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– Lo mismo que yo, si hubiera estado en tu lugar. Nada. No podía decirte por qué estuvo aquí, tú tampoco podías decirnos qué estaba ocurriendo en China. Tenemos ese fastidio llamado confidencialidad. Además, Keith era también amigo mío. Estaba muerto. ¿Tenía que decirte que se había presentado con una idea descabellada, mintiéndome desde el principio, por cierto, para traer a su novia? Pensé que lo mínimo que podía hacer para preservar su memoria era mantener la boca cerrada. No me digas que no habrías hecho lo mismo.

David reflexionó sobre sus propias acciones. ¿Y si se hubiera enfrentado a Miles en el funeral, dejando de lado los tópicos y las excusas fáciles? Pero igual que Rob, había considerado prioritario preservar la memoria de su amigo. Después, cuando llegó la oferta de trabajo, había resultado fácil enterrar las preocupaciones, obsesionado con la idea de volver con Hu-lan. Tendría que vivir el resto de su vida asumiendo ese momento de egoísmo.

Dos días más tarde, después de terminar su declaración, David se dirigió a la finca de los Stout al enterarse de que Mary Elisabeth volvía a Michigan. La entrada estaba bloqueada por camiones de mudanzas, casa de subastas y organizaciones caritativas. Entró y encontró a Mary Elisabeth, con vaqueros y camiseta, organizando el embalaje y regalando los bienes familiares.

Al verlo, asomó a su rostro una sonrisa triste y le indicó que la siguiera. Salieron a la terraza. Era un precioso día de finales de verano y el aire olía a rosas.

– Yo no quería todo esto. -El ademán de Mary Elisabeth abarcó los jardines, la mansión, el paisaje, el sistema de vida que ella y Miles habían construido-. Pero él sí. A toda costa.

– ¿Sabías algo?

– Sólo conocía sus sueños e incluso éstos siempre eran… sabía que no era feliz. ¿Recuerdas cuando Michael Ovitz dejó la CAA y fichó por Disney? Era el hombre más poderoso de Hollywood, pero tenía que llevarle un vaso de agua a Julia Roberts si ella se lo pedía. Bueno, así es como se sentía Miles. Ganaba una fortuna, pero tenía que estar siempre a disposición del cliente.

David pensó en lo que Doug le había dicho sobre Miles.

– ¿Es cierto que Tartan le había ofrecido un empleo?

– Sí, como asesor general. Él habría sido el cliente, ¿te das cuenta?

No quedaba nada más que decir y volvieron a entrar en la casa. Mary Elisabeth le puso una mano temblorosa en el brazo-. David sabía lo que quería preguntarle.

– No, no sufrió. Ni siquiera se dio cuenta.

A principios de septiembre, Hu-lan estaba descansando en una tumbona en el patio cuando se presentó la señora Zhang, la directora del Comité de Vecinos, para la visita acostumbrada. La anciana, vestida con chaqueta y pantalón negros, se colgó del brazo de David y sonrió encantada mientras la acompañaba fuera. Se sentó enfrente de Hu-lan en un taburete de porcelana. Tan pronto David entró a preparar el té, la señora Zhang dijo:

– Es simpático ese hombre. Veo que practica el mandarín, pero habla de una manera espantosa y divertida a la vez.

Hu-lan había intentado enseñarle a David frases elementales: “Bienvenido. ¿Cómo está usted? Bien. ¿Cuánto cuesta? Es demasiado caro. ¿cómo está su hijo? ¿Podría decirme…?” Pero no estaba dotado para los idiomas. En los últimos tiempos empezó a pensar que sería mejor para él olvidarse, ya que las inflexiones de voz era pésimas, y como la señora Zhang había notado, daban como resultado divertidas confusiones.

– ¿Qué ha dicho hoy?

– Qing Wen… La señora Zhang sustituyó a propósito la cuarta inflexión de Wen por la tercera, cambiando el significado de “Por favor, le ruego” por “Por favor, béseme”.

Hu-lan sonrió mientras la anciana reía a carcajadas.

– Puede besarme si quiere -añadió la mujer-. No me parece tan desagradable como antes.

