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– ¿La señorita Quo, hija de Quo Jing-sheng, es una víctima de las influencias extranjeras o una de las conspiradoras? No hemos podido obtener declaraciones de su padre, un destacado miembro del gobierno, ya que se encuentra de viaje por Estados Unidos.

En pocas palabras, los medios se reservaban su opinión sobre la señorita Quo. Tendrían que esperar un día, un mes, incluso un año antes de que el gobierno tomara una decisión sobre ella y su padre. Pero no era un consuelo para ella, que seguía llorando.

Tampoco faltaron las fotos tomadas varios meses atrás de David y Hu-lan bailando en el hotel Palace. Resultó más sorprendente una imagen de la noche anterior de Hu-lan y David bajando del Mercedes, delante del hotel Beijing. Uno de los cámaras que estaba allí grabando la llegada de los invitados a algún banquete de bodas, seguramente había abierto el periódico matutino y recordado a la pareja de distinta raza de la noche anterior. Lo más probable es que se apresurara a encontrarlos en la cinta y acudir a los estudios de la televisión esperando alguna retribución. Sin embargo, el locutor dio al vídeo una interpretación más siniestra e informó que sus cámaras habían descubierto a Hu-lan y David mientras acudían a una reunión clandestina con Henry Knight y el gobernador Sun.

Hu-lan supuso que el puñado de personas que habían asistido al banquete confiaban en que las cámaras no hubieran registrado su presencia, que el resto de las imágenes no salieran a la luz y que sus nombres no se vieran mezclados en aquel embrollo.

De nuevo salió a la superficie lo bueno y lo malo de la familia de Hu-lan. Los reporteros insinuaban que ella había sido tentada por Occidente, por David y por el gobernador Sun, que era de la misma generación que su padre. La conclusión lógica era que si Sun y el padre de Hu-lan eran amigos, ambos debían ser igualmente malvados. Si eran corruptos, Hu-lan también tenía que serlo. No se trataba de qué era lo falso, sino de qué parte si es que había alguna, era verdad.

– ¿De dónde habrán sacado eso? -dijo David cuando Hu-lan acabó de traducir.

– No podrían emitirlo sin autorización de las altas esferas.

– Pero no entiendo por qué tanto antiamericanismo.

Hu-lan miró a David sorprendida. ¿Qué pensaba que era aquel país?

David intentó aclarar a qué se refería.

– Tenía entendido que se aceptaba cualquier cosa por el bien del país, que había que mantener las relaciones comerciales con países extranjeros a cualquier precio.

A Hu-lan el cansancio le estaba agotando la paciencia.

– Con China y Estados unidos siempre es la misma historia. Tan pronto son amigos como enemigos. Tiene poco que ver con nosotros o incluso con la realidad.

David recordó la alharaca anual de su país sobre si conceder o no a China el status de país favorecido y los continuos conflictos sobre los derechos humanos, al mismo tiempo que invertían miles de millones de dólares. Estos pensamientos le recordaron la conversación con Pesar Jenner en el bar de Shanxi Grand Hotel. El trabajo del que ella había hablado -la fabricación de juguetes, de chips de ordenadores, de ropa-, todo seguía igual, aunque los políticos americanos se rasgaran las vestiduras por las tácticas comerciales chinas, la venta de tecnología nuclear a países no alineados y los intentos por influir en las elecciones estadounidenses. Formaba parte de la mentalidad norteamericana no ver los grises en el gran cuadro.

– Somos tan cerrados -dijo Hu-lan, como si le leyera el pensamiento, aunque ella hablaba de su propio pueblo-. Los chinos fueron los primeros exploradores. Dicen que fuimos los primeros en llegar a América. Teníamos flotas que cruzaban el Pacífico, explorábamos, comerciábamos, pero luego que observábamos, volvíamos a casa, cerrábamos la puerta y construíamos una muralla aún más alta. Cuando escucho a los locutores de las noticias… -Sacudió la cabeza disgustada-.

“Hablan con rostro sonriente y nos explican una historia como si fuera verdad, pero mañana pueden vender otra versión totalmente distinta. Un día se nos prohíbe utilizar Internet y al siguiente se nos recomienda que lo hagamos. ¿Y después? ¿Quién sabe? Tal vez vuelvan a prohibirlo. Ayer se firmaba una cuerdo comercial con una empresa norteamericana y esos mismos periodistas lo tratan como si fuera un gran regalo para China. Hoy, los mismos negocios son sucios. Mañana es posible que veamos que el acuerdo de Tartan y Knight sigue adelante. Si es así, esas personas nos explicarán que la fábrica traerá prosperidad a las zonas rurales. Hace tres meses eras nuestro nuevo aliado, nuestro héroe; hoy vuelves a ser un extranjero bajo sospecha.

