—Se pondrá bien —prometió Fizban—. No estarás separado de tus amigos mucho tiempo. Los veremos dentro de... —frunció el ceño, murmurando para sí —siete días, añade tres, me llevo una, ¿cuánto es siete veces cuatro? Oh, bueno, dentro de poco. Cuando se celebre la reunión del Consejo. Bien, no perdamos más tiempo. Tengo mucho que hacer. Tus amigos están en buenas manos. Silvara se ocupará de ellos, ¿no es así, querida?
—Voy a decírselo —le prometió ella apenada, mirando a Gilthanas.
El elfo los observaba a ella y a Fizban con expresión pálida.
—Tienes razón. Hace tiempo rompí la promesa. Debo finalizar lo que decidí hacer.
—Lo que creas mejor —Fizban posó su mano sobre la cabeza de Silvara, acariciando su plateado cabello. Luego Se volvió para marcharse.
—¿Seré castigada? —preguntó Silvara cuando el anciano estaba a punto de desaparecer en la penumbra.
Fizban se detuvo. Sacudiendo la cabeza, se volvió a mirar a la elfa.
—Algunos dirían que estás siendo castigada precisamente ahora, Silvara. Pero lo que haces, es fruto del amor. Tanto la decisión que tomes, como el castigo, dependen únicamente de ti.
El anciano desapareció en la oscuridad. Tasslehoff corrió tras él.
—¡Adiós, Laurana! ¡Adiós, Theros! ¡Cuidad de Flint! —en el silencio que siguió, Laurana pudo oír la voz del viejo mago.
—¿Cómo dijiste que me llamaba? Fizbut, Furball...
—¡Fizban! —chilló el kender con su voz aguda.
—Fizban... Fizban...
Todas las miradas se volvieron hacia Silvara.
Ahora la muchacha estaba tranquila, en paz consigo misma. Aunque en su rostro se reflejaba tristeza, no era el atormentado y amargo sentimiento de momentos anteriores, sino la sensación de la pérdida. Era la callada y asumida tristeza de alguien que no tiene nada de qué arrepentirse. Silvara caminó hacia Gilthanas. Tomando sus manos le miró a los ojos con tanto amor, que Gilthanas se sintió bendecido, a pesar de saber que ella se disponía a despedirse de él.
—Te estoy perdiendo, Silvara —murmuró él con la voz rota—. Lo veo en tus ojos. ¡Pero no sé porqué! Tú me amas...
—Yo te amo, elfo. Te amé cuando te vi herido, tendido sobre la arena. Cuando alzaste la mirada y me sonreíste, supe que el mismo destino que había caído sobre mi hermana, iba a ser también el mío. Pero ése es el riesgo que corremos cuando elegimos tomar esta forma pues, aunque al tomarla no perdemos nuestra fuerza, nos inflige sus debilidades. Pero, ¿amar es una debilidad...?
—Silvara, ¡no comprendo! —gritó Gilthanas. —Lo comprenderás.
Gilthanas la tomó en sus brazos, abrazándola. Silvara apoyó la cabeza sobre su pecho. El elfo besó su bella cabellera plateada y la estrechó contra sí con un sollozo.
Laurana se dio la vuelta. Aquella tristeza le parecía demasiado sagrada para que sus ojos la contemplaran. Tragándose sus propias lágrimas, miró a su alrededor y entonces recordó al enano. Tomando un poco de agua de la cantimplora, la esparció sobre el rostro de Flint.
El enano parpadeó y abrió los ojos. Contempló a Laurana durante un instante y luego extendió una mano temblorosa.
—Fizban —susurró con voz ronca.
—Lo sé —dijo Laurana, preguntándose cómo se tomaría el enano la marcha de Tasslehoff.
—¡Fizban está muerto! —Flint dio un respingo—. ¡Tas lo dijo! ¡En medio de un montón de plumas de gallina! —el enano hizo un esfuerzo por incorporarse—. ¿Dónde está ese maldito kender?
—Se ha ido, Flint. Se marchó con Fizban.
—¿Se ha ido? ¿Le habéis dejado marchar? ¿Con ese anciano?
—Me temo que sí...
—¿Le habéis dejado marchar con un anciano muerto?
—La verdad es que no he podido hacer otra cosa. Fue decisión suya. Estará bien...
