A los trece años, Sun Gao era un chico despierto y comprometido con el Partido Comunista local. Un tío lejano se había unido al ejército de Mao muchos años atrás. Sun era una persona cordial, rasgo que conservaba, pensó Hu-lan, y se convirtió en la mascota de un grupo de soldados norteamericanos. Hu-lan sospechaba que aunque la camaradería no era tan inocente, ya que había sido enviado por los dirigentes locales para que averiguara las intenciones de los extranjeros, probablemente había sido devastadora durante la Revolución Cultural, pensó Hu-lan adelantándose a los hechos.
Este trabajo inicial fue recompensado con un cargo en el Ejército Popular. Durante el invierno de 1948, cuando Sun tenía diecisiete años, participó en la batalla decisiva de Huai Jua contra el Kuomintang en la vecina provincia de Anhui, donde llevó a cabo muchas acciones heroicas, detalladas en diversas páginas. Pudo haberse quedado en el ejército, con lo cual en la actualidad sería un general rico e influyente, pero el presidente Chu En-lai le solicitó que volviera a Shanxi.
Sun sirvió primero al pueblo como dirigente rural en su aldea natal, después como líder de brigada en una de las comunas locales. En 1964 fue elegido para la Asamblea Popular de Taiyan. Durante la reunión, que se prolongó durante una semana, se trataron una amplia variedad de temas, incluido el imperialismo occidental, sistemas para aumentar la producción de trigo y la importancia de la industrialización avanzada. Surgieron discusiones acaloradas, pero Sun guardaba silencio. Dos años después, Mao desencadenó el terror de la Revolución Cultural. Durante unos meses la reticencia de Sun en la Asamblea del Pueblo lo protegió; como no había dicho nada, las palabras no podían volverse en su contra. Pero algunos de sus subordinados de la aldea, donde llegó a ser secretario del Partido, vieron la oportunidad de sacar provecho. Recordaron que durante la guerra Sun había confraternizado con los soldados estadounidenses. Se había acostumbrado a sus cigarrillos caros, a su modo de vestir decadente y a su lenguaje cuartelero. Lo castigaron a llevar capirote, a arrodillarse sobre cristales rotos y al oprobio en la plaza pública.
¡Eso no era nada!, pensó Hu-lan. Teniendo en cuenta sus relaciones con los americanos, habían sido muy indulgentes. ¿Por qué? Los pocos dirigentes que consiguieron escapar a la ira de la Revolución Cultural habían sido, como siempre, los más corruptos y con mayor poder. ¿Fue Sun uno de ellos? ¿Había comprado su seguridad?
Quienquiera que hubiera escrito los comentarios de esa página parecía haber escuchado las preguntas que se haría Hu-lan muchos años después, porque había escrito la respuesta con caligrafía experta: “El dirigente Sun Gao tiene un conocimiento visceral del viejo proverbio “No muerdas la mano que te alimenta”. Sun ha demostrado ser un hombre que ni acepta ni paga sobornos y tampoco abusó de su autoridad durante esos tiempos tenebrosos. Lo propongo como candidato a un ascenso”
Un mes más tarde, Sun había sido promovido desde la célula rural a la célula nacional, donde ganaba noventa yuanes al mes.
Al año siguiente llegó a asesor del presidente de la Asamblea de la Ciudad. En 1978 lo enviaron a Pekín como representante ante el Tercer Pleno del XI Congreso del Partido. En 1979, cuando China volvió a abrirse a Occidente, Sun fue uno de los primeros delegados provinciales que viajó a Estados Unidos. La seguridad era estricta, pero se defendió bien, ganándose el respeto de sus acompañantes y sus anfitriones. En 1985, el gobernador Sun, ya responsable de la provincia de Shanxi, cruzaba el Pacífico con cierta regularidad. En 1990 tenía una oficina y un apartamento en el complejo Zhonnanhai de Pekín, que el gobierno había puesto a su disposición por su contribución al país, especialmente a su provincia natal. En vez de ser criticado por sus continuos viajes a Estados Unidos, lo animaban a continuarlos. En 1995 un burócrata comentó: “El gobernador Sun Gao tiene contactos impecables en Occidente y gracias a ello ha traído prosperidad a su tierra natal. Debemos continuar apoyándole, ya que con su ayuda convertiremos China en el país más poderoso del planeta. En el año 2000 Sun debería estar en el gobierno central”. Este discurso, igual que la recomendación durante la Revolución Cultural, tuvo dos efectos inmediatos.
