—¡No! —gritó Silvara con rabia. Sus ojos azules relampaguearon y, al verla tan furiosa, Laurana dio un paso atrás.
—¿Por qué no?
—No puedo decíroslo —Silvara se retorcía las manos, nerviosa.
—¡Tiene algo que ver con esa promesa! ¿No? —insistió Laurana—. La promesa que rompiste. Y el castigo del que le hablaste a Fizban...
—¡No puedo decíroslo! —repitió Silvara habló en voz baja y apasionada—. Lo que he hecho hasta ahora es ya suficientemente malo. ¡Pero tenía que hacer algo! ¡No podía vivir por más tiempo en este mundo viendo sufrir a gente inocente! Pensé que tal vez pudiera ayudar, por lo que torné forma de elfa e hice lo que pude. Trabajé mucho tiempo, intentando que los elfos se uniesen. Conseguí evitar que entraran en guerra, pero las cosas iban de mal en peor. Entonces llegasteis vosotros, y vi que estabais en gran peligro, un peligro mucho mayor de lo que ninguno de nosotros hubiera imaginado nunca. Ya que llevabais el... —la voz le falló.
—¡El Orbe de los Dragones! —exclamó Laurana.
—Sí. Supe que debía tomar una decisión. Teníais el Orbe, pero también teníais la lanza. ¡De pronto me encontraba con ambos objetos! ¡Los dos juntos! «Es una señal», pensé, pero no sabía qué hacer. Decidí traer el Orbe a este lugar para mantenerlo a salvo para siempre. Pero cuando emprendimos el viaje, comprendí que los Caballeros de Solamnia nunca accederían a que se quedara aquí. Habría problemas. Por tanto, cuando encontré la oportunidad, lo envié lejos pero, por lo que se ve, esta decisión fue equivocada, ¿cómo iba yo a saberlo?
—¿Por qué? —preguntó Theros—. ¿Qué es lo que hace el Orbe? ¿Es maligno? ¿Has enviado a esos caballeros a su perdición?
—Es inmensamente maligno. E inmensamente benigno. ¿Quién puede decirlo? Ni yo misma entiendo a los Orbes de los Dragones. Fueron creados hace mucho tiempo por los hechiceros más poderosos.
—¡Pero el libro que leyó Tas decía que podían utilizarse para dominar a los dragones! —declaró Flint—. Lo leyó con unos extraños anteojos. «Anteojos de visión verdadera», los llamó él. Dijo que no mentían...
—No —le interrumpió Silvara con tristeza—. Eso es cierto. Demasiado cierto... como me temo descubrirán tus amigos para su desgracia.
Los compañeros, cada vez más atemorizados, guardaron silencio, interrumpido únicamente por los entrecortados sollozos de Gilthanas. Las antorchas creaban sombras que danzaban y revoloteaban por la silenciosa tumba como espíritus. Laurana recordó a Huma y al Dragón Plateado. Pensó en aquella terrible batalla final... los cielos llenos de dragones, la tierra cubierta de llamas y sangre...
—Entonces, ¿por qué nos trajiste aquí? —le preguntó Laurana a Silvara—. ¿Por qué no dejaste simplemente que nos lleváramos el Orbe de estas tierras?
—¿Puedo decírselo? ¿Tendré la fuerza suficiente? —le susurró Silvara a un espíritu invisible.
Durante un rato se quedó callada, con el rostro inexpresivo, retorciéndose nerviosamente las manos. Sus ojos se cerraron, inclinó la cabeza y comenzó a mover los labios. Cubriéndose el rostro con las manos, se quedó quieta, callada. Momentos después, estremeciéndose, tomó una decisión.
Poniéndose en pie, Silvara caminó hasta la bolsa de Laurana. Arrodillándose, desenvolvió lentamente el asta de madera partida que los compañeros habían transportado durante tanto tiempo. Silvara se puso en pie, su rostro estaba nuevamente inundado de paz. Pero ahora también emanaba fuerza y orgullo. Por primera vez Laurana comenzó a creer que la muchacha era algo tan poderoso y magnificante como un dragón. Caminando orgullosamente, con su plateada melena reluciendo bajo la luz de las antorchas, Silvara caminó hasta donde se encontraba Theros Ironfeld.
