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– El artículo 3 de la Reglamentación Provisional de Letrados establece que “los abogados, en el ejercicio de su profesión, deben basarse en los hechos y tener la ley como criterio” -recitó-. Lo que significa que nunca deben establecer la diferencia entre el bien y el mal. Deberían dejar en evidencia los hechos contradictorios y aclarar los errores. Un abogado también tiene derecho a negarse a representar a un cliente si considera que el defendido no le ha dicho toda la verdad.

– ¿Te dejas algo?

– En calidad de abogado que ejerce en China, debes salvaguardar la soberanía del Estado…

– No hay problema.

– Y los intereses económicos del Estado -continuó Hu-lan-. Al mismo tiempo, se deben proteger los derechos e intereses de los empresarios extranjeros.

– Sólo dime una cosa: en este caso, ¿debo mantener la confidencialidad o no?

– Me temo que sí. El código establece que se debe mantener la confidencialidad de las cuestiones privadas. Está a la misma altura que los secretos de Estado.

– Me parece que hay muchas contradicciones en esas reglas.

– Estamos en China.

– ¿Qué puedo y qué no puedo hacer?

– No he estudiado ni ejercido derecho aquí -dijo Hu-lan- no conozco todas las sutilezas ni cómo moverme entre ellas.

– Pero cuenta con algo a su favor -interrumpió Lo, aunque no acababa de entender del todo el dilema de David-. Los abogados tienen derecho a hacer investigaciones y visitas en relación con los casos de los cuales se ocupan.

– Si es así -dijo David-, quiero volver al hotel.

Unos minutos después, Su-chee acompañó a los tres hasta el coche. Con solemnidad le tendió los papeles a Hu-lan, que los rechazó.

– Por ahora guárdalos aquí -dijo-. Tu hija sabía cómo ocultarlos. -y añadió-: Te prometo que encontraré al que la ha matado.

En cuanto el coche desapareció por el camino de tierra, Su-chee se encaminó hacia el cobertizo para volver a esconder los papeles que quizá le habían costado la vida a su hija.

13

Una hora más tarde, después de trazar los planes para el día siguiente, el inspector Lo los dejó en al entrada del Shanxi Grand Hotel y se fue a aparecer el vehículo. Mientras ellos cruzaban el vestíbulo camino del ascensor, una voz de mujer lo llamó.

– ¡David Stark!

David miró alrededor y vio a una mujer que se acercaba a él.

Era china, pero iba vestida diferente a la mayoría de las mujeres. Llevaba pantalones caqui, una blusa de seda, el pelo recogido en una coleta y pendientes grandes de oro.

– Señor Stark, soy Pearl Jenner. ¿Lo invito a tomar una copa?

A David el nombre le sonaba, pero no conseguía recordar de dónde.

– Lo siento, ya nos retirábamos -dijo. Lo único que quería era subir a su habitación y echar un vistazo a los papeles de Sun-. Ha sido un día muy largo.

Pearl Jenner estudió a Hu-lan y se volvió de nuevo hacia David.

– Vengo de lejos y no es muy fácil llegar hasta aquí.

– Sí, pero…

– Pensaba que querría hablar conmigo. Soy del Times. He estado cubriendo la compra de Tartan.

En ese momento David recordó quién era esa mujer: la autora del artículo que había leído el día del funeral de Keith, y en el que se mencionaba que la investigación federal por las acusaciones de soborno se archivarían gracias a su muerte. Se había equivocado con los hechos y sin duda le había causado un dolor innecesario a la familia Baxter.

– De momento no quiero conceder ninguna entrevista -dijo al tiempo que cogía a Hu-lan por el codo y seguía su camino.

– Tengo información sobre Ling Miao-shan -dijo Pearl.

David y Hu-lan se detuvieron y giraron en redondo.

Una sonrisa triunfal se dibujó en los labios de Pearl.

– ¿Por qué no vamos al bar? Hay alguien que creo les interesará conocer. -Giró sobre los tacones, segura de que David y su acompañante la seguirían.

El bar estaba en el subsuelo, al lado de las tiendas de regalos. Pearl se sentó junto a un hombre joven que tomaba un refresco de naranja.

