—Y el kender —añadió Laurana ceñuda—. Además, no llegará a correr la sangre.
Sus ojos captaron la expresión de preocupación de Sturm, se preguntó qué estaría pensando el caballero. Su voz se suavizó.
—Por supuesto la decisión debe tomarla Sturm. Debe hacer lo que mejor le parezca, pero yo creo que debería acompañar a Derek.
—Estoy de acuerdo —murmuró Flint—. Después de todo, seremos nosotros los que corramos mayor peligro. Estaremos más seguros sin el Orbe de los Dragones, porque, en definitiva, eso es lo que los elfos quieren.
—Sí —asintió Silvara—. Nosotros correremos menos peligro sin el Orbe. Seréis vosotros los que estaréis en una situación comprometida.
—Entonces estoy decidido —dijo Sturm—. Iré con Derek.
—¿Y si te ordeno que permanezcas con ellos? —preguntó Derek.
—No tienes ninguna autoridad sobre mí. ¿Lo has olvidado? Todavía no he sido nombrado caballero.
Se hizo un profundo silencio. Derek observó a Sturm fijamente.
—No, y si está en mis manos, ¡nunca lo serás!
Sturm se encogió, como si Derek le hubiera asestado un golpe físico. Luego se puso en pie, suspirando pesadamente.
Derek ya había comenzado a recoger sus cosas. Sturm se movió con más lentitud, pensativo. Laurana se levantó y se dirigió hacia él.
—Ten —le dijo rebuscando en su bolsa—. Necesitarás comida...
—Podrías venir con nosotros —dijo Sturm en voz baja mientras ella dividía las provisiones —. Tanis sabe que vamos a Sancrist. Seguramente irá hacia allá, si puede.
—Tienes razón —dijo Laurana con ojos relucientes—. Tal vez sea una buena idea pero...—Su mirada se desvió hacia Silvara. La Elfa Salvaje sostenía el Orbe todavía envuelto en la capa. Los ojos de Silvara estaban cerrados, casi como si estuviera comunicándose con algún espíritu invisible. Suspirando, Laurana negó con la cabeza.
—No, debo quedarme con ella, Sturm. Algo va mal. No comprendo... —se interrumpió, incapaz de articular sus pensamientos—. ¿Qué ocurre con Derek? ¿Por qué insiste tanto en viajar solo? El enano tiene razón. Si los elfos os capturan sin estar nosotros, no dudarán en mataros.
La expresión de Sturm era sombría.
—¿Cómo puedes preguntar? El gran Derek Crownguard regresa solo tras pasar terribles peligros, llevando con él el codiciado Orbe... —Sturm se encogió de hombros.
—Pero hay mucho en juego —protestó Laurana.
—Tienes razón, Laurana —dijo Sturm agriamente—. Hay mucho en juego. Más de lo que tú sabes... el liderazgo de los Caballeros de Solamnia... No puedo explicártelo ahora...
—Vamos, Brightblade, ¡si es que vienes! —gruñó Derek.
Sturm tomó la comida y la metió en su bolsa.
—Adiós, Laurana—dijo inclinando la cabeza con la silenciosa caballerosidad con la que marcaba todos sus actos.
—Adiós, Sturm, amigo mío —susurró ella, rodeando al caballero con sus brazos.
Él la abrazó y luego la besó gentilmente en la frente.
—Llevaremos este extraño objeto a los sabios para que lo estudien. El Consejo de la Piedra Blanca se reunirá pronto, —dijo—. Los elfos serán invitados a asistir, ya que sonmiembros consultivos. Debes venir a Sancrist tan pronto como puedas, Laurana. Necesitaremos tu presencia.
—Estaré allí, si la voluntad de los dioses lo permite —dijo Laurana, desviando la mirada hacia Silvara, que estaba entregándole a Derek el Orbe de los Dragones. Una inmensa expresión de alivio apareció en el rostro de la muchacha cuando Derek se volvió para marchar.
Sturm se despidió y luego avanzó por la nieve tras Derek. Los compañeros vieron relucir un destello de luz cuando un rayo de sol iluminó su escudo.
De pronto Laurana dio un paso hacia adelante.
—¡Esperad! —gritó—. Debo detenerlos. También deberían llevarse la dragonlance.
—¡No! —chilló Silvara, corriendo para bloquear el paso a Laurana.
Ésta, enojada, alzó el brazo para empujar a la muchacha a un lado, pero al ver el rostro de Silvara, su mano se detuvo.
