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Goldmoon enrojeció al recordar la fatídica canción que le había hecho conocer al grupo. Frunciendo el entrecejo, Riverwind posó una mano sobre su hombro.

—¡Déjalo! —dijo el bárbaro secamente, mirando al mago—. Ya te lo dije...

Pero Goldmoon sacudió la cabeza testaruda, alzando la barbilla en un gesto habitual e imperativo.

—Cantaré —dijo fríamente—, y Riverwind me acompañará. He escrito una canción.

—Muy bien —respondió el mago, deslizando la bolsa de las monedas en su túnica—. La probaremos.

Aquella noche «El Cerdo y el Silbido» estaba totalmente atestada. Había un público variado: marineros, draconianos, goblins, y varios kenders —la presencia de estos últimos hacía que todos estuvieran muy pendientes de sus pertenencias. William y dos ayudantes iban de un lado para otro, sirviendo bebidas y comida. Llegado el momento comenzó la actuación.

El público aplaudió a las monedas danzarinas de Raistlin, rieron cuando un cerdo ilusorio danzó sobre la barra, y casi se caen de sus asientos de terror cuando un gigantesco dragón entró por la ventana. El mago, tras saludar, se retiró a descansar. Entonces le llegó el turno a Tika.

La audiencia, en particular los draconianos, vitorearon la danza de Tika, golpeando las mesas con sus jarras de cerveza.

Después apareció Goldmoon, vestida con un túnica azul pálido. Sus cabellos de oro y plata caían sobre sus hombros, reluciendo como el agua bajo la luz de la luna. La gente se calló al instante. Sin decir nada, la mujer bárbara tomó asiento en una silla situada sobre la tarima que William había construido. Era tan bella que los asistentes no profirieron ni un sólo murmullo. Todos esperaron con atención.

Riverwind se sentó sobre el suelo, a sus pies. Llevándose a los labios una flauta labrada a mano, el bárbaro comenzó a tocar y, unos segundos después, la voz de Goldmoon se fundió con el sonido de la flauta. La canción era sencilla, la melodía dulce y armoniosa, aunque persistente. Pero lo que llamó la atención de Tanis fue la letra, la cual le hizo intercambiar una mirada de preocupación con Caramon. Raistlin, que estaba sentado a su lado, agarró a Tanis por el brazo.

—¡Me lo temía! ¡Otro tumulto!

—Tal vez no —susurró Tanis —. Mira la audiencia.

Las mujeres habían recostado la cabeza sobre el hombro de sus maridos. Los draconianos parecían hechizados —como animales salvajes encandilados por la música. Únicamente los goblins arrastraban cansinamente los pies, aparentemente aburridos, pero tan temerosos de los draconianos que no osaban protestar.

La canción de Goldmoon hablaba de los antiguos dioses. Relataba cómo éstos habían enviado el Cataclismo para castigar al Sumo Sacerdote de Istar y a las gentes de Krynn por su orgullo. Hablaba de los terrores de esa noche y de las que la habían seguido. Les recordaba cómo la gente, creyéndose abandonada, había comenzado a rezar a los falsos dioses. Después cantaba un mensaje de esperanza: los dioses no los habían abandonado. Los verdaderos estaban allí, esperando únicamente a que alguien los escuchara.

Cuando su canción terminó, y el lastimero sonido de la flauta murió, la mayoría de los asistentes sacudieron la cabeza, como si acabaran de despertar de un bello sueño. Si se les preguntaba de qué había tratado la canción, no sabían qué responder. Los draconianos se encogieron de hombros y pidieron más cerveza. Los goblins gritaron, pidiendo que Tika volviera a danzar de nuevo. Pero aquí y allá, Tanis descubrió varios rostros que aún reflejaban la maravillosa sensación que la canción les había producido. Por lo que no le sorprendió nada ver a una joven mujer de piel oscura acercarse tímidamente a Goldmoon.

—Os pido disculpas por molestaros, señora —dijo la mujer—, pero vuestra canción me ha impresionado profundamente. Quisiera saber más cosas de los antiguos dioses.

Goldmoon sonrió.

—Ven a verme mañana y te enseñaré lo que sé.

