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—Ya lo sé —dijo suspirando. Volviendo la cabeza, miró hacia el campamento Qualinesti—. Yo era igual que ellos, Sturm. Mi bello y organizado mundo había girado tanto tiempo en torno a mí, que creí que yo era su centro. Corrí tras Tanis porque estaba segura de que podría conseguir que él me amara. ¿Por qué no iba a hacerlo? Todos los demás me amaban. Y entonces me di cuenta de que el universo no giraba en torno a mí. ¡Yo ni siquiera contaba para el mundo! Vi muerte y sufrimiento. Me vi obligada a matar para que no me mataran. Vi el verdadero amor. Amor como el de Riverwind y Goldmoon, el amor de los que están dispuestos a sacrificarlo todo, incluso la propia vida. Me sentí pequeña e insignificante. Y ahora eso es lo que me parece mi gente: pequeños e insignificantes. Yo pensaba que eran perfectos, pero ahora comprendo cómo se sentía Tanis... y por qué se fue.

Los botes de los Kalanesti habían llegado a la orilla. Silvara y Theros caminaron hacia allá para hablar con los elfos que los manejaban. A una señal de Theros, los compañeros salieron de las sombras de los árboles y se acercaron a la orilla —con las manos alejadas de las armas—, para que aquéllos pudieran verlos. Al principio pareció que no había esperanza alguna. Los elfos charlaban en su extraño y tosco dialecto, que la propia Laurana tenía dificultad en comprender. Aparentemente se negaban rotundamente a prestar cualquier tipo de ayuda al grupo.

De pronto se oyó un sonido de cuernos proveniente de los bosques que habían dejado atrás.. Gilthanas y Laurana se miraron el uno al otro alarmados. Theros señalaba coninsistencia al grupo con su dedo de plata, y luego se señalaba a sí mismo, golpeándose el pecho, como si diera su palabra de responder por los compañeros. Los cuernos sonaron una vez más. Silvara añadió sus propios ruegos. Finalmente, los Kalanesti accedieron, aunque con resquemor.

Los compañeros corrieron hacia el agua, todos ellos conscientes de que su ausencia había sido descubierta y de que la persecución había comenzado. Uno por uno, fueron entrando cuidadosamente en los botes, que no eran más que troncos vaciados. Todos, excepto Flint, quien gimió y se tiró al suelo, sacudiendo la cabeza y refunfuñando en el idioma de los enanos. Sturm lo miró preocupado, temiendo que se repitiera el incidente de Crystalmir, en el que el enano se había negado rotundamente a entrar en el bote. No obstante, esta vez fue Tasslehoff quien lo convenció, consiguiendo, finalmente, que el enano se pusiera en pie.

—Aún acabaremos haciendo de ti un marinero —dijo el kender alegremente, empujando a Flint por la espalda con su vara jupak.

—¡No lo haréis! ¡Y deja de empujarme con esa cosa!

Al llegar al agua se detuvo, jugueteando nervioso con un trozo de madera. Tas saltó dentro del bote y aguardó expectante con la mano extendida.

—¡Maldita sea, Flint, entra en el bote! —ordenó Theros.

—Dime sólo una cosa —suplicó el enano tragando saliva—. ¿Por qué lo llaman el río de los Muertos?

—Lo sabrás muy pronto —gruñó Theros, alargando su fuerte brazo, agarró al enano como si fuera una liviana pluma y lo dejó caer en el bote—. Vámonos —les dijo el herrero a los Elfos Salvajes, quienes ya habían sumergido los remos de madera en el agua.

Los botes , llevados por la corriente, avanzaron rápidamente río abajo, en dirección oeste. Los compañeros se acurrucaron en ellos para evitar que el frío viento azotara sus rostros y les cortara la respiración. No vieron signos de vida a lo largo de la costa sur, donde los Qualinesti habían construido su hogar. Pero Laurana vislumbró fugaces imágenes de oscuras siluetas que se asomaban entre los árboles de la costa norte. Entonces se dio cuenta de que los Kalanesti no eran tan ingenuos como parecían, ya que mantenían a sus primos bajo estrecha vigilancia, y se preguntó cuántos de ellos, que vivían como esclavos, eran, en realidad, espías. Su mirada se desvió hacia Silvara.

La corriente los transportó hacia una confluencia del río, donde se unían dos corrientes. Una fluía procedente del norte, la otra —la misma por la que se hallaban viajando—provenía del este. Ambas se unían formando un río más ancho que transcurría hacia el sur en dirección al mar. De pronto Theros señaló algo.

