Tasslehoff prosiguió investigando confiando en encontrar una pista en las imágenes. En el extremo derecho de la galería había un retrato de otra batalla. Pero éste no era horrible. Había dragones rojos, negros, azules y blancos —exhalando fuego y hielo—, pero había otros dragones que luchaban contra ellos, dragones plateados y dorados...
—¡Ya me acuerdo! —gritó Tasslehoff.
El kender comenzó a pegar saltos arriba y abajo, chillando como un salvaje.
—¡Ya me acuerdo! ¡Ya me acuerdo! Fue en Pax Tharkas. Fizban me lo enseñó. Hay dragones buenos en el mundo. ¡Estos nos ayudarán a luchar contra los malignos! Simplemente hemos de encontrarlos. ¡Y ahí están las dragonlances!.
—¡Maldita sea! —gritó una voz tras el kender—. ¡Es que se no puede dormir un poco! ¿Qué es todo este barullo? ¡Estás haciendo ruido suficiente como para despertar a un muerto!
Tasslehoff se giró alarmado, con el cuchillo en la mano. Hubiera jurado que estaba solo allí arriba. Pero no. En un banco de piedra que había en una zona sombría, alejada de la luz de las antorchas, un personaje se incorporó. Sacudiéndose a sí mismo, se desperezó, se puso en pie y comenzó a subir las escaleras, acercándose rápidamente al kender. Tas no hubiera podido huir, aunque hubiese querido, pero, además, sentía una tremenda curiosidad por saber quién había en la estancia. Cuando abrió la boca dispuesto a preguntarle a aquella extraña criatura quién era y por qué había elegido la garganta del Dragón de la Montaña para hacer la siesta, el personaje apareció a la luz de las antorchas. Era un anciano. Era...
El cuchillo de Tasslehoff cayó al suelo. El kender retrocedió hasta la barandilla. Por primera, última y única vez en su vida, Tasslehoff Burrfoot no pudo pronunciar palabra.
—F—F—F... —de su garganta no salió nada, solo un graznido.
—Bien, ¿qué ocurre? ¡Habla! Hace un momento hacías una barbaridad de ruido. ¿Qué sucede? ¿Te has atragantado?
—F—F—F...
—Ah, pobre chico. ¿Algo crónico? ¿Un impedimento del habla? Triste, muy triste.
Mira... —el curioso personaje rebuscó en su túnica, abriendo numerosas bolsitas mientras Tasslehoff permanecía clavado ante él, temblando.
—Aquí está —sacando una moneda la depositó sobre la palma de la mano del kender y le ayudó a cerrar los pequeños e inertes dedos sobre ella —. Ahora vete. Busca a un clérigo...
—¡Fizban! —exclamó Tasslehoff finalmente.
—¿Dónde? —el anciano se giró. Alzando su bastón, miró temerosamente hacia la oscuridad. Entonces pareció ocurrírsele algo. Volviéndose de nuevo hacia Tas, le preguntó—: ¿Estás seguro de que viste a Fizban? ¿No está muerto?
—Yo creía que sí...
—¡Entonces no debería estar rondando, asustando a la gente! Tendré que hablar con él. ¡Eh, tú!
Tas alargó una mano temblorosa y tiró de la túnica del anciano.
—No estoy seguro, pe..pero cr..creo que tú eres Fizban.
—No, ¿en serio? Esta mañana me sentía un poco raro, pero no tenía ni idea de que estaba tan mal. O sea que estoy muerto. —Se arrastró hacia un banco y se dejó caer—. ¿Fue un bonito funeral? ¿Asistió mucha gente?
—Hmmm... Bueno, fueron más bien... más bien... unas exequias conmemorativas, podría decirse. Sabes, es que... bueno... no pudimos encontrar tus... ¿cómo podría explicarlo?
—¿Restos?
—Hmmm... restos —Tas enrojeció—. Los buscamos, pero había todas esas plumas de gallina... y un elfo oscuro... y Tanis dijo que habíamos tenido suerte de escapar con vida...
—¡Plumas de gallina! ¿Qué tienen que ver unas plumas de gallina con mi funeral?
—Nosotros... hmm... tú, yo y Sestun. ¿Te acuerdas de Sestun, el enano gully? Bien, había una enorme, inmensa cadena en Pax Tharkas. Y ese inmenso dragón rojo. Nosotros estábamos colgados de la cadena y el animal expulsaba su flamígero aliento sobre ella. La cadena se rompió y nosotros caímos... y supe que todo se había acabado. Íbamos a morir. Había más de setenta pies de distancia hasta el suelo —esa distancia aumentaba cada vez que Tas relataba la historia—, y tú estabas debajo mío, y oí que formulabas un encantamiento...
