—Os digo que esto es una pérdida de tiempo —se quejó otra voz, que parecía la de un goblin, en el idioma común—. No puede haber nadie vivo entre estas ruinas.
—Cuéntale eso al Señor del Dragón, miserable comedor de perros —le reprendió el draconiano—. Estoy convencido que su señoría estará interesado en tu opinión. O, más bien su dragón será el que esté encantado. Ya conocéis las órdenes. Ahora, cavad.
Se oyeron arañazos y ruidos, el sonido de las piedras al ser apartadas. A través de las grietas comenzaron a caer riachuelos de polvo y suciedad. La enorme viga tembló ligeramente pero se sostuvo.
Los compañeros se miraron unos a otros, casi conteniendo la respiración, recordando todos ellos los extraños draconianos que habían atacado la posada. «Alguien nos está acechando», había dicho Raistlin.
—¿Qué es lo que buscamos entre estos cascajos? —croó un goblin en su idioma—. ¿Plata, joyas?
Tanis y Caramon, que hablaban un poco el idioma goblin, se esforzaban por escuchar lo que decían.
—¡Qué va! —dijo el primer goblin, el que había protestado por las órdenes—. Unos espías o algo así a los que quiere interrogar personalmente el Señor del Dragón.
—¿Aquí debajo?
—¡Eso es lo que he dicho —le espetó su compañero. El hombre-reptil dijo que los tenían apresados en la posada cuando el dragón atacó. Dijo que ninguno de ellos escapó, por tanto el Señor del Dragón imagina que deben seguir aquí. Si me lo preguntas a mí, creo que los dracos se equivocaron y nosotros tenemos que pagar sus faltas.
Los ruidos de gente cavando y el movimiento de rocas aumentaron, así como el sonido de las voces de los goblins, silenciadas de vez en cuando por una dura orden en la voz gutural de los draconianos.
«¡Debe haber, como mínimo, cincuenta de ellos allá arriba!», pensó Tanis aturdido.
Riverwind sacó su espada del agua y comenzó a secarla cuidadosamente. Caramon, con expresión sombría, soltó a Tika y buscó la suya. Tanis no tenía armas, por lo que Riverwind le pasó su daga. Tika también desenvainó la suya, pero Tanis negó con la cabeza. Iban a luchar prácticamente cuerpo a cuerpo y Tika necesitaba mucho espacio para manejar el arma. El semielfo miró a Raistlin interrogativamente.
El mago comprendió.
—Lo intentaré, Tanis, pero estoy muy fatigado. Muy fatigado. Y no puedo pensar, no puedo concentrarme —bajó la cabeza, temblando violentamente y haciendo inmensos esfuerzos por no toser.
«Un solo encantamiento acabaría con él si consiguiera formularlo. No obstante puede que tenga más suerte que el resto de nosotros. Por lo menos no lo apresarán vivo», pensó Tanis.
Los ruidos provenientes del exterior sonaban cada vez más altos. Los goblins eran trabajadores fuertes e incansables. Querían acabar rápido con la tarea, para poder continuar saqueando Tarsis. Los compañeros aguardaban en siniestro silencio. Comenzaron a caer sobre ellos cascajos, pedazos de roca y agua de lluvia, que se filtraban entre las, cada vez, más numerosas grietas. Apretaron las empuñaduras de sus armas. Podían ser descubiertos en cuestión de minutos.
Pero, de pronto, percibieron nuevos sonidos. Oyeron a los goblins chillar aterrorizados y a los draconianos gritándoles, ordenándoles que volvieran al trabajo. Escucharon los ruidos de los picos y las palas cayendo sobre las rocas, y luego las maldiciones de los draconianos intentando detener lo que aparentemente parecía una auténtica revuelta goblin a gran escala.
Y sobre el alboroto de los atemorizados goblins, sonó una elevada, clara y aguda llamada, contestada por otra más distante. Era como el grito de un águila cerniéndose sobre las praderas al anochecer. Pero en esta ocasión sonaba justo sobre sus cabezas.
Se oyó un alarido; esta vez de un draconiano. Después el sonido de algo desgarrándose, como si el cuerpo de la criatura estuviese siendo partido en dos. Más gritos, el repiqueteo del acero, otra llamada y otra respuesta, ésta última mucho más cercana.
—¿Qué está sucediendo? —preguntó Caramon con los ojos abiertos de par en par—. No es un dragón. Suena como... ¡como una gigantesca ave de presa!