—Otorgo el poder de forjar de nuevo la Dragonlance a Theros, el Ser del brazo de plata.
LIBRO V
1
El hechicero rojo y sus maravillosos trucos
Las sombras se deslizaron entre las polvorientas mesas de la taberna «El Cerdo y el Silbido». La brisa marina de la bahía de Balifor se filtraba por las desajustadas ventanas produciendo un agudo silbido —ese peculiar sonido era el que le otorgaba a la posada la última parte de su nombre. Al ver al posadero, cualquiera hubiese adivinado el por qué de la primera parte del mismo. William Sweetwater, hombre jovial y de buen corazón, había recibido tal impresión a los pocos meses de su nacimiento —por lo menos eso era lo que se decía en el pueblo— cuando un cerdo errante derribó su cuna, que los rasgos del animal quedaron impresos en su rostro para siempre.
No obstante, aquel desafortunado parecido no había malogrado el carácter de William. Fue marinero de profesión hasta que se retiró para satisfacer la ambición de toda su vida: tener una posada. No había hombre más respetado y querido en todo Port Balifor que William Sweetwater. Nadie se reía con más ganas que él de los chistes sobre cerdos. Incluso podía gruñir de forma bastante real y, a menudo, hacía imitaciones de esos animales para diversión de sus clientes.
Sin embargo, en esas fechas William raramente hacía bromas. La atmósfera de «El Cerdo y el Silbido» era oscura y triste. Los pocos antiguos clientes que entraban se sentaban juntos y hablaban en voz baja, pues Port Balifor era ahora una ciudad ocupada, invadida por los ejércitos de los Señores de los Dragones, cuyos barcos habían arribado recientemente a la bahía, desembarcando sus tropas de repugnantes draconianos.
Las gentes de Port Balifor —humanos en su mayoría se sentían atemorizados por estas circunstancias. Sin embargo, podían considerarse afortunados, pues ningún dragón había arrasado su ciudad y los draconianos, generalmente, no los molestaban. Los Señores de los Dragones no estaban especialmente interesados en la zona oriental del continente de Ansalon. El territorio estaba poblado de forma muy dispersa: sólo había unas pobres y escasas comunidades de humanos y Kendermore, la tierra natal de los kenders. Una escuadrilla de dragones hubiera podido asolar los campos, pero los Señores de los Dragones necesitaban concentrar sus fuerzas en el norte y en el oeste. Mientras los puertos continuaran abiertos, los Grandes Señores no tenían necesidad de devastar las tierras de Balifor y Goodlund.
Aunque tenía pocos clientes, el negocio le iba bien a William Sweetwater. Las tropas de draconianos y de goblins estaban bien pagadas, y su única debilidad eran las bebidas fuertes. Pero William no había abierto su taberna por dinero, sino que adoraba la compañía de sus amigos, viejos y nuevos. En cambio no disfrutaba de la compañía de las tropas de los Grandes Señores. Cuando éstas entraban, sus antiguos clientes se marchaban. Por tanto, William no tardó en subir los precios a los draconianos, cobrándoles tres veces más caro que en cualquier otra taberna de la ciudad. Además, le echaba agua a la cerveza. Consecuentemente, su local estaba casi desierto de esa desagradable clientela. Esta solución satisfacía a William.
Se hallaba charlando con algunos amigos —marinos en su mayoría, de piel morena y curtida, y sin dientes— la tarde en que los forasteros entraron en su taberna. Por un momento, William los contempló con suspicacia, pero al ver que eran fatigados viajeros en lugar de soldados de los Grandes Señores, el tabernero los saludó cordialmente y los acompañó a una mesa situada en un rincón.
Los forasteros pidieron una ronda de cerveza —excepto uno de ellos ataviado con una túnica roja, que pidió agua caliente. Luego, tras una apagada discusión en voz baja que se centró en un gastado monedero de cuero y en el número de monedas que éste contenía, le pidieron a William que les trajera algo de pan y de queso.
—No son de esta zona —dijo William a sus amigos en voz baja mientras sacaba la cerveza de un barril especial y no del que servía a los draconianos y yo diría que tan pobres como un marinero que lleva una semana en tierra.