David volvió con el servicio de té, lo dejó encima de la mesa y se retiró al otro lado del patio, donde la madre de Hu-lan, su enfermera y el viceministro Zai estaban sentados bajo las ramas retorcidas de un yoyoba. Jin-li no sabia quién era David, aunque aceptaba su presencia sin cuestionarla; tampoco entendía que pronto sería abuela. Pero parecía feliz en al casa de su infancia y, aunque seguían sin gustarle los címbalos, los gongs y los tambores del grupo Yan Ge, se había acostumbrado a la algarabía matutina. David encontró otra forma de sobrellevarlo: uniéndose a la banda.

– Es un extranjero -dijo la señora Zhang-, no hay que olvidarlo, pero no me parece mala persona. -era un gran cumplido, y la anciana se apresuró a aclarar malas interpretaciones-. Se ocupa de sus cosas. Es lo bastante listo como para barrer la nieve delante de su puerta y no preocuparse por el hielo en el tejado del vecino. Y demuestra mucho interés por el barrio. Es educado y respetuoso. Además, a los vecinos les gusta la forma en que la cuida.

– Me alegro de que estén contentos -dijo Hu-lan con diplomacia.

En el rostro arrugado de la señora Zhang asomó una tímida sonrisa al mirar a David. Pese a que intentaba mantenerse crítica, la tenía encandilada.

– Durante muchos años el gobierno nos ha dicho lo que era bueno para la mayoría. Pero ahora me pregunto, ¿y si la felicidad individual fuera más útil para el pueblo que ninguna otra cosa?

– Yo nunca llevaría la contraria a nuestro gobierno -contestó Hu-lan.

La anciana frunció el ceño ante la estupidez de la muchacha, siempre tan comedida en sus palabras. No había ido a visitarla oficialmente, aunque nunca olvidaba su deber, sino como la anciana que había visto su vecindario feliz y en paz desde que era niña. La casa merecía alegría y tranquilidad y haría todo lo posible para que así fuera. Por lo tanto, en vez de entrar a discutir con su obtusa vecina, continuó como si no hubiera oído las palabras de Hu-lan.

– He estado pensando en un certificado de matrimonio. Su David es extranjero, pero creo que podría hacer una recomendación que incluso los más reacios aceptarían.

¿Esperaba que creyera que había sido idea de la anciana? Era más probable que fuera la mensajera de los hombres del otro lado del lago. Pero ¿qué sentido tenía decirlo? Cruzó las manos sobre el vientre y miró a David, que, por casualidad, levantó la cabeza y la movió como si esperara que ella le hiciera alguna pregunta. Sin dejar de mirarlo a los ojos, Hu-lan dijo:

– Ya veremos, tía, ya veremos.

Con el deber cumplido, la anciana se despidió de Jin-li y se marchó. David acudió a sentarse al lado de Hu-lan y, tal como habían hecho en las últimas semanas, repasaron los hechos que llevaron al enfrentamiento en Knight. Su mente metódica le llevó a la conclusión de que todo había sido un asunto de codicia. Los viejos del bar Hilo de seda fueron codiciosos, y recibían una propina de Doug a través de Amy Gao. A Tang Dan y a Miles Stout los había movido la codicia. Y todo había empezado porque Henry Knight también era codiciosos a su manera.

Poco dispuesto a compartir su empresa con el hijo, Henry había puesto involuntariamente la catástrofe en marcha. Y por mucho que a David le gustara ese hombre, tenía que aceptar que era la codicia lo que le hizo seguir adelante. Siguiendo los planes de Doug había instalado una planta provisional de montaje, y ya tenía mujeres trabajando horas extra para suministrar a los grandes almacenes cajas de Sam y sus amigos antes de las Navidades. Con toda la publicidad suplementaria, la demanda excedía a la oferta. Más que eso, los artículos en la prensa, y se habían escrito montones, habían presentado la tecnología de Sam y sus amigos como algo tan innovador que provocó… bueno, todo el asunto parecía un drama shakespeareano.

Entretanto, las acciones de Knight International habían ido subiendo como la espuma y Henry presentó un proyecto para vincular los salarios del ejecutivo a una política laboral justa, especialmente en cuanto al trabajo infantil, porque como no dejaba de repetir: “Estamos en el negocio del juguete. ¡Creamos juguetes para los niños, no puestos de trabajo para ellos”! Grupos de la comunidad, un consejo de administración reorganizado y un consorcio de organizaciones de vigilancia internacionales efectuarían inspecciones. (Según se decía, sólo con esto se había eliminado la mitad de las trabajadoras de Knight.