– ¿Cómo lo soportas?

– ¿Y tú? No es muy distinto en Estados Unidos. Aquí nuestra “verdad” suele ser propaganda política, allí la propaganda se disfraza de “verdad”.

En la pantalla reapareció Pearl Jenner.

– Soy norteamericana de nacimiento, pero creí que era mi deber como persona de sangre china dar un paso adelante. En Estados Unidos la libertad de prensa es un derecho constitucional. Tenemos el deber de denunciar los delitos. Haber podido ayudar a la tierra natal de mis antepasados…

Hu-lan se estremeció. ¿Qué hacían allí sentados, viendo al televisión y charlando sobre las relaciones entre chinas y estadounidenses? Iban a detenerla de un momento de otro. David podría llevarla a la embajada norteamericana. Rob Butler tal vez pudiera conseguirle asilo político, pero parecía un sueño imposible. Si venían por ella, también detendrían a David. Entretanto, Sun sería juzgado y ejecutado. Quo, inocente de todos los cargos, también sería procesada. Henry Knight y Tartan solucionarían sus problemas y al día siguiente los periódicos chinos y americanos hablarían de la compra, del dinero que había cambiado de manos y de la ventajosa operación. A pesar de todo, ni ella ni David deberían seguir perdiendo el tiempo, tenían que moverse. Pero no era fácil salir de Pekín si el gobierno los estaba buscando. Más de medio millón de ciudadanos se ocupaban de vigilar. Los cruces con semáforos disponían de cámaras para rastrear los coches en la ciudad. Siempre había formas de esquivar los dispositivos, y ella y David ya habían salido una vez de Pekín a escondidas. Pero ahora sería más complicado.

Mientras Hu-lan pensaba en todo eso, Quo seguía sollozando.

Hu-lan se acercó y le acarició la mano. David también había estado reflexionando y de repente se incorporó del borde de la mesa.

– Tengo que hablar con Miles. Este asunto se nos ha ido de las manos.

Hu-lan vio que marcaba el número y pedía comunicación con Miles Stout. Quo se había calmado un poco y le dijo a Hu-lan.

– Esta mañana he llamado a mi padre a California para decirle que no volviera. Allí tiene dinero y estará bien. Pero ¿y mi madre y yo? He traído la desgracia a mi familia. Mi padre se quedará abandonado en tierra extraña. Yo iré a la cárcel. Mamá morirá sola. -De pronto se le ocurrió una idea y se puso de pie-. Tengo que huir, tal vez pueda salir del país. Los disidentes lo hacen, tal vez yo también pueda. Dispongo de dinero, y si pago un poco aquí y otro poco allí… mañana podría estar en Vancouver. ¡No quiero morir! -exclamó presa del pánico.

Hu-lan la compadeció. Se había criado en un hogar privilegiado y no sabía lo que eran el hambre ni las penurias. Era demasiado joven para haber vivido la Revolución Cultural. Estaba acostumbrada a las fiestas, al champán, a los locales de karaoke y a las discotecas, a vestir ropa de marca y a viajar por el mundo. Pero en una hora su vida se había derrumbado de una forma que no habría imaginado ni en su peor pesadilla.

– ¿Hiciste algo malo? -le preguntó Hu-lan.

– Ellos dicen que sí.

– ¿Crees que hiciste algo malo?

Quo negó con la cabeza.

– Entonces no debes tener miedo.

Hu-lan oyó a David elevar el tono de voz:

– Miles, no puedes hacerlo, necesitas el voto de todos los socios.

Quo llamó su atención:

– Le estoy preguntando por qué dice eso. ¿No sabe lo que le harán a usted?

– Sí, pero yo tampoco hice nada malo.

– No pensará quedarse aquí, ¿verdad? -dijo Quo atónita.

Hu-lan miró de nuevo a David, que sostenía el auricular con tal fuera que tenía los nudillos blancos.

– ¿Circunstancias especiales? ¿De qué estás hablando? Cuando le explique a los socios lo que ha estado sucediendo…

David hablaba como si fuera a marcharse de China, pero no podían ir a ninguna parte que no fuera la cárcel.