– Soy el culpable de todo. Permitía que los empleados vivieran y trabajaran en malas condiciones. ¡Por eso vine a China! Nadie vigilaba y sabía que podía hacerlo. ¿Y esa mujer? David, ¿se acuerda de la mujer que se cayó desde el tejado? Usted tenía razón. La tiraron y lo hice yo. ¿Y el reportero y la sindicalista? Recibieron lo que se merecían.
– ¿Cómo iba a tirar a Xiao Yan si estaba reunido conmigo? ¿Y por qué intentó acusar a su viejo amigo Sun? -preguntó David, mientras Lo se detenía en al entrada del complejo.
El guardia salió y Lo indicó los asientos posteriores. El hombre miró el interior, vio a su jefe y corrió a pulsar el botón para abrir la verja. Lo se dirigió al edificio de administración y aparcó entre un Lexus y un Mercedes, ambos sin chofer a la vista.
Lo y Hu-lan bajaron. Henry parecía desesperado, pero no tenía escapatoria. David vio actividad en las cercanías del almacén. Una grúa cargaba cajas de muñecos en la parte trasera de un camión. Aparte de eso, la explanada árida estaba desierta como siempre, mientras al otro lado de las paredes sin ventanas cientos de mujeres trabajaban en las cadenas de montaje.
– Lo lamento, Henry -dijo David en voz baja.
El anciano abrió los ojos asombrado y una cortina de extrema resignación descendió sobre su rostro.
– Por favor -rogó.
David sopesó la palabra. En ella se resumía toda la vida de Henry. Era una súplica de compasión, perdón y una aceptación de cómo eran las cosas.
– Asumo toda la responsabilidad -añadió Henry-. Deje que cargue con al culpa de todo lo sucedido.
La respuesta de David consistió en abrir la puerta y bajar del coche.
24
David abrió la puerta de cristal del edifico de administración y entraron los cuatro. Al fondo del pasillo estaba el alma de la empresa: el lugar donde casi cien mujeres vestidas con traje chaqueta estaban sentadas en cubículos, delante de pantallas de ordenador o hablando por teléfono. David empujó a Henry al interior de un cubículo. La mujer levantó la vista sorprendida y, al ver a Henry, se puso en pie respetuosamente.
– Abra los archivos, Henry -ordenó David.
– No sé hacerlo.
– Pues dígale a ella que lo haga -dijo, señalando a la mujer.
Henry quiso hablar pero sólo le salió un gruñido.
– Señorita, haga el favor de abrir mis documentos financieros personales -dijo tras aclararse la garganta.
La joven o miró perpleja y se percató de la presencia de Lo y Hu-lan. La mujer tenía mal aspecto; el hombre, corpulento y de expresión adusta, debía de ser algún agente del gobierno. La empleada volvió a dirigirse al propietario de la empresa.
– No tengo acceso a esos documentos, señor, sólo proceso los pedidos de Estados Unidos -dijo en inglés.
– Le dije que esto no serviría de nada -dijo Henry a David.
Éste le dijo a la joven que se levantara y a Henry que se sentara delante de la pantalla.
– Escriba -ordenó.
– No sé utilizar el maldito chisme -contestó Henry furioso.
– ¿Me quiere hacer creer que un inventor, hombre de negocios y estafador, no sabe utilizar un ordenador? Vamos, abra los archivos -dijo con tono perentorio.
Henry pulsó el teclado, cerró el programa que estaba utilizando la joven, pasó el menú principal, escribió su contraseña, después el nombre, y salió una lista de archivos: biografía, historia de la empresa, acceso telefónico, viajes, correspondencia, pero nada de transacciones financieras.
– Intente con Sun Gao -dijo David.
Henry obedeció, pero fue inútil. David quería confirmación de la inocencia de Sun después de haber dudado de él y durante los diez minutos siguientes obligó a Henry a que probara con diversas contraseñas: gastos, pagos, finanzas, cuentas bancarias, Banco de China, Bando Industrial de China y Bando de Agricultura de China. Algunas indicaban operaciones legales; otras nada, aparte de un curso parpadeante o las lacónicas palabras NO ENCONTRADO. No había nada que se aproximara a los condenatorios archivos financieros en poder de David. Pero eso no indicaba que no estuvieran en el ordenador. Un experto sería capaz de recuperar datos borrados, ocultos o en clave.
