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—¡Estoy seguro de que ese agua está tan caliente que podría cocinarse un pedazo de carne en ella! —dijo Tasslehoff.

Tendiéndose sobre su estómago, se asomó por el borde de la parte más alta del arqueado puente.

—Yo es..estoy se..seguro de que po..podría co..cocinarte a ti —farfulló el aterrorizado enano, arrastrándose sobre manos y rodillas.

—¡Mira, Flint! Mira. Llevo este pedazo de carne en una de mis bolsas. Conseguiré una cuerda y la bajaremos hasta el agua...

—¡Sigue avanzando! —rugió Flint.

Tas suspiró y guardó la bolsa.

—Desde luego no eres nada divertido. No se te puede llevar a ningún lado.

Pero para el resto de los compañeros fue un momento terrorífico, y todos ellos suspiraron aliviados cuando hubieron descendido las escaleras del extremo opuesto del puente de mármol.

Mientras lo atravesaban, ninguno de ellos se había dirigido a Silvara, pues sus mentes se hallaban demasiado ocupadas en conseguir cruzar el puente de la Travesía sin percances. Pero cuando llegaron al otro lado, Laurana fue la primera en hacer preguntas.

—¿Por qué nos has traído aquí?

—¿Aún no confiáis en mí? —preguntó Silvara apesadumbrada.

Laurana titubeó. Su mirada se desvió una vez más hacia el inmenso dragón de piedra, cuya cabeza estaba coronada de estrellas. La boca permanecía abierta en un silencioso grito y los ojos miraban con fiereza. Las alas habían sido talladas de las laderas de la montaña. Una garra se extendía hacia delante, tan inmensa como los troncos de cien árboles vallenwood.

—¡Enviaste el Orbe lejos de aquí, y luego nos trajiste a un monumento dedicado a un dragón! —dijo Laurana un segundo después con voz temblorosa—. ¿Qué debo pensar? Nos traes a este lugar, al que llamas la tumba de Huma. Ni siquiera sabemos si Huma vivió o si fue un personaje legendario. ¿Qué puede probar que éste sea el lugar donde descansan sus restos? ¿Está su cadáver en el interior?

—N...no —farfulló Silvara—. Su cuerpo desapareció, igual que...

—¿Igual que... qué?

—Igual que la lanza que llevaba, la Dragonlance utilizada para destruir al dragón de Todos los Colores y Ninguno —Silvara suspiró y bajó la cabeza—. Entrad —les rogó—, y descansad esta noche. Por la mañana todo se aclarará, os lo prometo.

—No creo que... –comenzó a decir Laurana.

—¡Vamos a entrar! —exclamó Gilthanas con firmeza—. ¡Te estás comportando como una niña mimada, Laurana! ¿Por qué querría Silvara que corriéramos peligro? ¡Seguramente, si un dragón habitase este lugar, todo Ergoth lo sabría! Podría habernos destruido hace mucho tiempo. No percibo nada maligno en este lugar, sólo una gran sensación de paz. ¡Y es un lugar perfecto para ocultarse! Dentro de poco los elfos se enteraran de que el Orbe ha llegado a salvo a Sancrist. Dejarán de buscarnos y podremos irnos. ¿No es verdad, Silvara? ¿No es ésta la razón por la que nos trajiste aquí?

—Sí —dijo Silvara en voz baja—. Es...ése era mi plan. Ahora venid, venid, rápido, mientras aún brille Solinari. Pues si no, no podremos entrar.

Gilthanas, cogiendo a Silvara de la mano, caminó hacia la reluciente niebla plateada. Tas se deslizó delante de ellos. Flint y Theros los siguieron más lentamente y Laurana aún más despacio. Los temores de la elfa no habían desaparecido tras la locuaz explicación de Gilthanas, ni tras el renuente asentimiento de Silvara. Pero no había otro lugar al que poder ir y —como admitió para sí—, sentía una gran curiosidad.

La hierba del otro lado del puente era suave y llana, pero al acercarse al cuerpo de dragón labrado en la escarpada montaña, el terreno comenzó a ascender. De pronto la voz de Tas, que se había adelantado considerablemente al grupo, llegó flotando entre la niebla.

—¡Raistlin! —le oyeron gritar con voz ahogada—. ¡Se ha convertido en un gigante!

—Ese kender se ha vuelto loco —dijo Flint con lóbrega satisfacción—. Siempre lo supe...

