El grupo siguió avanzando. El día se hizo más oscuro, la tormenta arreció. Riverwind disminuyó el paso para situarse junto a Goldmoon. Tika ató su caballo a la carreta y se subió al pescante junto a Caramon. Raistlin dormía en el interior.
Tanis montaba solo, con la cabeza baja, con el pensamiento en algún lugar lejano.
2
El juicio de los Caballeros de Solamnia.
—Y... finalmente —dijo Derek en un tono de voz bajo y comedido—, acuso a Sturm Brightblade de cobardía ante el enemigo.
Un creciente murmullo recorrió la asamblea de caballeros reunidos en el castillo del comandante Gunthar. Tres de ellos, sentados frente a una inmensa mesa de roble que presidía la asamblea, se acercaron para conferenciar en voz baja.
Mucho tiempo atrás, un juicio a un Caballero de Solamnia hubiera sido presidido tal como prescribía la Medida por el Gran Maestre, el Sumo Sacerdote y el Juez Supremo. Pero ahora no había Gran Maestre. Desde el Cataclismo tampoco había habido ningún Sumo Sacerdote y, aunque el Juez Supremo —el comandante Alfred Marke— estuviera presente, el poder que le otorgaba su posición era bastante insignificante. A quienquiera que se convirtiera en el nuevo Gran Maestre, le sería fácil reemplazarlo.
A pesar de estas vacantes en la jefatura de la Orden, los asuntos de los caballeros debían seguir adelante. El comandante Gunthar Uth Wistan, aunque no fuera lo suficientemente influyente para reclamar el codiciado cargo de Gran Maestre, tenía el suficiente poder como para ejercerlo. Por tanto estaba dispuesto a juzgar a Sturm Brightblade. El comandante Alfred se sentaba a su derecha, y a su izquierda se hallaba el joven comandante Michael Joeffrey, que hacía las veces de Sumo Sacerdote.
Frente a ellos, en la gran sala del castillo Uth Wistan, había otros veinte Caballeros de Solamnia, provenientes de varios lugares de Sancrist, que habían sido convocados rápidamente para ejercer como testigos del juicio —tal como prescribía la Medida. Estos eran los que murmuraban y sacudían la cabeza, mientras sus jefes conferenciaban.
Derek se levantó del asiento, que estaba frente a la mesa de roble alrededor de la que se sentaban los dirigentes del juicio, y saludó al Comandante Gunthar. Su declaración había llegado a su fin. Ahora sólo restaba la « Respuesta del Caballero» y el propio juicio. Derek se dirigió a su lugar entre los demás caballeros, riendo y charlando con ellos.
Una sola persona de la sala estaba callada: Sturm Brightblade. Había permanecido inmóvil a lo largo de todas las acusaciones de Derek Crownguard. Había escuchado los cargos de insubordinación, desobediencia a las órdenes, y de pretender hacerse pasar por un caballero ya investido, sin que se le escapara ni un sólo murmullo. Su rostro no reflejaba expresión alguna.
El comandante Gunthar miró a Sturm, tal como lo había estado contemplando durante todo el juicio. El rostro de Sturm aparecía pálido e inmóvil, y su postura era tan rígida, que Gunthar comenzó a preguntarse si aquel hombre había estado vivo alguna vez. Sólo lo había visto vacilar en una ocasión. Ante la acusación de cobardía, un estremecimiento había recorrido todo su cuerpo. La expresión de su rostro, Gunthar tan sólo recordaba haber visto otra semejante en una ocasión, en un hombre que acababa de ser atravesado por una espada. Pero Sturm había recuperado rápidamente su compostura.
Gunthar se hallaba tan interesado en contemplar a Brightblade, que casi perdió el hilo de la conversación que mantenían los dos caballeros que estaban sentados junto a él. Oyó sólo el final de la frase del comandante Alfred.
—...no autorizar la «Respuesta del Caballero».
—¿Por qué no? —preguntó secamente el comandante Gunthar—. De acuerdo con la Medida tiene todo el derecho.
—Nunca hemos tenido un caso parecido —declaró llanamente el comandante Alfred, Caballero de la Espada—. El otras ocasiones, cuando alguien ha sido traído frente al Consejo de la Orden para dilucidar sobre su investidura, había testigos, muchos testigos. Se le otorgaban la oportunidad de explicar los motivos de sus acciones. Nadie se cuestionaba si había realizado o no esas acciones. Pero la única defensa de Brightblade...