El primero, una comprobación exhaustiva de sus antecedentes y costumbres personales. En el dangan constaba que, aunque no se había casado, no se le tenía por homosexual, ni tampoco se le conocían relaciones ilícitas con personas del sexo opuesto. Vivía en la casa del gobernador en Taiyuan, con servicio reducido al mínimo. Las asistentas afirmaban que sus necesidades eran sencillas, que no abusaba de su autoridad y que a menudo se hacía él mismo la cama. Ni jugaba ni bebía y era leal al Partido. Estas condiciones continuaban haciéndole un buen candidato para viajar, ya que nadie podría comprometerlo mediante el sexo, el dinero o la persuasión política. A continuación había una lista de los bancos donde Sun guardaba su dinero, así como unos balances recientes. Igual que Hu-lan y casi todas las personas que ella conocía, Sun tenía dinero en bancos americanos. Pero no era un Príncipe Rojo y las cantidades no eran excesivas. Esta información, fechada en 1995, no reflejaba las grandes sumas que aparecían en los documentos de Miao-shan, pero la fábrica Knight se había abierto ese mismo año. Hu-lan apuntó los nombres de los bancos y los números de cuenta, confiando en poder relacionarlos con los recibos de depósitos.
El segundo efecto, más obvio para Hu-lan, era que podía seguir la pista de Sun hasta 1995, año en que el burócrata anónimo había escrito en el expediente su recomendación para el futuro de Sun. Éste, como surgido de la nada, apareció un buen día en la prensa nacional. Se publicaban todos sus movimientos y declaraciones. Posaba para las cámaras, charlaba libremente con periodistas y se enzarzaba en discusiones públicas con escolares, campesinos y hasta miembros del Partido en el congreso sobre la política económica, las zonas rurales y el próximo siglo. Que hubiera superado todas las expectativas y que sobre el papel pareciera un buen tipo, no cambiaba el hecho de que había sido promocionado desde las altas esferas. Tenía el éxito garantizado, motivo por el que algún burócrata le había permitido involuntariamente iniciar el despegue.
Hu-lan cerró el expediente y lo dejó sobre la mesa. Su jefe levantó la vista y ella notó que intentaba leer sus pensamientos, pero mantuvo una expresión impasible.
18
Cuando Hu-lan volvió a casa, encontró a David sentado en la mesa de la cocina con varias tarjetas grandes colocadas en dos hileras. Mientras ella se acercaba, deslizó una de las tarjetas hasta la primera posición de la otra hilera. A continuación cambió otra desde la primera a la última posición. No levantó la vista, ni siquiera cuando ella empezó a masajearle el cuello.
He aprendido mucho de Miles -dijo él-. Pero nada bueno-
Hu-lan se sentó a su lado.
– Cuéntame.
Conforme avanzaba con la información le señalaba una tarjeta.
– Estoy así desde que he llegado, intentando aclarar la situación. Randall Craig dijo que conocía las condiciones en la fábrica; Henry Knight asegura que son pura invención; tú me dices que posiblemente ni siquiera sean punibles en China. Miles ha admitido implícitamente que sabía que las declaraciones de Knight eran falsas; Henry afirma que son ciertas. Cuando Miao-shan murió, tenía documentos que indicaban que Sun había aceptado sobornos; él me entregó algo que podría estar relacionado. Y no nos olvidemos de Pearl Jenner. También ella es una contradicción ambulante. Sabe algunas cosas pero no tiene ni idea de otras. Las piezas tienen que encajar, pero todavía no sé cómo.