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Por fin salió la señorita Gao, con unos tacones de aguja que resonaban en el suelo y un discreto traje chaqueta.

– Perdone que le haya hecho esperar, señor Stark. No me han avisado de su llegada hasta ahora mismo.

David no se lo creyó.

– Haga el favor de acompañarme.

David la siguió. En vez de al despacho del gobernador Sun, fue conducido al de la secretaria.

– Por favor, tome asiento -dijo Gao.

Ella se sentó al otro lado del a mesa, pulsó el intercomunicador y dijo algo. Al cabo de un minuto entró una hermosa joven con un termo y tazas, sirvió el té y se marchó.

– Usted dirá -dijo Gao.

– Necesito hablar con el gobernador Sun.

– ¿Referente a qué?

– Me pidió que fuera su abogado en algunos asuntos. He venido para hablar de ello.

– Estoy al corriente de todos los asuntos del gobernador. Dispone de la mayor libertad para hablar conmigo.

Hu-lan le había hablado a menudo del a burocracia china y del sistema especialmente diseñado para avanzar a paso de tortuga, crear el máximo papeleo y sacar de quicio y, por lo tanto, controlar al solicitante. Por eso las guan xi -relaciones- eran tan importantes. La gente hacía cualquier cosa por saltarse las capas inferiores y acudir directamente a la cima, ya fuera en una urgencia médica o en una situación de negocios.

– Con todo mi respeto, señorita, creo que sería más producente tratarlo con el gobernador.

– Tengo entendido que él mismo le dijo que si tenía algún problema hablara conmigo. Es mi trabajo y estoy aquí para ayudar.

Era tentador abrir el maletín, lanzar los documentos de Sun sobre la mes ay preguntarle qué significaban. La chica era inteligente y, como la mayoría de mujeres en posiciones similares, era probable que hiciera más trabajo y estuviera más al corriente de los asuntos de Sun que él mismo. Pero si Sun había cometido un delito, David violaría el código judicial chino hablando de ese tema con la secretaria.

– Prefiero esperar al gobernador.

– Pues tendrá que esperar mucho. Va camino de Knight Internacional.

– Pero si usted me dijo que viniera enseguida y podría verle.

– Le ha sido imposible retrasar la salida. El señor Knight quería verle antes del inicio de la ceremonia. Si hubiera llegado antes, tal vez habría tenido tiempo de verle. -Amy Gao consultó el reloj y añadió-: Si no se da prisa, va a llegar tarde. Seguro que no querrá perderse ningún detalle.

– He estado sentado en el vestíbulo durante casi una hora -contestó David con voz gélida.

– Es una pena, pero como ya le he dicho, no sabía que estaba aquí.

Con las dos llamadas telefónicas anunciando su llegada, y las diversas personas que habían salido a echarle una ojeada, la excusa era poco creíble.

– Y podría añadir que mientras estaba esperando no he visto salir al gobernador Sun.

Amy sonrió con aire de suficiencia.

– Señor Stark, no pensará que un edifico como éste tiene una única salida. Bien, si vuelve el lunes o el martes, estoy segura de que el gobernador lo recibirá. -Abrió el cajón superior de la mesa, sacó una agenda y miró a David,.

El sistema de marear la perdiz era normal en China, pero no para David. Además de estar acostumbrado a que las citas se respetaran, se sentía demasiado a merced de las circunstancias. Así que hizo lo único que no debía, montar en cólera.

Se levantó, se inclinó sobre la mesa de la secretaria y vociferó:

– Dígale a su jefe que ya le veré después. Dígale que no le será tan fácil esquivarme. Dígale…

Amy Gao parecía asustada y David se preguntó hasta dónde podía o debía llegar. Quería subrayar la importancia de su mensaje y garantizarse una respuesta inmediata. La única forma de conseguirlo era disfrazando la verdad.

– Dígale que sé lo que ha estado haciendo y que tengo otros documentos que le interesan mucho.

