– Quizá.
– ¿Qué sucede?
– Alguien ha falsificado su dangan.
– ¡No puede ser!
– En algunos trozos el papel no coincide. En otros aparece la misma persona haciendo el informe y la caligrafía es ligeramente distinta. Sólo puedo fiarme de mis ojos, pero un laboratorio podría verificar mi impresión.
– ¿Han incluido información perjudicial?
– Al contrario, parece un expediente para Mao o para Chu. Es perfecto. Donde uno esperaría encontrar críticas sólo hay alabanzas. N o tuvo problemas durante la Revolución cultural, sin embargo sé que las personas de Taiyuan fueron muy violentas y crueles.
– ¿Qué sentido tendría modificar su expediente si piensan acusarlo de corrupción?
– ésa es exactamente la pregunta que me hago.
Zai la observó. Admiraba su valentía, pero le preocupaba que le causara problemas.
– ¿Todavía piensas que esto tiene que ver con la muerte de la hija de tu amiga?
– Sí, y o que Bi Peng escribió sobre la fábrica es cierto. Todo está relacionado.
Zai gruñó. No era lo que quería oír.
– Deberías marcharte de la ciudad -dijo al fin.
– Volveré a Da Shui, creo que allí está la respuesta.
– ¡no! Estaba pensando en que fuera a Beidaihe y te quedaras con tu madre. Eso podría recordarle a la gente quién eres. -Reflexionó unos instantes y luego dijo-: Mejor aún, márchate a Los Ángeles. Si te quedas aquí, no sé qué podría ocurrirte. Nuestra policía anticorrupción es ahora muy poderosa. Si piden tu detención no podré hacer nada. Lo mejor es que te bajas. ¿Tienes el visado en regla?
– Claro, siempre.
Su condición de Princesa Roja le permitía estar en situación de viajar en cualquier momento. Tampoco hacía falta decir que disponía de mucho dinero en efectivo, tanto chino como estadounidense, escondido en su casa.
– Vuelve con David a Estados Unidos y llévate a Lo. Él sabrá siempre cómo ponerse en contacto conmigo. Yo me ocuparé de tu madre y haré que se reúna contigo lo antes posible. -Le puso una mano en el hombro-. No deberías haber venido. Ni en 1985 ni ahora. Ha llegado la hora de que te des cuenta de que tu vida está en otra parte. -La soltó, miró alrededor e hizo una señal a Lo para que acercara el coche.
Contempló al Mercedes salir del recinto y luego volvió a su despacho donde, tan pronto hiciera las llamadas precisas para pedir la busca y captura de Sun y Quo, tendría que decidir cuánto tiempo podía esperar hasta ordenar la detención de Hu-lan y David.
Cuando Hu-lan, acalorada y exhausta, entró en la recepción de la oficina de David, encontró a Quo llorando.
Hu-lan abrazó a la joven, la consoló y la hizo pasar al despacho. David estaba sentado en el borde de la mesa mirando la televisión. Pearl Jenner, con un traje azul pastel, aparecía en pantalla con una expresión que combinaba indignación y complacencia. Disfrutaba de su recién ganada celebridad. Hablaba en inglés mientras una mujer traducía al chino.
– Pearl ha estado muy ocupada esta mañana -comentó David-. ¿Cuánto tardarán en venirnos a buscar para interrogarnos?
Había utilizado palabras suaves para lo que en Pekín podía ser un infierno, pero Hu-lan comprendió por su mirada que no se tomaba el asunto a la ligera. Antes de contestar tenía que saber en qué punto estaban. Quo seguía sollozando mientras David le explicaba los hechos. Había llegado al despacho y encontró a Quo llorando y leyendo el Diario del Pueblo. Al encender el televisor obtuvo más información. Los periodistas y la policía local había ido a la casa del gobernador Sun en Taiyuan y al apartamento de Pekín, pero no estaba en ninguno de los dos sitios. En el lapso de tiempo entre la salida de Hu-lan del ministerio y su llegada al despacho de David, el viceministro Zai había enviado a un portavoz para que anunciara que el gobernador Sun estaba en búsqueda y captura. Intentaría huir del país o tal vez ocultarse en el interior. Los ciudadanos estaban obligados a informar de la presencia de cualquier forastero a su Comité de Vecinos o a la policía local.
A continuación emitieron reportajes que mostraban a Sun en banquetes, cortando cintas en ferias comerciales y visitando campos cultivados seguido de campesinos. La voz del locutor informaba de sobornos y corrupción.
– Todo parecía de lo más inofensivo -dijo David-, pero entonces cambiaron las imágenes. De repente apareció Sun brindando con un hombre de aspecto occidental, posando junto a Henry delante de la fábrica Knight, y avanzando entre la multitud, estrechando manos como si fuera un candidato abriéndose paso hacia la Casa Blanca.
