– ¿Tenía pruebas? -preguntó David, pensando que si la fábrica empleaba mano de obra infantil Hu-lan se lo hubiera dicho.
– Me contó lo que veía.
– Pero a lo mejor eran historias inventadas -sugirió David-. ¿Qué edad tenían las chicas? ¿Les pidió el carnet de identidad? ¿Te presentó a alguien que se hubiera lastimado? ¿Tenía historiales médicos?
– Señor Stark, termine de escucharlo -intervino Pearl-. Ya llegará a todo eso, y añadió dirigiéndose a Guy-: Dile lo que pensabas hacer con la información que reuniste y por qué era tan importante.
Guy, que no sabía nada de la historia de Hu-lan, explicó que en Estados Unidos las cosas eran muy diferentes. Que si alguien se hacía daño con un producto se podía demandar al fabricante. Y lo más asombroso, si el proceso de fabricación perjudicaba el medio ambiente, los vecinos o el gobierno podían obligar a la empresa a que reparara el daño, o a indemnizar a la gente y el Estado.
– Cuando me fui de China no teníamos ningún recurso si un producto nos quemaba o lastimaba -continuó-, pero mientras estuve fuera promulgaron una ley de derechos del consumidor. ¡Ahora hasta se puede demandar a las empresas del Estado! Ha habido medio millón de demandas individuales en los últimos tres años. Estoy seguro de que ha leído algo sobre las diferentes campañas con respecto a estas cuestiones.
Aunque Hu-lan siempre trataba de esquivar las campañas, ella, como cualquier otro ciudadano chino, no podía evitarlas, especialmente porque la base fundamental de todas era la prensa. Desde luego que había leído artículos como “¿La vida en China es peor que en el extranjero?” y “¡Una aguja en el nuevo riñón de mi padre!”. De hecho, los medios de comunicación eran el motor de las nuevas leyes para los consumidores. Desde que los reportajes de prensa podían presentarse como prueba en un juicio, las campañas de desprestigio tenían un papel importante para influir sobre los jueces. El resultado eran costosos contraataques montados en los medios por los demandados. Y aunque las indemnizaciones no eran tan lucrativas como en Estados Unidos -el récord aún se mantenía en los treinta mil dólares recibidos por la familia de una mujer que había muerto asfixiada por un calentador defectuoso-, los jueces por lo general concedían indemnizaciones a los demandantes dudosos sobre la base del “principio de justicia” que implicaba que los ricos debían ayudar a los pobres.
– ¿Pero qué tiene que ver todo esto con Knight?.-preguntó David-. Nunca han tenido ninguna demanda por productos defectuosos.
– No son los productos lo que me preocupa -dijo Guy-, sino cómo los hacen. Para mí, eso abarca no usar mano de obra infantil y proporcionar un entorno seguro. Hace tres años no teníamos derechos del consumidor ni responsabilidad civil, pero ahora sí. ¿Por qué no damos un paso más y exigimos derechos para los trabajadores? -Guy miró a David a los ojos-. Todos los países, incluido el suyo, tuvieron que empezar por alguna parte. Miao-shan y yo pensábamos que esa parte podía ser Knight. Pero las mujeres de la fábrica nunca nos ayudaron. Nunca dijeron nada porque tenían miedo de quedarse sin trabajo. Sin embargo, seguimos preguntando.
– ¿Aunque no contestaran? -preguntó Hu-lan.
Guy asintió. Hu-lan se tocó los labios, con un dedo, abstraída en sus pensamientos.
– Como las mujeres no nos ayudaban -continuó Guy-, le dije a Miao-shan que lo dejáramos, pero a ella se le ocurrió una idea. En la fábrica había un americano que le iba detrás. A veces, durante la semana, charlaban por la noche. Ella me dijo que estaba preocupado por la fábrica porque pensaba que la forma en que trataban a las mujeres era injusta. Empezó a contarle a Miao-shan cosas que pasaban dentro, cosas de dinero. En Taiyuan tengo un amigo comerciante. Tiene ordenadores en su oficina y me dejó usar uno. Entré en Internet y pedí ayuda.
