Hu-lan oyó a David elevar el tono de voz:
– Miles, no puedes hacerlo, necesitas el voto de todos los socios.
Quo llamó su atención:
– Le estoy preguntando por qué dice eso. ¿No sabe lo que le harán a usted?
– Sí, pero yo tampoco hice nada malo.
– No pensará quedarse aquí, ¿verdad? -dijo Quo atónita.
Hu-lan miró de nuevo a David, que sostenía el auricular con tal fuera que tenía los nudillos blancos.
– ¿Circunstancias especiales? ¿De qué estás hablando? Cuando le explique a los socios lo que ha estado sucediendo…
David hablaba como si fuera a marcharse de China, pero no podían ir a ninguna parte que no fuera la cárcel.
cuanto más escuchaba la conversación de David y más hablaba con Quo, más quería largarse a casa y esperar. Estaba cansada de huir, le dolía el brazo, le ardía el cuerpo y lo único que deseaba era tenderse en una cama fresca y dormir. Notó la mirada angustiada de David y pensó que comprendía lo que ella pensaba, pero lo que dijo indicaba lo contrario: colgó el auricular y sin ninguna explicación empezó a dar órdenes.
– ¡en marcha! ¡Nos vamos a la embajada de Estados Unidos! -al ver que ni Hu-lan ni Quo se movían grito-: ¡ahora mismo!
Quo se levantó de un salto y Hu-lan se incorporó poco a poco, mientras David metía un par de cosas en el maletín. Quo corrió a coger su bolso y… -¿qué diablos buscaba? ¿La sombrilla? Alguien llamó a la puerta y se quedaron inmóviles, como imágenes congeladas. Hu-lan pensó que era una de las cosas más divertidas que había visto, pero la mirada de terror de Quo le ahogó la risa en la garganta.
– ¿Por qué no me habló de Sun y el soborno? -preguntó Henry Knight cuando abrió la puerta de golpe… ¿Sabía desde el principio lo que se estaba tramando? ¿Sabía que iban a detenerlo?
David, con el maletín en la mano y dispuesto a salir, preguntó:
– ¿Ya lo han detenido?
– ¿Cómo voy a saberlo? -contestó Henry y se dejó caer en una silla.
David se limitó a mirarle.
Henry contempló la escena: Quo con su vestido Chanel rosa, los ojos enrojecidos, con el bolso al hombro y una sombrilla en la mano. David despeinado, nervioso y con el maletín en una mano y el ordenador portátil en al otra. Hu-lan con aspecto exhausto aunque fueran las diez y media de la mañana.
– ¿Qué está pasando? -preguntó Henry.
– Por si no lo sabe, Sun no es el único que tiene problemas. Me han mencionado. Y también a Quo y a Liu.
– ¡Eso ya lo sé! Pero no pensarán huir como conejos, ¿verdad?
– Es exactamente lo que vamos a hacer.
– Se debe usted a su cliente.
David no disponía de tiempo para discutirlo. Miró a las dos mujeres.
– Vamos.
Se dirigieron hacia la puerta, pero Henry se interpuso.
– Si está detenido, será ejecutado y su muerte pesará en su conciencia.
– Si está detenido y voy a la celda a ayudarlo, lo más probable es que me quede allí. Si tengo suerte, se limitarán a expulsarme. Si no…
Henry sujetó a David por la camisa. Era un hombre pequeño pero enjuto y fuerte.
– Tiene usted un deber, muchacho, ese hombre es inocente.
– ¿Igual que es usted inocente de las prácticas ilegales de su fábrica? ¿Inocente de sobornar a Sun?
Henry lo soltó.
– ¿Se da cuenta de que en estos momentos mi hijo está vendiendo mi empresa a traición? Ese buitre de Randall Craig y su socio Miles Stout intentan arrancarme la vida, pero no pienso permitirlo. Emplearé hasta el último céntimo para evitar que se queden con Knight. Lo que ocurrió allí, si es cierto, es terrible. Pero yo también tengo dinero y gente en Nueva York dispuesta a comprar las acciones. Si Tartan quiere guerra, la tendrá. Le aseguro que lo que pasa en la fábrica ha terminado. Lo pasado, pasado está y ya no importa…
– Claro que importa, Henry. Es la clave de todo. Tartan quiere su empresa por los abusos que usted dijo que no existían. Y su colega Sun ha movido los hilos. Bueno, nos vamos.
