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—Bueno, sea lo que sea lo que les ha dicho, parece que ha funcionado, —de mala gana, envainó su espada. Derek, tras un instante de vacilación, bajó su arma pero no la guardó en la funda.

—Tomaremos en consideración vuestra historia —comenzó a decir torpemente en común el jefe elfo, pero se interrumpió al oír gritos y chillidos a cierta distancia.

Los compañeros vieron que unas oscuras sombras rodeaban la hoguera. El elfo miró hacia allí, aguardó hasta que se hizo el silencio, y luego se volvió al grupo de nuevo, en particular a Laurana, que se había inclinado sobre su hermano.

—Puede que hayamos actuado precipitadamente, pero cuando hayáis vivido aquí durante algún tiempo, lo comprenderéis.

—¡Nunca llegaré a entenderlo! —exclamó Laurana entre sollozos.

Un elfo apareció en la oscuridad.

—Humanos, señor —Laurana le escuchó informar en el idioma elfo—. Por su apariencia son marineros. Dicen que su barco ha sido atacado por un dragón y se ha estrellado en las rocas.

—¿Lo habéis comprobado?

—Encontramos restos del naufragio flotando en la orilla. Los humanos están exhaustos y medio ahogados, no han ofrecido ninguna resistencia. No creo que hayan mentido.

El jefe elfo se volvió hacia Laurana.

—Parece que vuestra historia es cierta —dijo, hablando una vez más en común—. Me han informado que los humanos capturados son marineros. No os preocupéis por ellos. Desde luego los haremos prisioneros. No podemos permitir que los humanos ronden esta isla, con todos los problemas que tenemos. Pero los trataremos bien. No somos goblins—añadió agriamente—. Lamento haber golpeado a vuestro amigo...

—Hermano —replicó Laurana—. E hijo menor del Orador de los Soles. Soy Lauralanthalasa, y él es Gilthanas. Somos de la casa real de Qualinesti.

El elfo pareció palidecer al oír las noticias, pero inmediatamente recuperó la serenidad.

—Vuestro hermano será bien atendido. Haré llamar a un sanador ...

—¡No necesitamos a vuestro sanador! —dijo Laurana—. Ese hombre... —explicó señalando a Elistan— es clérigo de Paladine. El ayudará a mi hermano...

—¿Un humano? —preguntó el elfo en tono incrédulo.

—¡Sí, un humano! —chilló Laurana con impaciencia—. ¡Los elfos han golpeado a mi hermano! y recurro a los humanos para que lo curen. Elistan...

El clérigo dio un paso hacia adelante pero, a una señal de su cabecilla, varios elfos lo sujetaron rápidamente, inmovilizándolo. Sturm se dispuso a acudir en su ayuda, pero Elistan lo detuvo con un gesto, mirando a Laurana intencionadamente. El caballero retrocedió, comprendiendo el silencioso mensaje de Elistan. Sus vidas dependían de la elfa.

—¡Soltadlo! —ordenó Laurana—. ¡Dejadle ayudar a mi hermano!

—No puedo creer que sea un clérigo de Paladine, princesa Laurana —dijo el elfo—. Todos sabemos que los clérigos desaparecieron de Krynn cuando los antiguos dioses nos abandonaron. No sé quién es este charlatán ni cómo ha conseguido que le creyerais, pero no permitiré que este humano ponga sus manos sobre un elfo.

—¿Ni siquiera sobre un elfo enemigo?

—Ni aunque hubiera matado a mi propio padre y ahora, princesa Laurana, debo hablar con vos en privado para intentar explicaros lo que está sucediendo en Ergoth del Sur.

Al ver titubear a Laurana, Elistan dijo:

—Ve, querida. Eres nuestra única posibilidad de salvación. Yo me quedaré junto a Gilthanas.

—Muy bien —dijo Laurana incorporándose. Con expresión pálida se alejó del grupo con el elfo

—Esto no me gusta nada —dijo Derek frunciendo el entrecejo—. Les explicó demasiado cosas sobre el Orbe, y no hubiera debido hacerlo.

—Nos oyeron hablar de él—respondió Sturm fatigado.

—Sí, ¡Pero les dijo dónde estaba! No confío en ella... ni en su gente. ¿Quién sabe qué tipo de trato estarán haciendo...?

—¡Esto ya es demasiado! —rechinó una voz.

Ambos hombres se volvieron sorprendidos y descubrieron a Flint poniéndose en pie. Aunque sus dientes aun castañeaban, el enano le dirigió a Derek una helada mirada.

—Estoy com..completamente harto d...de ti, señor Su..supremo y Poderoso —el enano apretó los dientes para que dejaran de castañear el tiempo suficiente para poder hablar.