No esperó una respuesta, pensando que el impacto de sus palabras sería mayor si se marchaba enfadado. Sin embargo, una vez fuera, sintió de nuevo el burbujeo de la ansiedad. Gao era joven y, por lo que sabía, inexperta. ¿Y si no había entendido la gravedad de sus palabras? ¿Y si lo había tomado por otro americano maleducado? Al salir de nuevo al sol abrasador, sabía que había obrado lo mejor que podía dadas las circunstancias. Pero después de las revelaciones de la noche anterior, confiaba en atar los cabos sueltos, examinarlos y resolverlos. En cambio, eran las doce menos cuarto, sudaba como un cerdo en el patio de un edificio oficial y lo único que había conseguido era una conversación que, bajo el modelo chino, sólo podía considerarse grosera y carente de delicadeza.

16

Cuando David y el inspector Lo llegaron, la fiesta estaba en pleno apogeo. Se había instalado un podio, un estrado, pista de baile y asientos para doscientas personas debajo de un toldo. La brisa bochornosa balanceaba los globos y los banderines que ondeaban en las astas. Había carteles de Sam y sus amigos sobre caballetes situados en semicírculos junto al estrado donde estaban sentados los Knight con el gobernador Sun Gao y Randall Craig. Sonaba música por los altavoces y en la pista de baile un grupo de veinte muchachas vestidas con trajes típicos de vivos colores finalizaba un número acrobático. El público, compuesto casi exclusivamente por mujeres chinas, aplaudió educadamente.

Sandy Newheart vio a David y le hizo un gesto para que acercara a la primera fila. Cuando David se sentó, Sandy dijo en voz baja:

– Llegas tarde.

– Lo siento, pero no he podido evitarlo.

Las artistas formaron un grupito y una de las chicas se adelantó para anunciar que cantarían algunas canciones americanas, las favoritas del presidente Jiang Zemin. Por el altavoz se oyó una introducción instrumental y las muchachas iniciaron Row Your Boat con la profusión de instrumentos de cuerda.

Sandy se inclinó hacia David y murmuró:

– En todas las celebraciones incluyen esta pesadilla. Marchas triunfales, petardos, bandas de música desafinadas, mil versiones de Jingle Bells. Y después intercambio de regalos y discursos. Entretanto, todo el mundo asándose de calor.

– ¿Y por qué se hace?

– Es la costumbre.

– ¿De Knight?

– No; de los chinos.

– Knight es una empresa estadounidense.

– ¿Y qué? Es la costumbre del país. Al menos es lo que dice el seboso Sun. Y lo que él dice, el viejo Knight lo hace. Es el organizador de esta mierda.

Las últimas notas de la canción se desvanecieron y las chicas pasaron a una versión surrealista de Jingle Bells.

Sandy miró a David y enarcó las cejas.

– ¿Qué te decía? Estamos a cuarenta grados a la sombra y cantan las maravillas de la nieve.

– ¿Son empleadas?

– No; son un grupo artístico local. Las habré visto unas cinco veces en los res años que llevo aquí.

David señaló a su espalda.

– ¿Y ellas? ¿Son todas operarias?

– Estás de broma? Son las mujeres del edifico de administración.

– ¿Por qué no están las demás?

– Henry quiere un espectáculo, no una asamblea.

Era la primera vez que David estaba a solas con Sandy. Con Henry Knight se mostraba adulador, pero en privado no sólo parecía desilusionado sino con ganas de desahogarse.

– Sandy ¿qué piensas hacer después de la compra?

– Cuando el viejo me pidió que viniera, pensé que sería una gran aventura. Pero ya ves lo que es este país, el culo del mundo. Henry estaba enfermo, ¿qué iba a hacer? Me dijo que me necesitaba para convertir Sam y sus amigos en una realidad. Se había cerrado el trato con los estudios y los prototipos estaban preparados. Henry me rogó que me quedara hasta que saliera la primera línea. Los juguetes son un producto imprevisible. Fabricas cien líneas y, si eres afortunado, afortunado de verdad, una tiene éxito. Bueno, Sam fue un bombazo. Hace quince años que trabajo con Knight y nunca había visto nada semejante. Quise creer que era mi gran oportunidad.