—Allí, enano, ahí tienes tu respuesta.

En el ramal del río que venía del norte había otro bote. Al principio creyeron que había perdido su anclaje, pues no pudieron ver a nadie dentro. Luego vieron que estaba demasiado sumergido en el agua para ir vacío. Los Elfos Salvajes disminuyeron la velocidad de sus propios botes, dirigiéndolos hacia aguas menos profundas. Allí los detuvieron e inclinaron las cabezas en respetuoso silencio.

Entonces Laurana comprendió:

—Un bote funerario —murmuró.

—Sí —dijo Theros contemplándolo con una mirada de tristeza. El bote pasó ante ellos, empujado por la corriente. En su interior pudieron ver el cuerpo de un joven Elfo Salvaje que, a juzgar por su ruda vestimenta de cuero, se trataba de un guerrero. Sus manos, dobladas sobre el pecho, sostenían una espada de hierro entre sus fríos dedos. A su lado había un arco y una aljaba con flechas. Sus ojos estaban cerrados en un pacífico sueño del que nunca despertaría.

—Ahora ya sabéis por qué se le llama Thon-Tsalarian, el río de los Muertos —dijo Silvara en su tono de voz bajo y musical—. Durante siglos, mi gente ha devuelto los muertos al mar del que procedemos. Esta antigua costumbre se ha convertido en un polémico asunto entre los Kalanesti y nuestros primos.

Su mirada se dirigió hacia Gilthanas y afirmó:

—Los vuestros consideran este rito una profanación del río. Han intentado obligarnos a no hacerlo más.

—Algún día el cuerpo que flote en el río será el de un Qualinesti o Silvanesti, con una flecha Kalanesti en el pecho —predijo Theros—. Y entonces comenzará la guerra.

—Creo que todos los elfos tendrán que enfrentarse a enemigos mucho más peligrosos. ¡Mirad! —exclamó señalando al difunto.

A los pies del guerrero muerto había un escudo, el escudo del enemigo contra el que había luchado. Reconociendo el símbolo trazado sobre el abollado escudo, Laurana contuvo la respiración.

—¡Un escudo draconiano!

El viaje por el Thon—Tsalarian fue largo y difícil, ya que el río era cada vez más rápido y caudaloso. Tuvieron incluso que darle un remo a Tas para que ayudara, pero al poco rato se le escurrió de las manos hasta el agua y él casi se cae al intentar recuperarlo. Agarrando a Tas por el cinturón, Derek lo empujó hacia el interior del bote, mientras los Kalanesti le indicaban por señas que si causaba más problemas, lo arrojarían al río.

Tasslehoff pronto comenzó a aburrirse y se asomó por la borda esperando ver algún pez.

—¡Oh, qué extraño! ¡Mirad! —exclamó, de repente, el kender.

Inclinándose más, metió su pequeña mano en el agua. Cuando la sacó estaba cubierta de una fina capa de plata y relucía bajo la temprana luz de la mañana.

—¡El agua brilla! Mira, Flint —le gritó al enano que viajaba en otro bote—. Mira el agua...

—No pienso hacerlo —dijo el enano con los dientes castañeándole. Flint remaba pese a que había algunas dudas: sobre su efectividad. Siguió negándose rotundamente a mirar hacia el agua.

—Tienes razón, kender—dijo Silvara sonriendo—. De hecho los Silvanesti llamaron a este río Thon-Sargon, que quiere decir «Camino de Plata». Es una pena que el clima sea tan malo. Cuando Solinari está llena, el río parece de plata fundida y es realmente bello.

—¿Cómo es eso? ¿Qué es lo que lo produce? —preguntó el kender, examinando con entusiasmo su reluciente mano.

—Nadie lo sabe, aunque entre los míos existe una leyenda... —Silvara se interrumpió bruscamente, enrojeciendo.

—¿Qué leyenda? —preguntó Gilthanas. El elfo estaba sentado frente a Silvara, quien se hallaba en la proa del bote. La forma de remar de Gilthanas no era mucho mejor que la de Flint, ya que el elfo estaba mucho más interesado en el rostro de la Elfa Salvaje que en su trabajo. Cada vez que Silvara alzaba la mirada, se lo encontraba mirándola. A medida que pasaban las horas se sentía cada vez más agitada y confundida.