Lo único que Tanis recordaba vivamente había ocurrido durante la segunda noche del viaje. El pequeño grupo se hallaba acurrucado alrededor del fuego en una húmeda y lóbrega gruta, y Tanis les estaba relatando el descubrimiento del kender en la biblioteca de Tarsis. Al mencionar los Orbes de los Dragones, los ojos de Raistlin centellearon y su huesudo rostro se iluminó intensamente.
—¿Orbes de Dragones? —repitió en voz baja.
—Pensé que quizás sabrías algo sobre ellos —dijo Tanis —. ¿Qué son?
Raistlin no respondió inmediatamente. Envuelto en su propia capa y en la de su hermano, se hallaba a muy poca distancia del fuego y, sin embargo, temblaba de frío. Los dorados ojos del mago contemplaron a Alhana, quien se hallaba sentada a cierta distancia del grupo, dignándose compartir la cueva, pero no la conversación. No obstante, ahora parecía haber ladeado la cabeza para atender a lo que se decía.
—Dijiste que uno de los Orbes de los Dragones estaba en Silvanesti —susurró el mago mirando a Tanis —. Seguramente no es a mí a quien corresponde preguntar.
—Sé poco sobre él—dijo Alhana, volviendo su pálido rostro hacia el fuego—. Lo conservamos como una reliquia de tiempos pasados, como algo curioso. ¿A quién se le hubiera ocurrido pensar que los humanos provocarían el regreso de los dragones a Krynn?
Antes de que Raistlin pudiera responder, Riverwind habló con furia.
—¡No tienes ninguna prueba de que hayan sido los humanos!
Alhana lanzó al bárbaro una mirada imperativa. Ni siquiera se dignó contestarle, considerando que discutir con un bárbaro significaba rebajarse.
Tanis suspiró. A Riverwind le resultaba difícil confiar en los elfos. Le había costado tiempo fiarse de Tanis, y mucho más aún confiar en Gilthanas y Laurana. Ahora, cuando Riverwind parecía comenzar a superar esos heredados prejuicios, Alhana, con los mismos criterios, le infligía nuevas heridas.
—Bien, Raistlin —dijo Tanis serenamente—, cuéntanos lo que tú sepas sobre los Orbes de los Dragones.
—Trae mi bebida, Caramon —ordenó el mago. El guerrero le trajo una taza de agua caliente en la que Raistlin echó unas hierbas. Un olor acre y extraño llenó la cueva. Tras probar la pócima, el mago siguió hablando—. Durante la Era de los Sueños, cuando los de mi Orden eran respetados y reverenciados en todo Krynn, había cinco Torres de la Alta Hechicería.
Al mago le falló la voz, como si a su mente acudiesen recuerdos penosos. Su hermano estaba sentado con la mirada fija en el suelo y el semblante severo. Tanis, viendo una sombra cernirse sobre los gemelos, se preguntó, una vez más, qué habría ocurrido en las torres de la Alta Hechicería para cambiar drásticamente sus vidas. Sabía que era inútil preguntar. A ambos se les había prohibido hablar de ello.
Antes de seguir adelante, Raistlin hizo una pausa y respiró hondamente.
—Cuando sobrevino la Segunda Guerra de los Dragones, los superiores de mi orden se reunieron en la mayor de las torres —la torre de Palanthas—, y crearon los Orbes de los Dragones.
Súbitamente los ojos de Raistlin se desorbitaron, su voz susurrante cesó durante un momento y cuando volvió a hablar, fue como si contara algo que su mente estuviese reviviendo. Su voz no era la misma, sonaba más fuerte, más profunda, más clara. Ya no tosía. Caramon lo miró asombrado.
«Los primeros en entrar en la sala de lo alto de la torre fueron los de la orden de la Túnica Blanca, cuando la luna plateada, Solinari, comenzó a elevarse en el cielo. Luego, cuando ascendió Lunitari, sangrante, llegaron los de la Túnica Roja. Finalmente la negra esfera, Nutari, una mancha oscura entre las estrellas, pudo ser vista por aquellos que la buscaron, y los de la Túnica Negra entraron en la habitación.»