– ¿Y si le dijera que sé dónde está Sun?
David señaló las paredes que les rodeaban.
– Le aconsejaría que tuviera cuidado dónde lo dice. No creo que a los chinos les gustara saber que tiene oculto a un delincuente.
– No lo estoy escondiendo, pero sé dónde está y… -De nuevo sujetó a David por la camisa, se acercó y susurró-: Tengo un plan.
Sonó el teléfono y Quo se lo quedó mirando. Al sonar por tercera vez, atendió.
– Phillips, MacKenzie amp; Stout -dijo adoptando un tono alegre. La voz al otro lado habló durante unos segundos mientras ella asentía con la cabeza-. Un momento, veré si está. David, es para usted.
– No tengo por qué ponerme, ya no trabajo para la empresa.
– La señora llama desde Estados Unidos.
– Maldición, Pearl Jenner ha debido de enviar las noticias. Es probable que salgamos también en todos los periódicos americanos. Dígale que no haré comentarios.
Quo negó con la cabeza.
– Es una mujer de Kansas. Dice que hace tiempo que intenta ponerse en contacto con usted.
21
David se puso al teléfono.
– ¿Anne?
Después del retraso de larga distancia, llegó la voz de Anne.
– ¿David Stark?
– Yo mismo.
– Quería disculparme por mi actitud durante el funeral de mi hermano. Creo que estábamos muy alterados. Pero al enterarnos de las circunstancias, al saber que la víctima tenía que ser usted… pues…
David escuchó impaciente mientras Anne seguía con sus disculpas. Lo único que quería era marcharse, pero esos segundos le dieron la oportunidad de hacerse una composición del lugar. ¿Dónde estaba Hu-lan? Hacía rato que estaba extrañamente callada. Observó la habitación. Henry seguía delante de la puerta, dispuesto a impedirles el paso si intentaban salir. Quo miraba nerviosa por la ventana. Hu-lan estaba hundida en un sillón y parecía adormilada; se la veía pálida y dos manchas rojas remarcaban los pómulos. Una nueva preocupación le recorrió, pero volvió a prestar atención a Anne.
– Creía que había acudido a usted en busca de ayuda y que había tenido mala suerte. Menudo karma, pensé. Vas a pedir ayuda y te matan. Por eso estuve tan grosera.
– No me pidió ayuda, yo lo había invitado a cenar. Necesitaba cierta información…
– Ahora lo sé, pero en aquel momento sólo pensaba en lo que Keith me había dicho. Ese día me telefoneó. Estábamos muy unidos y siempre que algo le preocupaba me llamaba. Lo noté inquieto y me comentó que iba a reunirse con un amigo, alguien con quien podía hablar. Había cenado con usted, así que supe que…
Igual que el día del funeral, David creyó que no tenía sentido destrozar los buenos recuerdos de la familia de Baxter.
– Sólo estuvimos cenando…
– Lo sé, lo sé. Intento decirle que cuando lo vi en el funeral, lo único que pensé era que usted no lo había ayudado. Yo le había aconsejado que fuera al FBI, pero se rió de mi ingenuidad. Dijo que no necesitaba al FBI sino al Departamento de Estado. Después me comentó que tenía amigos en la fiscalía que le aconsejarían. Pero usted no le dijo nada.
No era extraño que Keith tuviera un comportamiento tan peculiar esa noche. Estaba a punto de tirar por la borda su carrera acudiendo a los federales para delatar a su cliente.
– ¿Se trataba del asunto Knight? -preguntó David. Incluso a miles de kilómetros oyó el profundo suspiro de Anne.
– Era por su novia. La muchacha era china y quería traerla aquí. Pensaba pedir asilo político.
David no daba crédito a sus oídos.
– el día del funeral estaba furiosa con usted por no ayudarle, pero se trataba de otra persona que me presentaron allí.
En el funeral sólo había otra persona a la que Keith pudiera haber recurrido.
– Rob Butler -concluyó David.
– Exacto. Se presentó y dijo que había intentado hacer todo lo posible por mi hermano. ¿Usted cree que intentó ayudarle?