– Así fue como me encontró -intervino Pearl-. En el periódico obtenemos información sobre China de la forma habitual, conferencias de prensa y discursos de los políticos. Las cosas que el gobierno quiere que sepamos son fáciles de averiguar. Pero ¿qué pasa con las cosas como Tiananmen? Teníamos enviados en Pekín en aquella época, pero también dependíamos en gran medida de los estudiantes que se comunicaban con nosotros por fax. Y lo mismo es válido para muchas otras cosas. Nos enteramos de algo, pero es difícil trabajar oficialmente. Hoy en día, con Internet, recibir información es más fácil que antes. China bloquea el sitio web del Times, pero la gente emprendedora como Guy sabe sortear cualquier dificultad.
– ¿Entonces no se trata de algo personal sino profesional? -preguntó Hu-lan.
– No hay un solo periodista económico en Estados Unidos que no haya tratado de conseguir un artículo como éste, pero era absolutamente inaccesible, tanto para los chinos como para los estadounidense.
– ¿Y por qué le importa lo que pasa en una fábrica en China? -preguntó Hu-lan.
– Porque es un asunto de derechos humanos, una cuestión candente que vende mucho.
– La gente que trabaja en la fábrica Knight no está presa… -empezó Hu-lan.
– Las violaciones de los derechos humanos adoptan muchas formas: presos políticos en confinamiento solitario, condenados a trabajos forzados, pero también incluiría lo que pasa con las mujeres y las niñas en las fábricas como Knight.
– Estoy de acuerdo en que las condiciones son malas -dijo Hu-lan-, pero ¿es peor que trabajar en el campo?
David ocultó su sorpresa. ¿Acaso Hu-lan no se había enfadado con él por usar el mismo argumento? ¿era una táctica para provocar a Pearl?
– Eso no tiene nada que ver.
– ¿Ah, no? -replicó Hu-lan-. ¿tiene idea de lo que ha hecho una fábrica como Knight por esta zona? No estoy defendiendo a la compañía. He estado dentro, pero también veo una prosperidad impensable hace veinte años en un sitio rural.
Pearl parecía preparada para el desafío de Hu-lan.
– ¿Quiere que le describa el panorama general? Muy bien, aquí va.
Durante los siguientes minutos Pearl habló de los esfuerzos de ella y sus colegas por implantar las prácticas de producción estadounidenses en China y sus profundas implicaciones políticas y culturales. Los fabricantes se iban al extranjero en busca de mano de obra barata y grandes exenciones fiscales pero para evitar las leyes estadounidenses sobre trabajo infantil, uso de productos químicos que nunca superarían las normas de seguridad de Estados Unidos, condiciones peligrosas de trabajo y empleo de personal por un número inhumano de horas.
– De ve en cuando, alguna persona o compañía se convierte en el blanco de algún organismo de control -dijo Pearl-. Seguramente habrán leído algo. Un conglomerado contrata a un famoso que anuncia una marca de ropa infantil que resulta que es fabricada por niños. ¿Qué hacen el famoso y la empresa cuando sale a relucir la verdad? Alegan ignorancia -suspiró Pearl-. Y la verdad es que a lo mejor lo ignoraban, pero eso no mejora las cosas. Entonces vienen los periodistas que quieren saber cómo es una fábrica como Knight, pero no podemos entrar. Uno, por fuera, se empieza a hacer preguntas.
– ¿Pero de verdad hay gente que se lo pregunta? -inquirió Hu-lan.
Pearl entrecerró los ojos.
– ¿A qué se refiere?
– Me refiero a que he vivido una temporada en Estados Unidos. Y nunca vi que a nadie le importara mucho China.
De vez en cuando, Hu-lan decía algo que revelaba cierta animosidad contra Estados Unidos. David sabía que a veces lo hacía para provocar una reacción. Pero tras, pensaba que estaba dando su auténtica opinión. En ese momento, al mirar a las dos mujeres, una china y una chinoamericana, se preguntó qué estaba haciendo Hu-lan exactamente.