—¿Qué estás haciendo, Silvara? —preguntó Laurana—. ¿Por qué has hecho que partieran? ¿Por qué tenías tantas ganas de separarnos? ¿Por qué les has dado el Orbe y no la lanza...?
Silvara no respondió. Simplemente se encogió de hombros y contempló a Laurana con ojos más azules que la medianoche. Laurana sintió que su voluntad quedaba anulada por aquellos ojos tan azules. Aquello le recordó terroríficamente a Raistlin.
Gilthanas observó a Laurana con expresión perpleja y preocupada. Theros, ceñudo, miró a Laurana como si comenzara a compartir sus dudas. Pero todos ellos fueron incapaces de moverse. Se hallaban totalmente bajo el control de Silvara... pero, ¿qué les había hecho? Cuando la Elfa Salvaje avanzó lentamente hacia donde Laurana había dejado el envoltorio con la dragonlance, únicamente pudieron contemplarla asombrados. Inclinándose, Silvara sacó el pedazo roto de madera y lo alzó en el aire.
La luz del sol refulgió en el cabello plateado de Silvara, como imitando el destello de luz del escudo de Sturm.
—La dragonlance se queda conmigo —dijo Silvara. Echando un rápido vistazo al hechizado grupo añadio —, y vosotros también
7
Un viaje tenebroso.
La nieve retumbó y cayó tras ellos por la ladera de la montaña. Descendiendo en blancas cortinas, bloqueando e interrumpiendo el paso, destruyendo su rastro. El eco del trueno mágico de Gilthanas aún resonaba en el aire, o tal vez fuera el estruendo de las rocas al caer rodando por las laderas.
Los compañeros, guiados por Silvara, viajaban por los senderos del este lenta y cautelosamente, caminando sobre la parte pedregosa y evitando, en lo posible, las zonas cubiertas de nieve. Cada uno pisaba las huellas que había dejado el que le precedía, para que los elfos que los seguían no supieran nunca con seguridad cuántos eran en el grupo.
De hecho fueron tan extremadamente cuidadosos, que llegó un momento en que Laurana comenzó a preocuparse.
—Recuerda que queremos que nos encuentren —le dijo a Silvara mientras avanzaban por la cima de un rocoso desfiladero.
—No te preocupes. No les será muy difícil encontrarnos —le respondió Silvara.
—¿Cómo estás tan segura? —comenzó a preguntar Laurana, pero entonces resbaló, cayendo sobre las manos y las rodillas. Gilthanas le ayudó a ponerse en pie. Haciendo una mueca de dolor, Laurana contempló a Silvara en silencio. Ninguno de ellos, ni siquiera Theros, entendía el súbito cambio que se había producido en la Elfa Salvaje desde la partida de los caballeros. Todos desconfiaban de ella, pero la única opción que tenían era seguirla.
—Porque saben hacia dónde nos dirigimos —respondió Silvara—. Fuiste muy lista al pensar que les había dejado una pista en la gruta. Lo hice. Afortunadamente no la encontraste. Bajo aquellas ramas que tan amablemente esparciste por mí, había dibujado un tosco mapa. Cuando lo encuentren, pensarán que lo dibujé para explicaros nuestra ruta. Hiciste que quedara de lo más real, Laurana —el tono de su voz fue desafiante hasta que se encontró con la mirada de Gilthanas.
El elfo desvió la mirada, con expresión severa. Silvara titubeó. Su voz se tomó suplicante.
—Lo hice por una razón... una buena razón. Ya entonces supe, al ver las huellas, que tendríamos que separarnos. ¡Debéis creerme!
—¿Y qué me dices del Orbe de los Dragones? ¿Qué hacías con él? —preguntó Laurana.
—Na..nada. ¡Debéis confiar en mí!
—No veo por qué —respondió Laurana fríamente.
—No os he hecho ningún daño...
—¡A parte de enviar a los caballeros y al Orbe a una trampa mortal! —gritó Laurana.
—¡No! ¡No lo he hecho! Créeme. Estarán a salvo. Ese fue mi plan desde el principio. Nada debe sucederle al Orbe. Sobre todo no debe caer en manos de los elfos. Ese es el motivo por el que pensé que debíamos separarnos. ¡Ése es el motivo por el que os ayudé a escapar! —la muchacha miró a su alrededor, husmeando el aire como un animal—. ¡Vamos! Nos hemos entretenido demasiado.