—Suéltame —dijo Laurana con frialdad, mirando fijamente a la muchacha y sin mostrar enojo o temor en sus verdes ojos. Silvara la soltó, bajando la mirada.
Laurana caminó hasta el fondo de la gruta. No obstante, al bajar la mirada no vio nada que le resultara sospechoso. Había un montón de ramas, cortezas y madera chamuscada, algunas piedras, pero eso era todo. Si se trataba de una señal, era algo torpe. Laurana les dio una patada, esparciendo las piedras y las ramas. Luego se volvió y tomó a Silvara del brazo.
—Ya ves. Sea cual fuere el mensaje que les hayas dejado a tus amigos, será difícil leerlo.
Laurana estaba preparada para cualquier reacción de la muchacha —enfado o vergüenza al ser descubierta—, incluso esperaba que Silvara la atacara. Pero Silvara comenzó a temblar. Sus ojos, al mirar a Laurana, eran suplicantes, casi pesarosos. Por un momento Silvara intentó hablar, pero no pudo. Sacudiendo la cabeza, se soltó del apretón de Laurana y salió corriendo de la gruta.
—¡Apresúrate, Laurana! —gritó Theros.
—¡Ya voy! —respondió, volviendo la mirada hacia el montón de ramas y pedruscos. Pensó en tomarse un momento para volverlo a examinar, pero sabía que no podían entretenerse.
«Tal vez esté siendo demasiado suspicaz sin razón», pensó Laurana lanzando un suspiro mientras se apresuraba a salir de la gruta. Pero cuando ya habían comenzado a ascender por el sendero, se detuvo tan bruscamente que Theros, que caminaba en la retaguardia, tropezó con ella. El herrero la agarró del brazo, sosteniéndola.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—S...sí —respondió Laurana casi sin oírlo.
—Estás pálida. ¿Has visto algo?
—No. Estoy perfectamente —respondió, comenzando a trepar por el escarpado sendero de nuevo. ¡Qué estúpida había sido! ¡Qué estúpidos habían sido todos!
Una vez más pudo ver claramente en su mente a Silvara poniéndose en pie y dejando caer su capa sobre el Orbe de los Dragones que brillaba con aquella extraña luz.
Se disponía a interrogar a Silvara sobre su actitud cuando, de repente, algo interrumpió sus pensamientos. Una flecha voló por los aires y se clavó en un árbol tras pasar muy cerca de la cabeza de Derek.
—¡Elfos! ¡Al ataque, Brightblade! —gritó el caballero desenvainando la espada.
—¡No! —Laurana corrió hacia él, sujetándole el brazo—. No lucharemos! ¡No habrá matanzas!
—¡Estás loca! —chilló Derek. Enojado, deshaciéndose de ella, la empujó hacia Sturm.
Otra nueva flecha voló por los aires.
—¡Tiene razón! —rogó Silvara, retrocediendo—. No podemos luchar contra ellos. ¡Debemos llegar al desfiladero! allá podremos detenerlos.
Otra flecha, casi gastada, golpeó la cota de mallas que Derek llevaba sobre su túnica de cuero. Derek se la arrancó furioso.
—Su intención no es matar —añadió Laurana—. Si así fuera, ya estarías muerto. Debemos correr hacia el desfiladero. De todas formas no podemos luchar aquí —dijo señalando el bosque.
—Envaina tu espada, Derek —dijo Sturm desenvainando a suya—. O tendrás que luchar conmigo primero.
—Eres un cobarde, Brightblade —chilló Derek con voz temblorosa de rabia—. ¡Estás huyendo del enemigo!
—No. Estoy huyendo de mis amigos. Empieza a moverte, Crownguard, o los elfos encontrarán que han llegado tarde para hacerte prisionero.
Una cuarta flecha pasó volando, clavándose en un árbol cercano a Derek. El caballero, con el rostro desencajado por la furia, envainó su espada y volviéndose, comenzó a ascender por el sendero. Pero antes le lanzó a Sturm una mirada de enemistad tal, que Laurana se estremeció.
—Sturm... —comenzó a decir, pero el caballero la agarró del codo y la empujó hacia arriba con tal presteza que no pudo hablar. Treparon rápidamente. Tras ella, podía oír a Theros avanzar por la nieve, deteniéndose de vez en cuando para hacer rodar pedruscos montaña abajo. Al poco rato pareció como si toda la falda de la montaña estuviera deslizándose hacia abajo, y dejaron de volar las flechas.