—Sí, soy un mago bastante bueno, ¿sabes?
—Sí, bueno. Tú formulaste ese encantamiento: Pveatherf.. o algo así. Bueno, de cualquier forma, sólo dijiste la primera palabra, Pveatherf.. y, de pronto, había millones y millones y millones de plumas de gallina...
—¿Y qué ocurrió después?
—Oh, bueno, ahí es donde todo se vuelve un poco... hum...embrollado. Oí un grito y un golpe. Bueno, en realidad fue más parecido a un chapoteo, y me..me imaginé qu..que eras tú.
—¿Yo? ¡Chapoteo! —miró fijamente al kender, furioso—. ¡Nunca en mi vida he chapoteado!
—Entonces Sestun y yo caímos sobre el montón de plumas junto con la cadena. Miré si encontraba... de verdad lo hice —los ojos de Tas se llenaron de lágrimas al recordar su acongojada búsqueda del cadáver del anciano—. Pero había demasiadas plumas... y fuera había esa terrible conmoción, esos dragones peleando. Sestun y yo conseguimos llegar a la puerta y allí encontramos a Tanis, y yo quería regresar para buscarte un rato más, pero Tanis dijo que no.
—¿O sea que me dejaste enterrado bajo un montón de plumas de gallina?
—Fueron una exequias conmemorativas terriblemente emocionantes —farfulló Tas—.Goldmoon habló, y Elistan, no conociste a Elistan, pero recuerdas a Goldmoon, ¿no? ¿Y a Tanis?
—Goldmoon... Ah, sí. Una muchacha muy bonita. Había un personaje de mirada ceñuda enamorado de ella.
—Riverwind —dijo Tas agitado—. Y Raistlin.
—Un sujeto muy flaco. Muy buen mago, pero nunca conseguirá nada si no consigue curarse esa tos.
—¡Eres Fizban! —exclamó Tas. Saltando alegremente, se arrojó sobre el anciano y lo abrazó con fuerza.
—Ya está bien, ya está bien —dijo éste desconcertado, dándole a Tas golpecillos en la espalda—. Ya es suficiente. Vas a arrugar mi túnica. No gimotees. No puedo soportarlo. ¿Necesitas un pañuelo?
—No, tengo uno...
—Bien, eso está mejor. ¡Oh! yo diría que ese pañuelo es mío. Ésas son mis iniciales.
—¿Ah, sí? Debe habérsete caído.
—¡Ahora te recuerdo! Eres Tassle..., Tassle algo más.
—Tasslehoff. Tasslehoff Burrfoot.
—Y yo soy... ¿Cuál dijiste que era mi nombre?
—Fizban.
—Sí. Fizban... —el anciano reflexionó unos instantes y luego sacudió la cabeza —.Hubiera jurado que ese tal Fizban estaba muerto...
10
El secreto de Silvara.
—¿Cómo sobreviviste? —preguntó Tas, sacando de una de sus bolsas unos frutos secos para compartir con Fizban.
—La verdad es que no creía haberlo hecho. Me temo que no tengo ni la más remota idea. Aunque ahora que lo pienso, desde entonces no he sido capaz de comer carne de gallina. Pero, cuéntame —preguntó mirando sagazmente al kender ¿qué estás haciendo aquí?
—Vine con algunos de mis amigos. El resto están vagando por ahí, si es que aún están vivos —dijo, empezando a lloriquear de nuevo.
—Lo están. No te preocupes.
—¿De verdad lo crees? Bueno, la cuestión es que estamos aquí, con Silvara...
—¡Silvara! —el anciano se puso en pie de un brinco. Los pelos se le pusieron de punta, la mirada vaga desapareció de su rostro —. ¿Dónde está? ¿Y tus amigos, dónde están?
—Ab..abajo —balbuceó Tas, asombrado por la súbita transformación de Fizban—. ¡Silvara formuló un encantamiento sobre ellos!
—¡Ah!, lo hizo... Bueno, veremos lo que podemos hacer. Vamos.
El anciano comenzó a andar por la galería, a tal velocidad, que Tas se vio obligado a correr para mantener el paso.
—¿Dónde dijiste que estábamos? —preguntó Fizban deteniéndose junto a las escaleras—Procura ser concreto —añadió.