Sturm se puso en pie y saludó a los comandantes. Volviéndose, saludó al Consejo antes de dejar la sala escoltado por dos caballeros que lo condujeron a una antecámara. Ellos se situaron cerca de la puerta, hablando en voz baja de asuntos no relacionados con el juicio.
Sturm se sentó en un banco al fondo de la estancia. Parecía calmado y sereno, pero sólo fingía estarlo. Estaba decidido a no demostrar su agitación interna. Sabía que estaba todo perdido. La expresión preocupada de Gunthar le confirmaba esta creencia. Pero ¿cuál sería la sentencia? ¿El exilio, ser despojado de tierras y riquezas? Sturm sonrió con amargura. No tenía nada que pudieran quitarle. Hacía tanto tiempo que no vivía en Solamnia que el exilio no representaba demasiado para él. ¿La muerte? Eso casi representaría un alivio. Cualquier cosa era mejor que esa existencia sin sentido, que ese dolor punzante.
Las horas pasaron. El murmullo de las tres voces subía y bajaba, en algunos momentos en tono enojado. La mayoría de los caballeros habían salido de la sala, ya que sólo aquellos tres, como cabezas del Consejo, podían emitir una sentencia. Los demás se habían dividido en diferentes grupos.
Los más jóvenes hablaban abiertamente del comportamiento noble de Sturm, de la valentía de sus acciones, la cual ni siquiera Derek había dejado de mencionar. Sturm tenía razón al no haber querido luchar contra los elfos. En aquellos tiempos los Caballeros de Solamnia necesitaban todos los amigos que pudieran encontrar. ¿Por qué atacar sin necesidad? Los de más edad sólo tenían una respuesta: la Medida. Derek le había dado una orden a Sturm y éste se había negado a obedecer. La Medida decía que esto era inexcusable. La discusión se prolongó la mayor parte de la tarde.
Casi al anochecer se oyó el tintineo de una campanilla.
—Brightblade —dijo uno de los caballeros.
—¿Ya es la hora?
El caballero asintió.
Sturm bajó la cabeza un instante, rogándole a Paladine que le confiriera valor. Luego se puso en pie y él y los que lo escoltaban aguardaron a que los demás entraran en la sala y tomaran asiento. Sturm sabía que iban a pronunciar el veredicto tan pronto como ellos entraran. Finalmente la puerta se abrió y le hicieron una señal para que pasara. Caminó hacia el interior de la sala. La mirada de Sturm se dirigió inmediatamente hacia la mesa que había frente a Gunthar.
La espada de su padre —una espada que según la leyenda había pertenecido al mismísimo Berthel Brightblade, una espada que sólo se quebraría si su dueño era vencido por el enemigo—, estaba sobre la mesa. Sturm la contempló, bajando la cabeza para ocultar las lágrimas que ardían en sus ojos.
El antiguo símbolo de la culpabilidad —unas rosas negras— estaba enroscado alrededor de la hoja de su espada.
—Traed al hombre, Sturm Brightblade —ordenó el comandante Gunthar.
«Al hombre, no al caballero», pensó Sturm desesperado. Entonces se acordó de Derek y alzó rápidamente la cabeza, con orgullo, intentando disimular sus lágrimas. Tal como en el campo de batalla hubiera ocultado su dolor ante el enemigo, también ahora estaba decidido a ocultárselo a Derek. Echando la cabeza hacia atrás con aire de desafío y mirando solamente al comandante Gunthar, avanzó hasta llegar frente a los tres representantes de la Orden que debían pronunciar la sentencia.
—Sturm Brightblade, te consideramos culpable. Estamos dispuestos a formular la sentencia. ¿Estás preparado para escucharla?
—Sí, señor.
Gunthar se atusó, de nuevo, el bigote, un gesto que los hombres que habían luchado junto a él reconocieron. Siempre lo hacía antes de comenzar una batalla.
—Sturm Brightblade, nuestra sentencia es que, de ahora en adelante, cesarás de llevar cualquiera de los adornos o atavíos de un Caballero de Solamnia.
—Sí, señor.
—Y, de aquí en adelante, no recibirás paga alguna de las arcas de los caballeros, ni obtendrás ninguna propiedad ni ventaja de ellos...