—Pero esto es sólo momentáneo —gruñó el herrero alcanzando a Sturm y a Laurana—. No los detendrá por mucho tiempo.
Laurana no pudo responder. Sus pulmones ardían como el fuego. Veía estrellas azules y doradas ante sus ojos. Pero ella no era la única que sufría. También Sturm estaba sin aliento. Incluso el fuerte herrero resoplaba como un caballo. Al dar la vuelta a una roca, encontraron al enano de rodillas y Tasslehoff intentando vanamente levantarlo.
—Debemos... descansar dijo Laurana con la garganta dolorida. Se disponía a sentarse cuando dos manos firmes la agarraron.
—¡No! —dijo Silvara con urgencia—. ¡Aquí no! ¡Sólo un poco más! ¡Vamos! ¡Hay que seguir adelante!
La Elfa Salvaje empujó a Laurana hacia arriba. Sturm ayudó a Flint a ponerse en pie, mientras el enano gruñía y maldecía. Entre Theros y Sturm lo arrastraron por el sendero. Tasslehoff avanzaba tras ellos, demasiado cansado hasta para hablar.
Finalmente llegaron a la cima del desfiladero. Laurana se dejó caer sobre la nieve, sin importarle lo que pudiera ocurrirle. Los demás se sentaron junto a ella, todos excepto Silvara, que siguió mirando montaña abajo.
«¿De dónde sacará las fuerzas?», pensó Laurana. Pero se sentía demasiado exhausta para pensar. En ese momento estaba tan cansada que ni siquiera le preocupaba que los elfos les encontraran. Silvara se volvió hacia ellos.
—Debemos separarnos —dijo decidida.
Laurana la miró sin comprender.
—No —comenzó a decir Gilthanas, intentando ponerse en pie sin éxito.
—¡Escuchadme! —dijo Silvara apremiantemente, arrodillándose—. Los elfos están demasiado cerca. Seguro que nos alcanzan, y entonces deberemos luchar o rendirnos.
—Luchar —murmuró Derek.
—Hay una fórmula mejor —susurró Silvara—. Tú, caballero, deberás llevar el Orbe a Sancrist solo. Nosotros despistaremos a nuestros perseguidores.
Durante un momento nadie habló. Todos contemplaron silenciosamente a Silvara, considerando esta nueva posibilidad. Derek alzó la cabeza con los ojos relucientes. Laurana miró a Sturm alarmada.
—No creo que una sola persona deba cargar con tan grave responsabilidad —dijo Sturm jadeante—. Por lo menos deberíamos ir dos de nosotros...
—¿Te refieres a ti mismo, Brightblade? —preguntó Derek.
—Sí, desde luego, si alguien ha de ir debería ser Sturm —dijo Laurana.
—Puedo dibujar un mapa de las montañas —dijo Silvara—. El camino no es difícil. El puesto de avanzada de los Caballeros está solo a dos días de viaje de aquí.
—Pero no podemos volar —protestó Sturm—, ¿qué ocurrirá con nuestro rastro? Seguramente los elfos se darán cuenta de que nos hemos dividido.
—Una avalancha —sugirió Silvara—. Cuando Theros arrojó las rocas por la montaña me dio una idea.
Miró hacia arriba y los demás siguieron su mirada. Sobre ellos se alzaban picos cubiertos de nieve.
—Con mi magia puedo provocar una avalancha —dijo lentamente Gilthanas—. Borraré las huellas de todos.
—No del todo —previno Silvara—. Debemos permitir que las nuestras vuelvan a ser encontradas, aunque no de forma demasiado clara. Después de todo, nosotros queremos que nos sigan.
—¿Pero adónde iremos? —preguntó Laurana—. No tengo intención de vagar sin rumbo por la espesura.
—Conozco un..un lu..lugar —a Silvara le falló la voz y bajó la mirada al suelo—. Es secreto, sólo lo conoce mi gente. Os llevaré allí. Por favor, debemos apresuramos. ¡No tenemos mucho tiempo!
—Yo llevaré el Orbe a Sancrist —dijo Derek—, pero iré sólo. Sturm debería ir con vosotros. Necesitaréis un guerrero.
—Tenemos guerreros —dijo Laurana—. Theros, mi hermano, el enano. Yo misma ya he tenido experiencia en la batalla...
—Y yo —añadió Tasslehoff.