Sturm se dispuso a intervenir, pero el enano lo apartó a un lado para enfrentarse a Derek. La imagen era bastante cómica, y Sturm la recordó a menudo con una sonrisa. ¿Podría en alguna ocasión explicársela a Tanis? Flint, con su larga barba blanca empapada y desgreñada, con las ropas goteando, formando charcos a sus pies, y llegándole a Derek sólo a la altura del cinturón, regañó al alto y orgulloso caballero solámnico como podría haber regañado a Tasslehoff.

—¡Vosotros , los caballeros, habéis vivido tanto tiempo protegidos por las espadas y las armaduras que vuestros cerebros se han convertido en una masa amorfa! —profirió el enano—. Si es que alguna vez habéis tenido cerebro, cosa que dudo. He visto a esa muchacha pasar de ser una joven mimada, a convertirse en la bella mujer que es ahora y te digo que no existe persona más noble y valiente en todo Krynn. Lo que no puedes tolerar es que acabe de salvar tu pellejo. ¡Eso no puedes soportarlo!

El rostro de Derek enrojeció bajo la luz de las antorchas.

—No necesito que los enanos ni los elfos me defiendan... —comenzaba a decir Derek cuando Laurana regresó corriendo con ojos relampagueantes.

—¡Cómo si el mal no fuera ya suficiente, lo encuentro extendido entre los de mi propia raza! —murmuró la elfa con los labios apretados.

—¿Qué sucede? —preguntó Sturm.

—La situación es la siguiente: En estos momentos hay tres razas de elfos viviendo en Ergoth del Sur...

—¿Tres razas? —interrumpió Tasslehoff mirando a Laurana con profundo interés—. ¿Cuál es la tercera raza? ¿De dónde vienen? ¿Podría verlos? Nunca había oído...

Aquello era demasiado para Laurana.

—Tas, ve a quedarte con Gilthanas y dile a Elistan que venga —dijo en tono severo.

—Pero...

Sturm le dio al kender un empujón.

—Ve —le ordenó.

Tasslehoff, dolido, se dirigió desconsolado hasta donde se encontraba Gilthanas. El kender se dejó caer sobre la arena haciendo mohines. Antes de reunirse con los demás, Elistan le dio unos golpecillos en el hombro.

—Los elfos Kalanesti, conocidos en el idioma común como los Elfos Salvajes, son la tercera raza —prosiguió Laurana—. Lucharon a nuestro lado durante las guerras de Kinslayer. Como recompensa por su lealtad, Kith-Kanan les otorgó las montañas de Ergoth —eso fue antes de que Qualinesti y Ergoth quedaran divididos por el Cataclismo —. No me sorprende nada que nunca hayáis oído hablar de los Elfos Salvajes, o Elfos Limítrofes, como también se les llamaba. Son reservados y se mantienen apartados, son feroces luchadores que sirvieron bien a Kith-Kanan, pero nunca han amado las ciudades. Se mezclaron con los Druidas y aprendieron de su saber. También recuperaron las costumbres de los antiguos elfos. Mi gente los considera unos bárbaros —tal como vuestra gente considera bárbaros a las razas de las Llanuras.

—Hace algunos meses, cuando los Silvanesti se vieron obligados a dejar su antiguo hogar, se refugiaron aquí, pidiendo la aprobación de los Kalanesti para morar temporalmente en estas tierras. Luego llegó mi gente, los Qualinesti. De esta forma, una raza que había estado separada durante tantos cientos de años, ha acabado reuniéndose.

—No veo la importancia que esto pueda tener... —interrumpió Derek.

—Acabarás comprendiéndolo, ya que nuestras vidas dependen, en parte, de la comprensión de lo que está ocurriendo en esta triste isla... —a la elfa le falló la voz. Elistan se acercó a ella y la rodeó con el brazo intentando reconfortarla.

—Todo empezó bastante pacíficamente. Después de todo, las dos razas exiliadas tenían mucho en común —ambas habían tenido que abandonar su amada tierra natal debido al mal reinante en el mundo—. Establecieron sus hogares en la isla; los Silvanesti en la costa oeste y los Qualinesti en la este. Ambas costas están separadas por un estrecho conocido con el nombre de Thon-Tsalarian, que en Kalanesti significa «río de los Muertos». Los Kalanesti viven en las praderas que hay al norte del río. Al principio tanto los Silvanesti como los Qualinesti intentaron iniciar una relación amistosa entre ellos, pero pronto empezaron los problemas, ya que ambas familias de elfos no pudieron convivir ni siquiera después de cientos de años, sin que los viejos odios y diferencias salieran a la luz —Laurana cerró un instante los ojos—. El río de los Muertos bien podría llamarse Thon-Tsararoth, río de la Muerte.