso. Mis padres trataron de encontrar otro pretendiente, ¿pero quién se iba a llevar a su familia una estatuilla de jade rota? Cuando Shao-yi se presentó a nuestra puerta, mi padre decidió aceptarlo.

Hu-lan comprendió las devastadoras implicaciones de lo que Su-chee le contaba. En China, nunca se consideraba a la hija miembro de su familia de origen. La criaban como a una extraña, alguien que consumía el valioso arroz hasta que entraba a formar parte de la familia del marido. Para la boda, la familia de la novia tenía que aportar la dote, mientras que la del novio tenía que pagar el precio de la novia. Una familia pobre como la de Su-chee, seguramente había previsto algunos pasteles, unos trozos de cerdo y quizá uno o dos jin de arroz. Pero Su-chee, como pieza rota de jade, o sea, como una chica que había perdido su virginidad, no valía nada. Ninguna familia pagaría por ella, y sus padres no podían permitirse una dote mayor. Shao-yi, en embargo, tampoco valía nada. Ya no tenía acceso a su familia. Tampoco tenía vínculos con nadie en Da Shui ni en ninguna aldea vecina. Al entrar en la casa de su esposa, Shao-yi perdió su identidad. Entregó su nombre y a cambio adoptó Ling como nuevo apellido.

– Al principio fui feliz -continuó Su-chee-. Después empecé a ver cómo sufría él. Vosotros, la gente de la ciudad, no comprendéis el trabajo duro. ¿Crees que alguien preparado para ser ingeniero es capaz de cortar un árbol con un hacha para hacer leña, de arar los campos como un buey o trabajar la tierra con un azadón todo el día, días tras día, año tras año? Hasta a mi padre le daba lástima Shao-yi. A veces le decía: “Ve a ayudar a Su-chee y a su madre”. Y Shao-yi tenía que obedecer porque ya no era un hombre de verdad. ¿Y qué podíamos darle para hacer? No sabía cocinar. No sabía remendar ropa ni -señaló su trabajo- hacer zapatos. Mi madre le enseñó a desgranar, y se pasaba el día sentado fuera, separando el grano o limpiando el arroz. Los vecinos lo veían hacer trabajos de mujer y se burlaban de él.

“Shao-yi escribía todos los años a su familia en Pekín con la esperanza de que le consiguieran el traslado a una unidad de trabajo en la capital y un permiso de residencia. Pero cuando el gobierno se enteraba de que tenía mujer e hija en el campo, ignoraban todas las solicitudes y hasta los sobornos. Para el gobierno se había convertido en un campesino cualquiera, como yo. Cada año, estaba más delgado y taciturno. Empezó a tener úlcera y artritis. Cada invierno me preguntaba si sus pulmones, que habían quedado tan mal desde el encierro, resistirían. Le hacía té con jengibre y cebollas. Le preparaba vahos de vinagre para aliviar la congestión. Pero todas las noches tosía. Cuando empezó a escupir sangre supe que no le quedaba mucho tiempo. El doctor le prescribió un tónico, pero al final murió. Había masticado amargura durante demasiados años.

– Lo siento.

– Eso no es lo que quiero oír -dijo Su-chee.

– ¿Qué quieres que haga? Estoy tratando de…

– Me alegro de que hayas venido por lo de Miao-shan. Y así, es verdad, eso me ayudará. Pero esta noche estoy pensando en otra cosa. A pesar de todo lo que pasó, sé que éramos buenas amigas. Al mirar atrás, recuerdo a otras. La señora Tsai, de la granja de al lado, siempre ha sido muy franca conmigo. La mujer de Tang Dan también era buena, y divertida, cuando trabajábamos juntas en los campos. Ahora ya hace muchos años que ha muerto, pero siempre me acordaré de ella. Pero tú eras mi mejor amiga.

– Para mí también es así -admitió Hu-lan-. Desde entonces no he vuelto a tener amigas.

– ¿Por qué nos denunciaste entonces? -imploró Su-chee-. Habría sido tan fácil mirar a otro lado.