—¿Dónde han ido? —preguntó Flint poniéndose en pie y agarrando sus cosas.
—No puedes ir tras ellos. Por favor, Flint. Yo te necesito. Eres el mejor amigo de Tanis y mi consejero...
—Pero se ha ido sin mí. ¿Cómo ha podido dejarme? No lo he visto marchar...
—Te desmayaste...
—¡Yo nunca he hecho una cosa así! ¡Nunca me desmayo! Debe ser una reaparición de ese virus mortífero que me atacó a bordo del bote... —Flint soltó sus cosas y se dejó caer en el suelo—. Ese estúpido kender, irse con un viejo mago muerto...
Theros se acercó a Laurana.
—¿Quién era ese anciano: —le preguntó con curiosidad.
—Es una larga historia. Además, ni siquiera estoy muy segura de poder responder a tu pregunta.
—Me resulta familiar —Theros frunció el entrecejo y sacudió la cabeza—. Pero no puedo recordar dónde lo he visto antes. No obstante me hace recordar Solace y «El Último Hogar». y él me conocía... —el herrero miró su brazo de plata—. ¿Y qué ocurre con los demás?
—Creo que estamos a punto de averiguarlo —dijo Laurana.
—Tenías razón —dijo Theros—. No confiabas en ella...
—Pero no por las razones correctas —admitió Laurana sintiéndose culpable.
Lanzando un pequeño suspiro, Silvara se separó de Gilthanas.
—Gilthanas —dijo la elfa temblorosa—, toma una antorcha de la pared y sostenla frente a mí.
Gilthanas titubeó. Un segundo después, casi enojado, siguió sus instrucciones.
—Sostén la antorcha ahí... —le dijo ella guiando su mano para que la luz brillara justo en frente suyo—. Ahora... mirad mi sombra en la pared que hay detrás mío —dijo con voz trémula.
La tumba estaba silenciosa, sólo el chisporroteo de la llameante antorcha emitía algún sonido. La sombra de Silvara cobró vida en la fría pared de piedra. Los compañeros la contemplaron y, por un instante, ninguno de ellos pudo pronunciar palabra.
La sombra que Silvara proyectaba sobre la pared no era la sombra de una joven doncella elfa....
Era la sombra de un dragón.
—¡Eres un dragón! —exclamó Laurana sin poder dar crédito a lo que veía. Se llevó la mano a la espada, pero Theros la detuvo.
—¡No! —exclamó de pronto el herrero—. Ahora recuerdo. Ese viejo anciano... Ahora lo recuerdo. ¡Acostumbrada a venir a la posada «El Ultimo Hogar»! Iba vestido de otra forma. ¡No era un mago, pero era él! ¡Podría jurarlo! Les contaba historias a los niños. Historias sobre dragones buenos. Dragones dorados y...
—Dragones plateados —dijo Silvara, mirando a Theros—. Yo soy un dragón plateado. Mi hermana fue el Dragón Plateado que amó a Huma y libró junto a él la gran batalla final...
—¡No! —Gilthanas dejó caer la antorcha al suelo. Silvara, mirándolo con ojos tristes, alargó una mano para reconfortarle.
Gilthanas retrocedió, contemplándola horrorizado.
Silvara bajó la mano lentamente. Suspirando suavemente, asintió.
—Lo comprendo —murmuró—. Lo siento.
Gilthanas comenzó a temblar violentamente. Rodeándole con sus fuertes brazos, Theros lo acompañó hasta un banco y lo cubrió con su capa.
—Me recuperaré —susurró Gilthanas—. Pero, por favor dejadme solo, dejadme pensar. ¡Esto es una locura! Una pesadilla. ¡Un dragón! —cerró los ojos con firmeza, como si quisiera borrar aquella imagen para siempre—. Un dragón... —susurró con la voz rota. Theros apoyó su mano izquierda en la espalda del elfo para animarlo y luego volvió con los demás.
—¿Dónde están los otros dragones buenos? —preguntó Theros—. El anciano dijo que había muchos. Dragones plateados, dragones dorados...
—En efecto, hay muchos —respondió Silvara de mala gana.
—Como el dragón plateado que vimos en el Muro de Hielo —dijo Laurana—. Era un dragón bueno. ¡Si sois muchos, reuniros! ¡Ayudadnos a luchar contra los dragones malignos!