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Silvara, notando el escrutinio de Laurana, enrojeció avergonzada.

—Me escapé de los Silvanesti, señora, cuando os trajeron a esta parte de la isla.

—Laurana. Por favor, pequeña, llámame Laurana.

—Laurana —corrigió Silvara aún colorada—. Regresé para preguntaros si podéis llevarme con vos cuando partáis.

—¿Partir? Yo no me voy...

—¿Ah, no?

—No... no lo sé —respondió Laurana confusa.

—Puedo seros de utilidad. Conozco un camino entre las montañas para llegar al puesto de avanzada de los Caballeros, donde los barcos de alas blancas se hacen a la mar. Os ayudaré a dejar la isla.

—¿Por qué harías eso por nosotros? —le preguntó Laurana—. Lo siento, Silvara, no pretendo ser suspicaz, pero no nos conoces, y lo que propones es muy peligroso. Seguramente podrías escapar más fácilmente si te fueras sola

—Sé que lleváis con vosotros el Orbe de los Dragones —susurró Silvara.

—¿Cómo lo sabes?

—Oí a los Silvanesti comentarlo cuando os dejaron en el río.

—¿Y cómo sabías lo que era?

—Mi... gente sabe historias... sobre él. Sé que es importante para poner fin a esta guerra. Vuestra gente y los elfos de Silvanesti regresarán entonces a sus hogares y dejarán vivir en paz a los Kalanesti. Esta es una de las razones y... —Silvara se quedó callada durante un instante, y después habló tan bajo que Laurana a duras penas consiguió oírla —. Eres la primera persona que encuentro que conoce el significado de mi nombre.

Laurana la miró atónita. La muchacha parecía sincera, pero no la creía. ¿Por qué iba a arriesgar su vida para ayudarles? Tal vez fuera una espía de los Silvanesti, enviada para conseguir el Orbe. Parecía poco probable, pero cosas más extrañas...

Laurana intentó pensar. ¿Podían confiar en Silvara? ¿Podría ella ayudarles a salir de la isla? Aparentemente no tenían elección. Si tenían que internarse en las montañas, deberían atravesar las tierras de los Kalanesti. La ayuda de Silvara podía resultar muy valiosa.

—Debo hablar con Elistan —dijo Laurana—. ¿Podrías traerlo hasta aquí?

—No habrá necesidad, Laurana —respondió Silvara—. Ha estado esperando aquí fuera a que despertaras.

—¿Y los demás? ¿Dónde está el resto de mis amigos?

—Gilthanas está en la casa de vuestro padre, por supuesto, —¿era imaginación de Laurana, o en verdad Silvara se había sonrojado al pronunciar ese nombre ?—. A los demás se les ha instalado en las dependencias para invitados.

Silvara se alejó de su lado. Caminando de puntillas por la habitación, se dirigió hacia la puerta, la abrió e hizo una señal.

—¿Laurana?

—¡Elistan! —Laurana se lanzó a los brazos del clérigo. Posando la cabeza sobre su pecho, la muchacha cerró los ojos, sintiendo que los fuertes brazos de Elistan la abrazaban con ternura. Entonces tuvo la sensación de que todo iba a ir bien, Elistan se encargaría de todo, él sabría qué hacer

—¿Te encuentras mejor? —le preguntó el clérigo—. Tu padre...

—Sí, ya lo sé. —Laurana lo interrumpió. Sentía una dolorosa punzada en el corazón cada vez que alguien mencionaba a su padre —. Tienes que decidir qué es lo que hemos de hacer, Elistan. Silvara se ha ofrecido a ayudarnos a escapar. Podríamos partir esta noche y llevarnos el Orbe.

—Si esto es lo que quieres hacer, querida, no deberías perder más tiempo —dijo Elistan tomando asiento a su lado.

Laurana parpadeó.

—Elistan, ¿qué quieres decir? Debes venir con nosotros...

—No, Laurana —dijo Elistan tomando la mano de la elfa entre las suyas—. Si haces esto, tendrás que hacerla tú sola. He solicitado la ayuda de Paladine, y debo quedarme aquí, con los elfos. Creo que si me quedo, podré convencer a tu padre de que soy un clérigo de los verdaderos dioses. Si me voy, siempre creerá que soy un charlatán, como dice tu hermano.

—¿Y qué ocurrirá con el Orbe de los Dragones?