– Me gustaría presentarle a Guy Lin. Guy, David Stark y… la señorita Liu, ¿no?

Hu-lan no la saludó, pero en cambio estrechó la mano del joven y se sentó. Guy no tenía más de veintidós años. A Hu-lan le pareció un chino del extranjero, y a David un joven de China continental. En cierto modo los dos tenían razón.

– Guy es de Taiyuan, pero igual que usted, señorita Liu, se educó en Estados Unidos. En realidad, fue a la misma universidad.

– ¿Estudiaste en la Universidad de California del Sur? -preguntó Hu-lan.

El joven asintió.

David tenía la mirada clavada en Pearl mientras pensaba que a pesar de que no le habían presentado a Hu-lan, no sólo sabía quién era sino dónde había estudiado.

– Sí, fue con una beca a estudiar química -continuó Pearl-. Pero las cosas no salieron según lo planeado. O sea, llegó a Estados Unidos, se inscribió en un curso de sociología, para tener una de las asignaturas no científicas exigidas, empezó a interesarse en el tema y para ganar un dinerito extra, ¿adivinen dónde acabó? En la ASST, la Administración para la Salud y la Seguridad en el Trabajo.

– No veo que tiene que ver todo esto con nosotros -se impacientó David.

– Déjeme acabar. -Pearl Jenner era guapa pero su sonrisa no era amable en absoluto-. Al principio Guy trabajaba como voluntario en la oficina: ayudaba a la gente con sus reclamaciones, respondía preguntas, rellenaba papeles. El trabajo empezaba a gustarle y él también le caía bien a la gente. Al cabo de un tiempo se olvidó de la química y lo único que quería era salir a ayudar a los nuevos amigos de su trabajo. Lo que más le interesaba era ir a las fábricas y ayudar a la gente maltratada.

“Pero había un problema: estaba en Estados Unidos con visado de estudiante. Un día lo pararon por una multa de tráfico. Nada grave, ¿no? Pero su nombre entró en el ordenador, y resulta que estaba ilegal. Sus amigos de la ASST trataron de ayudarlo. Aunque eran del gobierno, no pudieron hacer nada. Dos semanas más tarde estaba de vuelta en China.

– Señora Jenner, es tarde. Si tiene algo que decirme…

Pearl levantó la voz para interrumpir a David.

– Guy conoce el mundo exterior, conoce la parte buena, pero también la mierda de Estados Unidos. ¿Sabe a qué me refiero? Ponga a un norteamericano rapaz y a cien ilegales juntos y tendrá un negocio boyante, digno de cualquier negrero. Pero Guy conoce las normas. Así que una vez en China, empieza a husmear por ahí. Oye hablar de esas compañías estadounidenses que se han instalado en su provincia natal. Lo contratan en una y trabaja unos días. Si fuera otro tipo de personas, probablemente se habría quedado porque el salario es bueno, los dormitorios mejores que los complejos habitacionales del gobierno y el trabajo no demasiado duro. Pero se larga y prueba en otra fábrica, Knight International. El problema es que trabaja durante el día en el almacén, por lo que no puede ver cómo es el lugar en realidad. Entonces, un sábado se le ocurre una idea. Los sábados, a la una, los hombres y las mujeres de la región salen del complejo juntos. Se acerca a la chica más guapa que encuentra y entabla conversación.

– ¿Cuándo fue? -interrumpió David.

El chico levantó la vista.

– Hace tres meses -dijo-, pero ella -señaló a Pearl- hace que parezca otra cosa. Yo quería saber sobre la fábrica, pero cuando la vi, lo único que quería era conocerla a ella. Ese día la acompañé a su casa. No me hizo entrar, pero me dijo que nos veríamos al día siguiente. -Dudó y preguntó-: ¿La conoció?

David negó con la cabeza.

– Era hermosa -continuó Guy-, y por dentro tenía… -Se esforzó por encontrar la palabra-. Quería saber todo sobre Estados Unidos, y se lo conté. Cuando se enteró de por qué estaba en la fábrica, me explicó cómo eran las cosas allí: que había chicas demasiado jóvenes para trabajar, la forma en que los jefes mentían sobre el sueldo, la gravedad y la frecuencia de los accidentes de trabajo.