«Fue un momento histórico excepcional, en el que la enemistad existente entre las diferentes órdenes fue suprimida. Sólo volvería a repetirse algo semejante una vez más, cuando los magos volvieron a reunirse con ocasión de las Batallas Perdidas, aunque eso no podía preverse entonces. Lo único que sabían era que debían acabar con el mal existente, pues comprendían que uno de los objetivos de aquella fuerza maligna era destruir toda la magia del mundo a parte de la suya propia. Varios de los Túnicas Negras estuvieron a punto de aliarse con ese inmenso poder—Tanis vio que los ojos de Raistlin centelleaban—, pero pronto se dieron cuenta de que no serían maestros, sino esclavos. Y así, una noche en que las tres lunas estaban llenas, nacieron los Orbes de los Dragones.»
—¿Tres lunas? —preguntó Tanis extrañado, pero Raistlin no lo oyó y continuó hablando con aquella voz que no era la suya.
«Aquella noche reinó una magia grande y poderosa, tan poderosa que muchos de los hechiceros acabaron desplomándose inconscientes al haber agotado su resistencia física y mental. Pero a la mañana siguiente había cinco Orbes de Dragones, cada uno de ellos sobre un pedestal, reluciendo ante la luz y oscureciendo con las sombras. Sólo dejaron uno en Palanthas, los otros cuatro fueron transportados con gran peligro al resto de las torres. Desde allí ayudarían a liberar al mundo de la Reina de la Oscuridad.»
La mirada febril de Raistlin desapareció, sus hombros cayeron con fatiga, su voz se hundió, y comenzó a toser intensamente. Los demás lo observaban asombrados.
Un momento después Tanis se aclaró la garganta.
—¿Qué es eso de tres lunas?
Raistlin alzó la mirada con esfuerzo.
—¿Tres lunas? —susurró —. No sé nada de tres lunas. ¿Qué estábamos discutiendo?
—Los Orbes de los Dragones. Nos contaste cómo habían sido creados. ¿Cómo es que tú...? —Tanis calló al ver que Raistlin se tendía en su jergón de hojas.
—No os he contado nada —dijo Raistlin irritado—. ¿De qué estás hablando?
Tanis miró a los demás. Riverwind sacudió la cabeza. Caramon se mordió el labio y retiró la mirada con una mueca de preocupación.
—Hablábamos de los Orbes de los Dragones —indicó Goldmoon—. Ibas a contamos lo que sabes sobre ellos.
—No sé mucho. Los Orbes fueron creados por los grandes magos. Sólo podían ser utilizados por los miembros más poderosos de la orden. Se decía que a aquellos cuya magia no fuera muy poderosa y quisieran manejarlos, les acontecería una gran catástrofe. A parte de esto, no sé nada más. Todo lo que se conocía sobre ellos dejó de saberse tras las Batallas Perdidas. Se dijo que dos fueron destruidos en la caída de las Torres de la Alta Hechicería, destrozados antes de que cayeran en manos del populacho. El conocimiento sobre los tres restantes murió con los antiguos hechiceros. —Raistlin dejó de hablar y tendiéndose de nuevo sobre el jergón, se quedó dormido.
—Las Batallas Perdidas... tres lunas, Raistlin hablando con una voz extraña. Nada de esto tiene sentido —murmuró Tanis.
—¡Y yo no me creo nada!—exclamó Riverwind con frialdad. Sacudiendo la manta de pieles, se dispuso a tenderse para dormir.
Cuando Tanis se disponía a seguir su ejemplo, vio a Alhana deslizarse entre las sombras de la gruta en dirección a Raistlin. La Princesa elfa contempló al mago dormido y se retorció las manos, nerviosa.
—¡Aquéllos cuya magia no fuera muy poderosa! —susurró temblorosa—. ¡Mi padre!
Tanis la miró, comprendiendo súbitamente.
—No pensarás que tu padre intentará manejar el Orbe.
—Me temo que sí. Dijo que él solo conseguiría luchar contra el mal y alejarlo de nuestras tierras. Seguro que se refería... —rápidamente se arrodilló junto a Raistlin y ordeno con ojos centelleantes: —¡Despertadlo! ¡Debo saberlo! ¡Despertadlo y hacerle decir de qué catástrofe se trata!