Y así, lentamente, la palabra de los antiguos dioses comenzó a difundirse. Cuando los compañeros se marcharon de Port Balifor, la mujer de piel oscura, un hombre de voz suave, y varias personas más, llevaban ya el medallón azul de Mishakal, diosa de la Curación. En secreto, fueron llevando esperanza al ensombrecido y alterado mundo de Krynn.

Al finalizar el mes, los compañeros pudieron comprar un carromato, caballos para tirar de él, caballos para montar, y provisiones. Lo que sobró lo reservaron para la compra del pasaje de barco hacia Sancrist. Planearon ganar más dinero actuando en las pequeñas comunidades granjeras existentes entre Port Balifor y Flotsam.

Cuando el Hechicero Rojo dejó Port Balifor, muchos de sus entusiastas seguidores salieron a despedir el carromato. A pesar de llevar los trajes empaquetados, provisiones para dos meses, y un barril de cerveza, que les había regalado William, la carreta era lo suficientemente grande para que Raistlin durmiera y viajara en ella. Además, contenía las tiendas multicolores en las que dormirían los compañeros.

Tanis miró a su alrededor, sacudiendo la cabeza y observando la insólita imagen que ofrecía el grupo. Parecía que —en medio de todas las cosas que les habían sucedido— esto fuera lo más extraño. Contempló a Raistlin, sentado al lado de su hermano, que conducía la carreta. La túnica roja de lentejuelas del mago relucía como el fuego bajo el brillante sol de invierno. Raistlin, un tanto encorvado para defenderse del viento, miraba al frente, envuelto en una ola de misterio que hacía las delicias de la gente. Caramon, vestido con un traje de piel de oso, obsequiado también por William, había cubierto su cabeza con la cabeza del oso, por lo cual parecía que fuera ese animal el que guiara el carromato. Los niños vitoreaban, mientras él les gruñía con una mueca de ferocidad.

Ya casi habían salido de la ciudad, cuando un comandante draconiano los detuvo. Tanis, con el corazón en un puño, avanzó hacia adelante llevándose la mano a la espada. Pero el comandante sólo quería asegurarse de que pasarían por Bloodwatch, donde había un campamento de draconianos, porque había mencionado el espectáculo a uno de sus amigos y las tropas estaban deseando verles. Tanis, jurando internamente no poner un pie en ese lugar, prometió al comandante que sin duda alguna pasarían por allí.

Finalmente llegaron a las puertas de la ciudad. Descendiendo de sus monturas, se despidieron de su amigo William. Este abrazó a cada uno de ellos, comenzando por Tika y terminando por Tika. Se disponía a abrazar a Raistlin, pero los ojos del mago se abrieron de forma tan alarmante cuando se acercó a él, que el posadero retrocedió precipitadamente.

Los compañeros volvieron a montar sus caballos. Raistlin y Caramon regresaron a la carreta. La muchedumbre gritó y los apremió para que regresaran durante las celebraciones de primavera. Los guardias abrieron las puertas, deseándoles un viaje tranquilo y los compañeros se alejaron. Las puertas se cerraron tras ellos.

El viento era frío. Las nubes grises que poblaban el cielo comenzaron a arrojar nieve. El camino, que les habían asegurado que era bastante transitado, se extendía ante ellos vacío y desierto. Raistlin comenzó a temblar y a toser. Poco después, comunicó que seguiría el viaje en el interior del carromato. Los demás se pusieron las capuchas y se envolvieron todavía más en sus capas de pieles.

Caramon, que guiaba a los caballos por el enlodado camino, parecía desacostumbradamente pensativo.

—Sabes, Tanis —dijo con solemnidad—, casi no puedo expresar lo contento que me siento de que ninguno de nuestros amigos haya visto nuestras actuaciones. ¿Puedes imaginarte lo que hubiera dicho Flint? Ese enano gruñón nunca me hubiera permitido olvidar una cosa así. ¿Y qué me dices de Sturm? —el inmenso guerrero sacudió la cabeza, recordando a los ausentes. «Sí», suspiró Tanis. «Puedo imaginarme a Sturm. Querido amigo, nunca comprendí lo importante que eras para mí... tu valentía, tu noble espíritu. ¿Estás vivo, amigo mío? ¿Volveremos a encontrarnos, o nos hemos separado para siempre, como predijo Raistlin?.