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—¡Todo dispuesto! —gritó Tas. Su aguda vocecilla resonó extrañamente en la niebla, y el kender tuvo la sensación de que había interrumpido algo—. ¡Caramba! —le susurró a Flint—, es como estar en un templo.

—¡Oh, cállate y comienza a moverte! —exclamó el enano. De pronto llameó una antorcha. Los compañeros se sobresaltaron ante la repentina y cegadora luz que sostenía Silvara.

—Debemos tener luz —dijo ella antes de que alguno protestara —. No temáis. El valle en el que nos encontramos está sellado. Tiempo atrás había dos entradas: una llevaba a las tierras de los humanos, donde los caballeros tenían su puesto de avanzada, la otra llevaba hacia el este. Ambos pasos quedaron cerrados durante el Cataclismo. No tenemos por qué tener miedo. Os he guiado por un camino que sólo yo conozco.

—Tú y tu gente —le recordó Laurana secamente.

—Sí... mi gente... —dijo Silvara, y a Laurana le sorprendió ver palidecer la muchacha.

—¿Adónde nos llevas? —insistió Laurana.

—Ya lo verás. Llegaremos allí en una hora.

Los compañeros se miraron unos a otros, y luego todos ellos miraron a Laurana.

«¡Malditos sean!», pensó Laurana.

—¡No me miréis en busca de respuestas! —les gritó enojada—. ¿Qué queréis hacer? ¿Quedarnos aquí, perdidos en medio de esta bruma...?

—¡No voy a traicionaros! —murmuró Silvara con desaliento—. Por favor, confiad en mí sólo un poco más.

—Adelante —dijo Laurana fatigada—. Te seguimos.

La niebla parecía cada vez más densa, hasta que lo único que mantuvo a raya la oscuridad fue la luz de la antorcha de Silvara.

Ninguno tenía ni idea de la dirección en la que estaban viajando. El paisaje no varió, caminaban sobre hierba crecida y no había árboles. A veces aparecía algún gran pedrusco en medio de la oscuridad, pero eso era todo. No había rastro de pájaros ni animales nocturnos. Todos tenían una sensación de urgencia que iba acrecentándose a medida que avanzaban, por lo que apresuraron el paso, manteniéndose siempre bajo la luz de la antorcha.

De pronto, sin aviso previo, Silvara se detuvo.

—Hemos llegado —dijo alzando la antorcha en alto.

Todos pudieron entrever a poca distancia una forma entre las sombras. Al principio se materializaba tan fantasmagóricamente entre la niebla, que los compañeros no pudieron reconocerla.

Silvara se acercó más y la siguieron, curiosos y temerosos.

Entonces el silencio nocturno se vio interrumpido por un borboteo, como de agua hirviendo en una gigantesca tetera. La atmósfera era húmeda y pegajosa.

—¡Aguas termales! —dijo Theros comprendiendo súbitamente—. Por supuesto, eso explica la constante niebla. Y esa oscura forma...

—Es el puente que las atraviesa —respondió Silvara, alzando la antorcha sobre un reluciente puente de piedra que cruzaba la corriente de agua hirviendo, la cual inundaba la noche de una vaporosa bruma.

—¡Tenemos que cruzar eso! —exclamó Flint, contemplando las oscuras y ardientes aguas horrorizado—. Tenemos que cruzar...

—Se llama el Puente de la Travesía —dijo Silvara.

La única respuesta del enano fue un ahogado suspiro.

El Puente de la Travesía era un arco largo y liso de puro mármol blanco. A ambos lados —talladas en vívido relieve—esbeltas columnas de caballeros atravesaban simbólicamente la corriente de agua. Era tan elevado, que la ondulante niebla les impedía ver la parte superior. Y era antiguo, tan antiguo, que Flint, tras tocar con sus manos la gastada piedra, no pudo reconocer el trabajo. No estaba hecho por enanos, ni por elfos, ni por humanos. ¿Quién habría construido algo tan maravilloso? En ese momento se dieron cuenta de que no tenía pasamanos, no había nada, sólo el simple arco de mármol, lustroso y reluciente.