Los compañeros corrieron hacia adelante y encontraron a Tas dando saltos y señalando. Se detuvieron junto a él, intentando recuperar el aliento.

—¡Por las barbas de Reorx! —exclamó Flint sobrecogido—. ¡Es Raistlin!

En medio de la ondeante niebla, aparecía una estatua de piedra de nueve pies de altura, que representaba con exacta similitud al joven mago. Fiel a los más mínimos detalles, reflejaba incluso su expresión amarga y cínica así como sus ojos de pupilas de relojes de arena.

—¡Y allí está Caramon! —gritó Tas.

A pocos pies de distancia había otra estatua, representando la imagen del hermano gemelo de Raistlin.

—Y Tanis... —susurró Laurana impresionada—. ¿Qué magia maligna es ésta?

—No es maligna —dijo Silvara—, a menos que traigáis el mal a este lugar. En ese caso veréis los rostros de vuestros peores enemigos. El horror y el temor que os causarán no os permitirán avanzar. Pero sólo estáis viendo a vuestros amigos, por lo que podéis pasar con tranquilidad.

—La verdad es que no sé si contaría a Raistlin entre mis amigos —murmuró Flint.

—Ni yo —dijo Laurana. Temblando, pasó titubeante ante la fría imagen del mago. La túnica de obsidiana del joven hechicero relucía negra a la luz de la luna. Laurana recordó con viveza la pesadilla de Silvanesti, y se estremeció al avanzar hacia el círculo de estatuas de piedra. Cada una de ellas tenía un curioso parecido con sus amigos, casi atemorizante. En medio de ese silencioso círculo había un pequeño templo.

El simple edificio rectangular se alzaba sobre una base octogonal de relucientes escalones. También estaba construido en obsidiana, y su negra estructura centelleaba, siempre húmeda debido a la perpetua bruma. Parecía como si cada trazo hubiera sido labrado pocos días antes, ya que ningún signo de desgaste desfiguraba las claras y limpias líneas de la entalladura. También aquí había labradas esculturas de caballeros, cada uno de los cuales llevaba una dragonlance, y atacaba a un inmenso monstruo. Los dragones chillaban silenciosamente en una muerte detenida, atravesados por las largas lanzas.

—Depositaron el cuerpo de Huma en el interior de este templo —dijo Silvara en voz baja guiándolos escaleras arriba.

Unas frías puertas de bronce se abrieron sobre silenciosos goznes al tocarlas Silvara. Los compañeros se detuvieron titubeantes en las escaleras que rodeaban el templo cuajado de columnas. Pero como Gilthanas había dicho, aquel lugar no infundía ninguna sensación maligna. Laurana recordó la tumba de la Guardia Real en el Sla-Mori, y el terror generado por los espíritus guerreros que debían vigilar eternamente al rey muerto Kith-Kanan. No obstante, en este templo sólo se respiraba pena y tristeza, disminuidas por el conocimiento de una gran victoria —una batalla ganada a un terrible coste, pero que traía con ella la paz eterna y un dulce descanso.

Laurana sintió que su carga se aliviaba, y que su corazón se hacía más ligero. Aquí su propia tristeza parecía decrecer; era como si le recordaran sus propios triunfos y victorias. Uno por uno, todos los compañeros entraron en la tumba. Las puertas de bronce se cerraron tras ellos, sumiéndolos en una total oscuridad. De pronto llameó una luz. Silvara sostenía una antorcha en sus manos, que aparentemente había tomado de la pared. Laurana se preguntó por un instante cómo se las había arreglado para prenderla. Pero aquella pregunta trivial voló de su mente cuando, sobrecogida, comenzó a examinar el lugar.

En el centro de la estancia había un féretro tallado en obsidiana, sostenido por cinceladas figuras de caballeros, pero el cuerpo que se suponía debía descansar en el ataúd, no estaba. Un antiguo escudo yacía a los pies, junto a una espada muy parecida a la de Sturm. Los compañeros contemplaron dichos objetos en silencio. Hablar les hubiera parecido profanar la triste serenidad del lugar, y nadie los tocó, ni siquiera Tasslehoff.

—Desearía que Sturm pudiera estar aquí —murmuró Laurana mirando a su alrededor con lágrimas en los ojos—. Este debe ser el lugar de reposo de Huma... pero... —la elfa no podía explicar la sensación de inquietud que la invadía. No era temor, se parecía a lo que había sentido al entrar en el valle, una sensación de apremio.