—Eso depende de ti, Laurana. En esto los elfos se equivocan. Seguramente llegará el día en que lo comprendan. Pero desgraciadamente no disponemos de siglos para convencerlos. Creo que deberías llevar el Orbe a Sancrist.

—¿Yo? —Laurana dio un respingo—. ¡No puedo!

—Querida —dijo Elistan con firmeza—, debes comprender que si tomas esta decisión, la carga del mando recaerá sobre ti. Sturm y Derek están demasiado ocupados en su propia discusión y, además, son humanos. Tendréis que tratar con elfos; con los tuyos y con los Kalanesti. Gilthanas está del lado de tu padre. Eres la única que tiene probabilidades de conseguirlo.

—Pero no soy capaz...

—Eres mucho más capaz de lo que tú crees, Laurana. Tal vez, todo lo que has pasado hasta ahora haya sido una preparación para esto. No debes perder más tiempo. Adiós, querida —Elistan se puso en pie y posó su mano sobre la cabeza de Laurana—. Que la bendición de Paladine, y la mía propia, te acompañen.

—¡Elistan! —susurró Laurana, pero el clérigo se había ido. Silvara cerró cuidadosamente la puerta.

Laurana volvió a tenderse en la cama, intentando pensar. «Elistan tiene razón. El Orbe de los Dragones no puede quedarse aquí. Y si tenemos que escapar, debe ser esta noche.¡Pero todo está sucediendo tan deprisa! ¡Y todo depende de mí! ¿Puedo confiar en Silvara? ¿Pero por qué preguntármelo? Ella es la única que puede guiarnos. Entonces todo lo que tengo que hacer es tomar el Orbe y la lanza, y liberar a mis amigos. Sé cómo conseguir los objetos pero, y mis amigos...

De pronto Laurana supo lo que debía hacer. Se dio cuenta de que, sin ser consciente de ello, lo había estado planeando, incluso mientras hablaba con Elistan.

«Esto me compromete», pensó. «No podré volverme atrás. Robar el Orbe, huir en la oscuridad de la noche en un país extraño y hostil... Y, además, está Gilthanas. Hemos pasado muchas cosas juntos para que ahora lo deje atrás. Pero a él la idea de robar el Orbe y huir le aterrará. Y si elige no acompañarme, ¿sería capaz de traicionarnos?

Laurana cerró los ojos por un instante, sintiéndose muy fatigada. «Tanis, ¿dónde estás? ¿Qué debo hacer? ¿Por qué depende de mí? Yo no he elegido esto», se dijo a sí misma.

Y entonces recordó haber percibido en Tanis la misma preocupación y tristeza que ahora la invadía a ella.

«Tal vez Tanis se hiciera las mismas preguntas. Siempre pensé que era muy fuerte, y quizá estaba tan perdido y asustado como yo estoy ahora. Desde luego no me cabe la menor duda de que él se había sentido abandonado por los suyos y nosotros dependíamos de él, le gustara o no. Pero lo aceptaba. Hacía lo que creía correcto», siguió pensando Laurana.

—Y eso es lo que debo hacer yo.

Rápidamente, negándose a permitirse pensar nada más, Laurana alzó la cabeza y le hizo un gesto a Silvara para que se acercara.

Sturm paseaba de un lado a otro de la pequeña y tosca cabaña que se les había asignado, incapaz de conciliar el sueño. El enano estaba tumbado sobre una cama, roncando ruidosamente. Al otro lado de la habitación, Tasslehoff yacía hecho un ovillo, encadenado a la pata de la cama por el pie. Sturm suspiró. ¿Qué nuevos problemas podían surgir?

La velada había transcurrido de mal en peor. Después de que Laurana se hubiera desmayado, Sturm se había visto obligado a contener al furioso enano. Flint había prometido destrozar a Porthios en pedazos. Derek había declarado que se consideraba un prisionero retenido por el enemigo y, como tal, su deber era intentar escapar; más adelante regresaría con los caballeros para recuperar el Orbe de los Dragones por la fuerza. Tras esta declaración fue inmediatamente arrestado y escoltado por soldados y justo cuando Sturm acababa de conseguir que el enano se calmara, apareció un elfo noble y acusó a Tasslehoff de haberle robado la bolsa.

Ahora, vigilados por una guardia doble, eran los «invitados» del Orador de los Soles.