—Sería decirnos que Derek miente —finalizó el comandante Michael Jeoffrey, Caballero de la Corona—. Yeso es impensable. ¡Que su palabra prevalezca sobre la de un Caballero de la Rosa!
—De todas formas ese joven debe tener su oportunidad —dijo Gunthar mirando ceñudamente a los otros dos—. Ésa es la ley, de acuerdo con la Medida. ¿Alguno de vosotros la cuestiona?
—No...
—No, desde luego que no. Pero...
—Muy bien —Gunthar se atusó el bigote e, inclinándose hacia adelante, golpeó ligeramente la mesa de madera con la empuñadura de la espada —la espada de Sturm que estaba sobre ella. Los otros dos caballeros intercambiaron miradas a sus espaldas, uno de ellos arqueó las cejas y el otro se encogió ligeramente de hombros. Gunthar se dio cuenta de esto, igual que percibía las tramas e intrigas encubiertas que proliferaban últimamente entre los caballeros. Pero decidió ignorarlo.
Al no ser lo suficientemente poderoso para reclamar el cargo vacante de Gran Maestre, y pese a ser el más fuerte y enérgico de los caballeros que usualmente asistían al Consejo, Gunthar se había visto obligado a ignorar mucho de lo que en otros tiempos hubiera reprimido sin titubear. No le extrañó la deslealtad de Alfred Markenin —había estado mucho tiempo en el mismo campamento que Derek—, pero le sorprendió la de Michael, a quien había considerado leal a él. Aparentemente, Derek también había conseguido convencerlo.
Gunthar contempló a Derek Crownguard. Derek era el único con el suficiente dinero y respaldo capaz de rivalizar con él por el cargo de Gran Maestre. En la confianza de ganar votos adicionales, Derek se había ofrecido voluntario para realizar la peligrosa búsqueda de los legendarios Orbes de los Dragones. Gunthar sólo había podido acceder aello. Si se hubiera negado, hubiese dado la impresión de que temía el creciente poder del comandante Derek. Desde luego si se seguía estrictamente la Medida, Derek era indiscutiblemente el más cualificado. Pero Gunthar —que hacía ya mucho tiempo que lo conocía—, hubiera evitado su marcha, si la decisión hubiera estado en sus manos, y no porque temiera al caballero, sino porque no confiaba en él. Era jactancioso, estaba hambriento de poder y además Gunthar estaba seguro de que —llegado el caso la única lealtad de Derek sería hacia sí mismo.
Y ahora resultaba que su victorioso regreso con uno de los Orbes de los Dragones hacía de él el vencedor. Su retorno había atraído a muchos caballeros hacia su campamento, incluso a los que pertenecía a la facción de Gunthar. Los únicos que aún se oponían a él eran los más jóvenes de la Orden más baja de Caballería, los Caballeros de la Corona.
Éstos compartían la interpretación rígida y estricta de la Medida, la cual representaba más que la propia vida para el resto de los caballeros. Habían intentado que aquello cambiara, por lo que habían sido severamente reprendidos por el comandante Derek Crownguard, llegando algunos de ellos casi a perder su título de caballeros. Eran los que seguían fielmente al comandante Gunthar. Desafortunadamente eran poco numerosos y, la mayoría de ellos, tenían más lealtad que dinero. No obstante, los jóvenes caballeros habían adoptado la causa de Sturm como la suya propia.
«Este es el golpe maestro de Derek Crownguard», pensó Gunthar con amargura. De un sólo golpe iba a librarse de un hombre al que odiaba y, además, de su principal rival.
El comandante Gunthar era un reconocido amigo de la familia Brightblade, una amistad que se remontaba a varias generaciones atrás. Había sido el propio Gunthar quien había atendido la demanda de Sturm cuando, cinco años antes, el joven había aparecido, de nadie sabía dónde, en busca de su padre y de su herencia. Sturm había podido probar su derecho al apellido Brightblade gracias a unas cartas de su madre. Unos pocos insinuaron que el que debía reconocer a su hijo era su padre, pero Gunthar acabó rápidamente con los rumores. El joven era, sin lugar a dudas, el hijo de su viejo amigo —eso podía apreciarse en el rostro de Sturm—, pero, no obstante, al respaldar a Sturm, el comandante estaba corriendo un gran riesgo.