Al contrario que en Occidente, donde los periodistas tenían que utilizar la palabra “presunto” en relación con los delitos no probados, los reporteros chinos presentaban a Sun como enemigo del pueblo, un hombre que quería vender el país al postor más ruin y corrupto del planeta: Estados Unidos. Randall Craig de Tartan Enterprises y sus colaboradores habían salido del país (no se mencionó que habían ido a Singapur, un viaje que tenían previsto con antelación).
El gobierno prometía una inspección en las fábricas del coloso de Shenzhen.
David hizo una pausa cuando apareció en la pantalla una fotografía del visado de Henry Knight. Mientras el presentador hablaba, Hu-lan traducía:
– Acogimos a este hombre con los brazos abiertos, pero en cuanto llegó al país sobornó al gobernador Sun Gao y a otras personas. El gobierno sugiere que sea expulsado de inmediato. La embajada norteamericana no ha realizado ninguna declaración oficial referente a Knight y Tartan. Estados Unidos es una nación poderosa, pero la nuestra también lo es y no permitirá elementos indeseables en su territorio.
Pero la historia no terminaba allí. Quo Xue-sheng, ayudante, traductora y secretaria de David, aparecía con un vestido de noche ceñido bajando de una limusina.
– ¿La señorita Quo, hija de Quo Jing-sheng, es una víctima de las influencias extranjeras o una de las conspiradoras? No hemos podido obtener declaraciones de su padre, un destacado miembro del gobierno, ya que se encuentra de viaje por Estados Unidos.
En pocas palabras, los medios se reservaban su opinión sobre la señorita Quo. Tendrían que esperar un día, un mes, incluso un año antes de que el gobierno tomara una decisión sobre ella y su padre. Pero no era un consuelo para ella, que seguía llorando.
Tampoco faltaron las fotos tomadas varios meses atrás de David y Hu-lan bailando en el hotel Palace. Resultó más sorprendente una imagen de la noche anterior de Hu-lan y David bajando del Mercedes, delante del hotel Beijing. Uno de los cámaras que estaba allí grabando la llegada de los invitados a algún banquete de bodas, seguramente había abierto el periódico matutino y recordado a la pareja de distinta raza de la noche anterior. Lo más probable es que se apresurara a encontrarlos en la cinta y acudir a los estudios de la televisión esperando alguna retribución. Sin embargo, el locutor dio al vídeo una interpretación más siniestra e informó que sus cámaras habían descubierto a Hu-lan y David mientras acudían a una reunión clandestina con Henry Knight y el gobernador Sun.
Hu-lan supuso que el puñado de personas que habían asistido al banquete confiaban en que las cámaras no hubieran registrado su presencia, que el resto de las imágenes no salieran a la luz y que sus nombres no se vieran mezclados en aquel embrollo.
De nuevo salió a la superficie lo bueno y lo malo de la familia de Hu-lan. Los reporteros insinuaban que ella había sido tentada por Occidente, por David y por el gobernador Sun, que era de la misma generación que su padre. La conclusión lógica era que si Sun y el padre de Hu-lan eran amigos, ambos debían ser igualmente malvados. Si eran corruptos, Hu-lan también tenía que serlo. No se trataba de qué era lo falso, sino de qué parte si es que había alguna, era verdad.
– ¿De dónde habrán sacado eso? -dijo David cuando Hu-lan acabó de traducir.
– No podrían emitirlo sin autorización de las altas esferas.
– Pero no entiendo por qué tanto antiamericanismo.
Hu-lan miró a David sorprendida. ¿Qué pensaba que era aquel país?
David intentó aclarar a qué se refería.
– Tenía entendido que se aceptaba cualquier cosa por el bien del país, que había que mantener las relaciones comerciales con países extranjeros a cualquier precio.
A Hu-lan el cansancio le estaba agotando la paciencia.
– Con China y Estados unidos siempre es la misma historia. Tan pronto son amigos como enemigos. Tiene poco que ver con nosotros o incluso con la realidad.
David recordó la alharaca anual de su país sobre si conceder o no a China el status de país favorecido y los continuos conflictos sobre los derechos humanos, al mismo tiempo que invertían miles de millones de dólares. Estos pensamientos le recordaron la conversación con Pesar Jenner en el bar de Shanxi Grand Hotel. El trabajo del que ella había hablado -la fabricación de juguetes, de chips de ordenadores, de ropa-, todo seguía igual, aunque los políticos americanos se rasgaran las vestiduras por las tácticas comerciales chinas, la venta de tecnología nuclear a países no alineados y los intentos por influir en las elecciones estadounidenses. Formaba parte de la mentalidad norteamericana no ver los grises en el gran cuadro.