—¡Sea lo que sea, está destrozando en pedazos a los draconianos! —exclamó Goldmoon horrorizada. Súbitamente dejaron de oírse toda clase de ruidos, originándose un silencio angustioso. ¿Qué nuevo mal venía a sustituir al antiguo?
Después se oyó como rocas y piedras, cascajos y maderas eran levantados y arrojados a la calle. ¡Quien quiera que estuviese arriba estaba intentando llegar a ellos!
—Ha devorado a todos los draconianos —susurró Caramon ásperamente ¡y ahora viene por nosotros!
Tika palideció como un muerto, agarrándose al brazo de Caramon. Goldmoon dio un leve respingo e incluso Riverwind pareció perder su habitual compostura estoica, mirando hacia arriba con inquietud.
—Caramon —murmuró Raistlin temblando—. ¡Cállate!
Tanis se sintió inclinado a coincidir con el mago.
—Nos estamos asustando unos a otros por na... —comenzó a decir.
De pronto se oyó un estrepitoso sonido. Comenzaron a caer piedras, escombros y maderas a su alrededor. Todos corrieron a protegerse mientras una inmensa pata con garras atravesó las ruinas, reluciendo a la luz del bastón de Raistlin.
Buscando inútilmente refugio bajo las vigas rotas o bajo los barriles de cerveza, los compañeros contemplaron sobrecogidos cómo la gigantesca garra se libraba de los cascajos y se retiraba, dejando tras ella un amplio agujero.
Todo estaba en silencio. Durante unos minutos ninguno de los compañeros osó moverse. Pero nada rompía aquel silencio.
—Ésta es nuestra oportunidad —susurró Tanis —. Caramon, echa un vistazo a ver que hay ahí arriba.
Pero el inmenso guerrero ya había comenzado a salir de su escondite, avanzando como podía por el suelo cubierto de cascotes y pedruscos. Riverwind lo siguió con la espada desenvainada.
—No hay nadie —dijo Caramon asombrado al mirar arriba.
Tanis, sintiéndose desnudo sin su espada, se acercó al boquete abierto en el techo y alzó la mirada. En ese preciso instante, ante su sorpresa, una oscura figura apareció ante ellos, perfilándose contra el ardiente cielo. Tras la figura se alzaba una inmensa bestia. Entrevieron la cabeza de una gigantesca águila cuyos ojos relucían a la luz de las llamas y cuyo pico curvo brillaba rojizo por el fuego.
Los compañeros retrocedieron, pero el personaje, obviamente, ya los había visto. Dio un paso adelante. Riverwind recordó, demasiado tarde, su arco. Caramon sujetó a Tika firmemente con una mano, mientras sostenía su espada con la otra.
El personaje, no obstante, se arrodilló lentamente cerca del borde del agujero, procurando no pisar las piedras flojas, y se sacó la capucha que cubría su cabeza.
—Nos encontramos de nuevo, Tanis Semielfo —dijo una voz tan pura, fría y distante como las estrellas.
8
Escapada de Tarsis. La historia de los Orbes de los Dragones.
Los dragones batían sus alas coriáceas sobre la consumida ciudad de Tarsis, mientras los ejércitos de draconianos invadían sus calles para tomar posesión de ella. El trabajo de los dragones había concluido. El Señor del Dragón pronto los llamaría de vuelta, manteniéndolos alerta para el próximo ataque. Pero de momento podían relajarse, elevarse sobre las calientes corrientes de aire que ascendían de la ardiente ciudad y disparar a los pocos humanos suficientemente locos para abandonar sus escondites. Los dragones rojos fluctuaban en el cielo, manteniendo el vuelo de formación, planeando y zambulléndose en una rotante danza de muerte.
En esos momentos no existía en Krynn poder alguno capaz de detenerlos. Ellos lo sabían, y se complacían en su victoria. Pero, de vez en cuando, sucedía algo que interrumpía su danza. Por ejemplo, uno de los jefes de vuelo, un joven dragón macho, recibió noticia de una lucha entablada cerca de las ruinas de una posada. Dirigió su vuelo hacia ese lugar, murmurando para sí sobre la ineficacia de los comandantes de tropa. No obstante, ¿qué se podía esperar cuando el Señor del Dragón era un goblin engreído sin suficiente coraje para contemplar la toma de una débil ciudad como Tarsis?