David apoyó una mano en el hombro de Henry.
– Lo siento, Henry, así habría sido más fácil. -Incluso con el aire acondicionado, Henry tenía la camisa empapada de sudor nervioso-. Acabemos con esto.
– No puedo -dijo Henry sin volverse.
– Puede, y tiene que hacerlo.
Henry lo miró con expresión angustiada.
– ¿Por qué? -le preguntó.
Por la forma en que la persona reverberó en el aire, David supo que Henry estaba haciendo una pregunta más profunda que la aparente.
– Es lo que vamos a averiguar. Adelante.
Las empleadas se dieron cuenta de que algo iba mal. Habían dejado de trabajar y observaron en silencio al grupo que avanzaba por otro pasillo. El cuarteto dejó atrás el despacho de Sandy Newheart, que no estaba allí, pasó por delante de los pósters de Sam y sus amigos, con sus personajes alegres e inocentes. Por fin llegaron al salón de conferencias. La puerta estaba cerrada pero se oían voces al otro lado. Henry miró de nuevo a David, un último ruego. Peor David giró el pomo y entró en la habitación, donde Douglas Knight y Miles Stout estaban sentados a ambos extremos de la larga mesa de palo de rosa, con los contratos Knight-Tartan esparcidos. Amy Go, la secretaria del gobernador Sun, estaba apoyada contra la pared del fondo, muy atractiva con su vestido verde pálido. Doug se puso de pie.
– ¡Papá! ¡Gracias a Dios! Estaba esperando que vinieras, tengo buenas noticias. Le he comunicado a Tartan que no pienso vender, que nos quedamos con la empresa. Pueden intentar una OPA hostil, pero le he dicho a Miles que podemos ganar.
Henry se cubrió la cara con las manos.
– Papá ¿te encuentras bien? Ven, siéntate.
Doug se adelantó, pero Henry le detuvo con un ademán. Doug frunció el ceño y después se encogió de hombros, como diciendo “con este hombre nunca se sabe”.
– Se ha acabado, Doug -dijo el anciano.
– Es lo que intento decirte, papá. Ya está. La negativa a Tartan es definitiva.
No es tan fácil como parece -dijo Miles, apretando los dientes-. Knight ha ido demasiado lejos para echarse atrás.
El rostro demacrado de Doug cambió de color.
– No le hagas caso, papá. Lo tengo todo controlado. He cometido errores y espero que me perdones, pero anoche me di cuenta de que había sido un imbécil. Amy me ayudó, me hizo comprender que era nuestra empresa. Tú y el abuelo luchasteis por ella y no podemos venderla. Ahora lo entiendo.
Henry, con su cuerpo correoso que ahora parecía tan frágil, miraba a su hijo sin comprender. De repente se sentó a la mesa. Los demás siguieron su ejemplo. Henry meneó la cabeza.
– No puedo hacer esto -dijo a David.
– David, ¿qué pasa? -preguntó Miles, adoptando su pose profesional-. Teníamos un acuerdo sobre la mesa. Estaba prácticamente acordado. Seguimos adelante, y de repente todo se va al traste. ¿Por qué? Que me zurzan si lo entiendo. Pero estoy aquí porque Randall desea olvidar el follón de ayer. Supongo que has venido porque has hecho entrar en razones al señor Knight. Bueno, pues acabemos con esto y vámonos a casa.
– Te olvidas de que ya no trabajo para ti -contestó David.
– Me pasé de la raya -admitió Miles-. Tal como dijiste, no puedo despedirte sin una votación de todos los socios.
– Cuestión de semántica. Dimito. ¿Estás satisfecho?
Miles arrugó la frente mientras asimilaba las palabras.
– Te pido disculpas -dijo-. Lo pasado, pasado está, manos a la obra.
Cogió el montón de contratos y los dejó delante de Henry. El anciano acarició los papeles.