Los presentes en la sala se agitaron inquietos. ¡Aquello era ridículo! Desde antes del Cataclismo, ninguno había obtenido ningún pago por sus servicios a la Orden. Algo estaba ocurriendo. Presintieron el trueno que precede a la tormenta.
—Finalmente... —Gunthar hizo una pausa. Se inclinó hacia adelante, jugueteando con las rosas negras que adornaban la antigua espada. Sus penetrantes ojos recorrieron la asamblea, dejando que aumentase la tensión. Cuando volvió a hablar, hasta el fuego de la chimenea había dejado de chisporrotear.
—Sturm Brightblade, caballeros, hasta ahora nunca antes habíamos tenido un caso similar ante el Consejo y esto, tal vez no sea todo lo extraño que pueda parecer, ya que estamos atravesando unos tiempos difíciles y poco comunes. Tenemos a un joven que destaca por su destreza y valor en la batalla, lo cual es admitido hasta por el mismo hombre que lo acusa. Este joven es acusado de desobedecer órdenes y de cobardía ante el enemigo. El no niega la acusación, pero declara que ha sido mal interpretado.
Los asistentes continuaban inquietos, pero Gunthar prosiguió su discurso.
—Siguiendo las normas de la Medida nos inclinamos a aceptar la palabra de un reconocido caballero como Derek Crownguard antes que la de un hombre que aún no ha obtenido su investidura. Pero la Medida también dicta que este hombre tendrá derecho a llamar testigos que apoyen sus palabras. Debido a las inusuales circunstancias de estos tiempos difíciles, Sturm Brightblade no puede disponer de testigos. Ni, por el mismo motivo, puede Derek Crownguard traer testigos que apoyen su propio testimonio. Por tanto hemos decidido seguir un procedimiento ligeramente irregular.
Sturm estaba en pie ante Gunthar, confundido y preocupado. ¿Qué estaba sucediendo? Observó a los otros dos caballeros. El comandante Alfred no hacía ningún esfuerzo por ocultar su ira. Por tanto era obvio que el «acuerdo» de Gunthar había sido difícil de lograr.
—El veredicto de este Consejo es —prosiguió Gunthar—, que este hombre, Sturm Brightblade, sea aceptado en la Orden más baja de los caballeros, la Orden de la Corona... —Hubo una general exclamación de asombro—. Y que, además, sea nombrado el tercero en mando del ejército próximo a partir por mar hacia Palanthas. Tal como prescribe la Medida, el Mando Supremo debe estar compuesto por un representante de cada una de las Ordenes. Por lo tanto, Derek Crownguard será Comandante Supremo en representación de la Orden de la Espada, y Sturm Brightblade actuará... en mi honor, como comandante de la Orden de la Corona.
En medio de un atónito silencio, Sturm sintió que las lágrimas resbalaban por sus mejillas, pero ahora ya no necesitaba ocultarlas. Tras él oyó el sonido de alguien levantándose. Derek salió furioso de la sala, seguido de los que lo apoyaban. También se oyó algún que otro vitor. Sturm vio a través de sus lágrimas que casi la mitad de los caballeros que había en la sala —en concreto los más jóvenes, los que él debía mandar estaban aplaudiendo. Sturm sintió una pena intensa en lo más profundo de su corazón. Aunque acabara de salir victorioso, le horrorizaba ver en qué se había convertido la Orden de Caballería dividida en dos facciones por hombres sedientos de poder. No era más que la concha corrupta de una hermandad que en su día había sido honorable.
—Felicitaciones, Brightblade —dijo el comandante Alfred secamente—. Espero que te des cuenta de lo que el comandante Gunthar ha hecho por ti.
—Me doy cuenta, señor, y juro por la espada de mi padre que me haré merecedor de su confianza.
—Procura que así sea, joven —respondió el comandante Alfred antes de dejar la sala. El comandante Michael lo acompañó sin dirigirle la palabra a Sturm.
Entonces los caballeros de menos edad se acercaron para felicitar cordialmente a Sturm. Brindaron con vino a su salud y se hubieran quedado un largo rato si Gunthar no les hubiese rogado que se marcharan.
Cuando ambos hombres se quedaron a solas en la sala, Gunthar sonrió ampliamente a Sturm y estrechó su mano. Este le devolvió el caluroso apretón de manos pero no la sonrisa. La herida era demasiado reciente.