—No podemos cruzarlo —dijo Laurana con voz temblorosa y ahora estamos atrapados...

Podemos cruzarlo —dijo Silvara—. Ya que hemos sido convocados.

—¿Convocados? —repitió Laurana exasperada—. ¿Por quién? ¿Dónde?

—Esperad —ordenó Silvara.

Esperaron. No podían hacer otra cosa. Todos miraron a su alrededor bajo la luz de la antorcha, pero lo único que podían ver era la niebla que ascendía de la corriente, y lo único que oían era aquel curioso sonido de las aguas en ebullición.

—Es la hora de Solinari —dijo Silvara de repente y, ondeando el brazo, arrojó la antorcha al agua.

La oscuridad los envolvió. Sin darse cuenta, se acercaron más los unos a los otros. Silvara parecía haber desaparecido con la luz. Gilthanas la llamó, pero ella no respondió.

De pronto la bruma tomó el tono de la plata reluciente. De nuevo podían ver, y vislumbraron a Silvara, una oscura y sombría silueta que se recortaba contra la niebla plateada. Estaba donde comenzaba el puente, con la mirada alzada hacia el cielo. Lentamente elevó los brazos y lentamente también la niebla se dispersó en largos y gráciles dedos para revelar a Solinari, llena y fúlgida en el estrellado cielo.

Silvara pronunció unas extrañas palabras y los rayos de la luna cayeron sobre ella, bañándola en su luz. Solinari brilló sobre las aguas, haciéndolas cobrar vida, haciéndolas bailar en plata. Relució sobre el puente de mármol, confiriendo vida a los caballeros que cruzaban eternamente la corriente.

Pero esas maravillosas imágenes no fueron las que motivaron que los compañeros se agarraran los unos a los otros con manos temblorosas. La luz de la luna sobre las aguas no fue la causa de que Flint repitiera el nombre de Reorx en la oración más ferviente que hubiera pronunciado jamás, ni la que hizo que Laurana reclinara la cabeza sobre el hombro de su hermano, con los ojos empañados de lágrimas, ni lo que motivó que Gilthanas estrechara a su hermana con firmeza, inundado por un sentimiento de temor, sobrecogimiento y respeto.

Elevándose sobre ellos, tan alto que su cabeza podría haber arrancado una luna del cielo, aparecía la figura de un dragón tallado en la ladera de una montaña, reluciendo plateado bajo la luz de Solinari.

—¿Dónde estamos? —susurró Laurana—. ¿Qué lugar es éste?

—Cuando cruces el puente de la Travesía, te hallarás ante el monumento del Dragón Plateado —respondió Silvara en voz baja—. Protege la tumba de Huma, Caballero de Solamnia.

8

La tumba de Huma.

Bajo la luz de Solinari, el puente de la Travesía —que cruzaba las termas del valle de Foghaven—, relucía como un hilo de brillantes perlas ensartadas en una cadena de plata.

—No temáis —repitió Silvara de nuevo—. Sólo les es difícil atravesarlo a aquellos que desean entrar en la tumba con intenciones malignas.

Pero los compañeros seguían sin estar muy convencidos. Subieron los escalones que llevaban al inicio del puente temerosamente. Y una vez allí, vacilantes, pisaron el arco de mármol que se alzaba ante ellos, reluciendo por la humedad del vapor de las termas. Silvara pasó la primera, caminando con ligereza y facilidad. Los demás la siguieron con cautela, avanzando por el centro.

Al otro lado del puente se alzaba el monumento del Dragón. A pesar de saber que debían vigilar cuidadosamente dónde pisaban, la mirada parecía desviárseles constantemente hacia el monumento. Se vieron obligados a detenerse varias veces y lo contemplaron sobrecogidos, mientras bajo sus pies las aguas ardían y se evaporaban.